“¿Cuándo estás dispuesto a pagar para verme violar a mi mujer mientras duerme?”

Una investigación de la CNN destapa miles de chats donde los hombres se dan consejo sobre cómo drogar a sus parejas para violarlas y ofrecen ver en directo las agresiones sexuales

Cuando se conoció el caso de Dominique Pelicot, el foco se puso en la brutalidad y en el número de hombres implicados. Pero hubo un dato que pasó más desapercibido y que, con el tiempo, adquiere otro significado: muchos de ellos vivían cerca. No eran desconocidos lejanos de internet, sino hombres que se encontraban a pocos kilómetros, en el mismo entorno. Bastó una llamada online para que acudieran. La violencia no estaba en otro lugar. Estaba alrededor.

Lejos de ser un caso aislado, desde entonces han ido apareciendo episodios que repiten el mismo patrón. En Reino Unido, seis hombres están acusados de drogar y violar durante años a la pareja de uno de ellos. También conocimos un caso en Alemania, un hombre fue condenado por hacer lo mismo con su esposa y subir los vídeos a internet. Y también aquí, en España, se han detectado grupos donde hombres intercambian imágenes sexuales de sus propias parejas o ex parejas sin su conocimiento. Cambian los países, cambian los contextos, pero se repiten los elementos: cercanía, acceso, anulación de la voluntad, violencia y, en muchos casos, grabación o intercambio.

Dominique Pélicot - Violencia contra las mujeres
Dominique Pélicot, el monstruo de Francia que aterroriza al mundo
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Una investigación periodística

Una investigación de CNN permite ver qué ocurre antes de que esos casos salgan a la luz. Durante meses, periodistas accedieron a foros, webs pornográficas y grupos de mensajería donde hombres comparten de forma directa cómo drogar y agredir sexualmente a mujeres, muchas veces a sus propias esposas.

Uno de esos espacios está vinculado a una web con alrededor de 62 millones de visitas mensuales. Allí se alojan más de 20.000 vídeos clasificados como contenido de mujeres dormidas o inconscientes. Los propios usuarios organizan ese material con etiquetas que indican si la mujer está desmayada o sedada, y en muchos de esos vídeos los hombres realizan comprobaciones físicas —como levantar los párpados— para demostrar que no hay respuesta. Algunas de esas grabaciones acumulan decenas de miles de visualizaciones, lo que indica no solo producción, sino consumo continuado.

A partir de ese contenido se articula una comunidad activa. En grupos de chat vinculados, los usuarios intercambian información práctica. Un hombre escribe que quiere hacerlo pero teme una sobredosis; otro le responde que empiece con cantidades bajas y que aumente progresivamente. Un tercero describe una experiencia previa en la que la mujer no perdió completamente la conciencia y explica cómo intentó corregirlo. CNN evita publicar nombres de sustancias o dosis, pero documenta el tipo de conversación: directa, técnica y orientada a la ejecución.

El contacto, un hombre en Ceuta

El intercambio no se limita a experiencias personales. Un usuario afirma vender “líquidos para dormir” y ofrece enviarlos a cualquier dirección por unos 150 euros, asegurando que no tienen sabor ni olor y que la mujer no sentirá ni recordará nada. Dice operar desde Ceuta, en territorio español, y publica imágenes de paquetes preparados para su envío. La proximidad geográfica ya no es solo la de quienes acuden, como en el caso Pelicot, sino también la de quienes facilitan los medios.

En paralelo, algunos usuarios anuncian retransmisiones en directo. En conversaciones con periodistas, uno de ellos afirma que varios hombres pagaron por ver cómo agredía a su esposa inconsciente y que, durante la emisión, le daban instrucciones sobre qué hacer. La violencia no solo se ejecuta, se comparte en tiempo real.

Uno de los hombres con los que habló CNN, identificado como Piotr, participaba en esos espacios y hablaba abiertamente de sus intentos de dormir a su esposa sin que ella sospechara. Los periodistas viajaron a su ciudad, en Polonia, y lograron localizarlo en un restaurante junto a ella. No lo confrontaron en ese momento para no ponerla en riesgo, pero trasladaron la información a la policía.

Cada vez se conocen más casos de sumisión química y violación dentro de la propia pareja
KiloyCuarto

Cómo reaccionan las víctimas: Zoe, Amanda y Valentina

Mientras tanto, las mujeres aparecen en el reportaje desde el otro lado de esa dinámica. Zoe Watts cuenta que su marido le confesó que llevaba años drogándola por las noches para violarla. Amanda Stanhope describe cómo se despertaba sin entender qué había ocurrido y cómo su pareja negaba los hechos hasta hacerla dudar de sí misma. Valentina descubrió vídeos en los que su marido la había grabado tras drogarla, sin que ella tuviera ningún recuerdo.

Zoe Watts explica que la confesión llegó en un día cualquiera, después de volver a casa, cuando su marido empezó a enumerar lo que había hecho durante años con una frialdad que la descolocó. Le dijo que utilizaba medicación para dormir —la de su propio hijo—, que la mezclaba en su última taza de té de la noche, que la ataba, que tomaba fotografías y que la violaba mientras estaba inconsciente.

A partir de ese momento, todo lo cotidiano se volvió sospechoso: las noches, el cansancio, incluso ese gesto aparentemente banal de no tener que prepararse ella misma la bebida antes de acostarse. Lo que había interpretado como cuidado se convirtió en una grieta que atravesaba toda su vida anterior. Durante un tiempo guardó silencio, también por sus hijos, hasta que el peso de lo ocurrido derivó en una crisis de ansiedad que la llevó a contarlo. El proceso judicial se prolongó durante años y tuvo consecuencias en su entorno, pero terminó con la condena de su exmarido a once años de prisión.

Sin recuerdos ni memoria

Amanda Stanhope describe una experiencia distinta en su forma, pero no en el fondo. Durante años, se dormía sin saber cómo y se despertaba con señales físicas que no lograba explicar: moratones, cambios en la ropa, indicios que no encajaban en un relato claro. En algunas ocasiones llegó a despertarse mientras su pareja la estaba agrediendo, pero cuando lo confrontaba, él negaba lo ocurrido y la convencía de que lo había imaginado, que era efecto de la medicación, que estaba equivocada. Esa negación constante terminó por erosionar su propia percepción. No era solo la agresión, sino la imposibilidad de sostener una certeza frente a alguien que insistía en desmontarla. Finalmente acudió a la policía con ayuda de su entorno. Su agresor fue acusado, pero murió antes de ser juzgado.

Muchas de las víctimas no recordaban las agresiones
KiloyCuarto

Valentina, en el norte de Italia, no tiene recuerdos de las agresiones. Su historia empieza cuando encuentra vídeos grabados por su marido, en los que aparece inconsciente mientras él la agrede tras haberla drogado con alcohol y sedantes. Sin esas imágenes, dice, le habría resultado imposible creerlo, porque no tenía marcas ni memoria que lo confirmaran. La violencia aparece después, como descubrimiento, y con ella las consecuencias: ansiedad, pesadillas, dificultad para reconocer su propia experiencia. Años después de la condena de su exmarido, sigue describiendo una sensación persistente de amenaza, como si lo vivido no terminara de quedar atrás.

Un patrón inquietante

Lo que muestra la investigación no es solo la existencia de estos casos, sino el mecanismo que los sostiene. Antes de que haya una denuncia, antes de que intervenga la policía, hay espacios donde hombres intercambian información, corrigen errores y se validan entre ellos.

El caso Pelicot ya había demostrado que bastaba una convocatoria online para que hombres cercanos acudieran. Lo que se conoce ahora es el paso previo: cómo se construye ese comportamiento, cómo se comparte y cómo se normaliza antes de ejecutarse. No son hechos aislados. Son piezas de un mismo sistema.