¿Puede ocurrir en España un caso como el del donante con riesgo genético?

La noticia de un donante con una mutación genética revive la incertidumbre en madres por reproducción asistida

Durante años, muchas mujeres aprenden a no ilusionarse demasiado. A no hacerse expectativas. A celebrar con cautela, porque la reproducción asistida enseña muy pronto la lección: cada paso puede ser el último, cada intento puede no funcionar.

Por eso, cuando finalmente llega el embarazo, cuando el test es positivo y el latido aparece en la pantalla, la alegría es prudente. Casi frágil.

Una fragilidad que ha sacudido a muchas madres tras conocerse que un mismo donante de esperma, portador de una mutación genética grave asociada al cáncer, fue utilizado durante años en clínicas de fertilidad de toda Europa, incluida España. Cerca de 200 niños podrían haber sido concebidos con su material genético. Algunos ya han muerto de cáncer. Otros han desarrollado la enfermedad y están en tratamiento. Y otros vivirán bajo vigilancia médica permanente. Muchas mujeres, sin saber si están directamente afectadas, han sentido cómo el miedo regresaba a un lugar que creían haber cerrado.

“No es que piense en ello todo el día”, explica María, madre gracias a un tratamiento con donante. “Pero desde que leí la noticia hay algo que se ha quedado ahí, como una sombra. Antes sentía que ya había pasado lo peor”.

“Los hijos nacidos por reproducción asistida mediante donante son bebés profundamente deseados. Pensados. Buscados con insistencia”, afirma la psicóloga Natalia Pardo. Detrás de cada uno hay pruebas médicas, tratamientos hormonales, agendas marcadas por ciclos y una carga emocional que rara vez se verbaliza fuera de las consultas de fertilidad. Para muchas mujeres, la reproducción asistida es el último camino disponible.

“No fue una decisión impulsiva”, cuenta Laura, madre soltera por elección. “Yo pregunté todo. Firmé todo. Confié. Por eso duele tanto pensar que algo así pudiera haberse escapado. No porque me arrepienta, sino porque sientes que hiciste todo lo que estaba en tu mano”.

Parte del proceso de congelación de óvulos
Raúl Doblado

¿Podría pasar algo así en España?

La noticia ha removido miedos que muchas mujeres creían superados. Pero los expertos insisten en que el sistema español de donación de gametos cuenta hoy con uno de los marcos más estrictos de Europa.

“Con la legislación actual y los sistemas de control vigentes, un caso de estas características es altamente improbable en España”, explica Laura García de Miguel, directora médica de Grupo Tambre, especialistas en reproducción asistida. “Nuestro país cuenta con una normativa muy exigente, con cribados médicos y genéticos obligatorios, trazabilidad completa y un límite legal muy estricto de seis nacidos vivos por donante”.

Ese límite se controla a través del Registro Nacional de Donantes (SIRHA), que permite hacer un seguimiento de cada donación y evita que un mismo donante tenga decenas de hijos repartidos sin control. “Además, ante cualquier sospecha clínica o genética, las muestras se bloquean de forma inmediata y se activan protocolos de seguimiento”, añade.

En medicina, subraya García de Miguel, el riesgo cero no existe. “Pero el sistema español de donación de gametos es hoy uno de los más seguros y robustos de Europa, y se revisa de forma continua”.

Cómo funciona el proceso de donación en España

Lejos de basarse en una simple declaración jurada de salud, la donación de semen en España es un proceso largo, regulado y altamente exigente desde el punto de vista médico, genético y legal.

“Antes de aceptar a un donante se realiza un estudio exhaustivo que incluye más de una decena de pruebas”, explica la directora médica de Grupo Tambre. “Muchas son obligatorias por ley y otras forman parte de nuestras buenas prácticas clínicas”.

El proceso empieza con una evaluación médica completa, un cuestionario detallado de salud personal y familiar, una exploración física y una entrevista psicológica. A nivel analítico, los candidatos se someten a serologías para descartar infecciones como VIH, hepatitis B y C o sífilis; análisis generales de sangre; cultivo microbiológico del semen; y un seminograma completo que evalúa la calidad espermática.

Desde el punto de vista genético, la legislación española exige un cariotipo, que permite detectar alteraciones cromosómicas, así como el cribado de enfermedades hereditarias frecuentes. Además, se realiza una prueba de congelación y descongelación para garantizar que las muestras mantienen su calidad tras la criopreservación, ya que todas las donaciones se conservan congeladas.

Pruebas de reserva ovárica - Salud
La inseminación artificial de un óvulo (EFE)

“Solo una minoría de los candidatos supera todo el proceso y es aceptada finalmente como donante”, señala García de Miguel. Una vez aceptado, el donante acude durante varios meses al banco de semen y las pruebas infecciosas se repiten periódicamente para reforzar la seguridad.

De forma adicional, algunas clínicas ofrecen matching genético donante–receptora cuando la mujer decide someterse voluntariamente a un estudio de portadores. “En esos casos seleccionamos un donante que no comparta variantes genéticas relevantes, con el objetivo de reducir aún más el riesgo de transmisión de enfermedades hereditarias recesivas”, explica la especialista. No es un procedimiento obligatorio por ley, pero sí una opción de refuerzo de la seguridad.

¿Qué falló para que este caso llegara a España?

Según explican los expertos, el origen del caso se sitúa fuera de nuestras fronteras. “Este caso procede de un biobanco extranjero y de donaciones realizadas hace más de una década”, apunta García de Miguel. “En ese momento, los estudios genéticos disponibles eran mucho más limitados que los actuales y no existía una coordinación europea homogénea en materia de donación de gametos”.

Tal y como han recordado sociedades científicas como ASEBIR y diversas autoridades sanitarias, ese escenario ya no es posible hoy en España con los controles actuales. Aun así, la pregunta persiste entre muchas mujeres: ¿y si fuera mi hijo?

“No quiero obsesionarme”, reconoce María, madre de mellizos de tres años. “Pero tampoco puedo evitar pensar en si debería pedir más información, si hacer pruebas…”.

La incertidumbre se gestiona de maneras distintas. Algunas optan por no profundizar. Otras necesitan preguntar y asegurarse. Todas parten del mismo lugar: el deseo de proteger a sus hijos.

“No quiero culpables”, resume Marta. “Solo quiero sentir que se ha aprendido algo de todo esto. Que no vuelva a pasar”. Porque la maternidad no debería empezar —ni continuar— desde la incertidumbre. Y porque proteger la confianza de las mujeres es también proteger la vida que tanto costó traer hasta aquí.

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