Por las mañanas, cuando la mayoría de las ciudades apenas se desperezan, Eli ya lleva horas despierta. Su jornada empieza en la carretera. “Me levantaba a las seis de la mañana, salía de casa a las 6:20 y no llegaba al colegio hasta las nueve”, cuenta Elisabet Colell, maestra de Educación Infantil. Lo dice en pasado porque actualmente está de baja tras sufrir un susto en la carretera.
Su historia no es una excepción; es la rutina de cientos de docentes desplazados que recorren cientos de kilómetros cada día para poder ejercer su profesión.
Desde Ripoll hasta Barcelona: 107km. Su trayecto no era lineal: coche, autobús, metro y tranvía. Un encadenado de transportes que convertía cada desplazamiento en una auténtica carrera de fondo. “Todo esto, de seis y media a nueve para llegar al colegio… y la vuelta igual”, explica.
En términos laborales, su jornada comenzaba a las nueve. En términos reales, empezaba tres horas antes.
La trampa de las adjudicaciones
El origen de este desgaste está en el propio sistema. Eli aprobó las oposiciones en 2024 y, como todos los docentes, tuvo que completar un listado de destinos: hasta 60 peticiones entre centros, municipios o comarcas. Sin embargo, si ninguna de esas opciones se cumple, entra en juego una segunda fase mucho menos predecible.

“Si no te asignan ninguna de esas 60 peticiones, pasas a la fase de comarcas… y ahí está el primer problema”, denuncia. Este sistema permite adjudicar destinos muy alejados del domicilio, sin que exista un criterio claro de proximidad.
En su caso, fue asignada a la comarca 19: Barcelona, a más de 100 kilómetros de su casa. Y no se trató de un hecho puntual. “Este año, en las adjudicaciones provisionales, me vuelve a salir que me toca otra vez Barcelona”, recuerda.
Vivir lejos de todo (y de uno mismo)
El impacto es logístico y emocional. Para intentar sobrellevar la situación, Eli llegó a instalarse temporalmente en Barcelona. Tenía un piso prestado, pero la experiencia no funcionó. “No aguanté ni una semana… estaba sola, en un sitio que no sentía mío. Fue un horror”, explica. El paso de un entorno rural a una gran ciudad, sin una red de apoyo, intensificó su desgaste emocional. “Cuando volvía a casa a las seis de la tarde, solo tenía ganas de encerrarme”, confiesa.
La vocación docente se sostiene sobre energía, atención y presencia. Pero, ¿qué ocurre cuando todo eso se agota antes de entrar en clase? “Llegas cansada, agotada. Mentalmente estás fatal, físicamente igual”, explica Eli. “Afrontar una clase cuando ya llevas tantas horas a la espalda es complicado”.
La situación se agrava cuando entran en juego los cuidados. Eli es madre de un niño pequeño y la conciliación, en su caso, es más una aspiración que una realidad. “Si me tenía que pedir una reducción de jornada… el desplazamiento es el mismo, pero pierdes muchísimo dinero”, señala.

El resultado es un equilibrio inestable entre empleo, maternidad y salud mental. El punto de ruptura llegó tras una nueva adjudicación en una especialidad que no era la suya. Eli sufrió dos ataques de ansiedad mientras conducía. “Cuando me fui en coche para casa tuve dos ataques… no era consciente de cómo estaba conduciendo”, relata.
Aquella tarde terminó en lágrimas. Al día siguiente, solicitó la baja médica.
Kilómetros que se repiten
El caso de Eli no es aislado. Forma parte de un colectivo de al menos 348 docentes desplazados, aunque la cifra real podría ser mayor. “Hay gente que hace 170 kilómetros por trayecto, otros 200 ida y vuelta… incluso 332 kilómetros diarios”, enumera.
Son historias que se repiten con distintos nombres, pero con el mismo patrón: largas distancias, escasa transparencia y poca capacidad de elección.

El colectivo apunta a varias causas: la falta de plazas ofertadas, la opacidad en las adjudicaciones y el llamado “decreto de plantillas”, que permite a los centros influir en la selección del profesorado. “Se pueden hacer entrevistas y no se respeta ni la nota ni el orden”, denuncia Eli.
Lo que piden: algo tan básico como cercanía
Las reivindicaciones del colectivo no son extraordinarias. Piden, sobre todo, sentido común. “Queremos un criterio que garantice una distancia máxima razonable entre domicilio y centro de trabajo”, explica.
También reclaman mayor transparencia, ampliación de plantillas y la posibilidad de permutas entre docentes. En definitiva, condiciones que permitan ejercer la docencia sin convertirla en una carrera de resistencia diaria.
Eli sigue queriendo ser maestra, a pesar de todo. Su historia no es la de quien abandona, sino la de quien resiste. Pero también evidencia que la vocación no puede sostenerlo todo. “Enseñar no debería implicar cruzar media comunidad autónoma cada día, ni asumir un desgaste físico y emocional constante, ni elegir entre trabajar o vivir. Lo que pedimos es que se nos escuche”, insiste.
