“Chicas, si no bajamos el listón vamos a acabar solas en nuestras casas limpias y ordenadas, rodeadas de gatos, amigas, viajes y planes”. La frase corre por redes en clave de ironía. Mujeres jóvenes —y no tan jóvenes— se ríen de una amenaza que durante décadas funcionó como advertencia: quedarse “para vestir santos”.
Ese imaginario ya no asusta. Al contrario. Hace unos meses, un reportaje de Vogue se volvió viral al poner palabras a algo que hasta hace poco parecía impensable, que para algunas jóvenes tener novio empieza a dar más vergüenza que estatus, como si la pareja heterosexual tradicional hubiera dejado de ser sinónimo de éxito vital.
Los números acompañan el cambio de paradigma. Un informe de Morgan Stanley, basado en datos del U.S. Census Bureau, proyecta que hacia 2030, en cuatro años, casi la mitad de las mujeres (45%) de entre 25 y 44 años en Estados Unidos estarán solteras. No parece una moda ni una excentricidad generacional.
Las adolescentes ya no quieren casarse
La tendencia, además, aparece mucho antes de la edad adulta. Según datos del Pew Research Center, basados en la encuesta longitudinal Monitoring the Future de la Universidad de Michigan, en los últimos treinta años el deseo de casarse ha caído de forma pronunciada entre las chicas adolescentes, mientras que entre los chicos apenas se ha movido.

En 1993, el 83 % de las chicas de último curso de secundaria decía que probablemente querría casarse algún día. En 2023, ese porcentaje había bajado al 61 %, una caída de 22 puntos porcentuales. Entre los chicos, en cambio, la variación es mínima: han pasado del 76 % al 74 % en el mismo periodo. En tres décadas, las expectativas de ellas han variado de forma profunda; las de ellos, apenas nada.
“La epidemia de soledad masculina”
Ese inmovilismo entre los chicos adolescentes no desaparece con la edad. Al contrario, se arrastra. Mientras las mujeres han redefinido qué esperan de una relación —igualdad, corresponsabilidad, cuidado, autonomía— muchos hombres llegan al vínculo con esquemas heredados que ya no encajan. Es una brecha de expectativas. De hecho, mientras ellas celebran sus vidas llenas sin pareja, ellos lo viven con decepción y hasta con victimismo. Lo denominan “la epidemia de soledad masculina”, un término que da la medida de hasta qué punto los hombres viven esta soltería de forma distinta.
En ese discurso, cada vez más presente en foros, redes sociales y determinados espacios mediáticos, la soledad aparece como un problema individual o incluso como una injusticia social sufrida por los hombres. Se habla de falta de oportunidades, de rechazo femenino o de un supuesto endurecimiento de las exigencias de las mujeres. Lo que rara vez se menciona es el trasfondo del fenómeno: que muchas mujeres no están evitando el vínculo, sino evitando relaciones que perciben como desiguales, emocionalmente pobres o sobrecargadas de cuidados.
Choque de expectativas entre hombres y mujeres
Más que una “epidemia”, lo que se observa es un choque entre expectativas desacompasadas. La soltería masculina se vive como pérdida porque durante décadas la pareja fue una fuente central de cuidados, estabilidad emocional y organización de la vida cotidiana para los hombres. Para muchas mujeres, sin embargo, la soltería contemporánea no implica aislamiento, sino una reorganización del afecto, sostenida por redes de amistad, autonomía económica y mayor control sobre el propio tiempo.
La escritora y exdirectora del Instituto de las Mujeres, Beatriz Gimeno, considera que las tensiones actuales en la pareja tienen raíces históricas. El matrimonio no nació como una institución romántica, sino como un contrato económico y de supervivencia, especialmente para las mujeres, que durante siglos no tuvieron otra forma de sostenerse. El amor se incorporó más tarde, sobre todo a partir del siglo XIX, cuando el matrimonio dejó de ser imprescindible y empezó a justificarse como elección afectiva.

Ese giro no borró su herencia. Tanto el matrimonio como el amor romántico siguen arrastrando una estructura desigual que se manifiesta menos en el discurso que en la práctica cotidiana de las relaciones. Mientras no exista igualdad real en la sociedad, sostiene Gimeno, tampoco puede existir una igualdad plena en la pareja.
Cuando una relación implica más carga que bienestar, deja de ser sostenible
Uno de los principales puntos de fricción aparece en los cuidados y la corresponsabilidad. Aunque las mujeres trabajan fuera de casa, tienen ingresos propios y proyectos vitales autónomos, el peso de la organización doméstica, del cuidado de otras personas y de la gestión cotidiana sigue recayendo mayoritariamente sobre ellas. La diferencia hoy es que ese desequilibrio ya no resulta obligatorio. Cuando una relación implica más carga que bienestar, deja de ser sostenible.
La desigualdad atraviesa también la responsabilidad emocional. Muchas mujeres describen vínculos en los que se espera de ellas disponibilidad constante, escucha y contención, sin que ese cuidado se devuelva en la misma medida. Un esquema que reproduce el modelo de la mujer cuidadora y madre que resulta cada vez menos compatible con relaciones entre adultos que se dicen igualitarios.
La sexualidad es otro de los ámbitos donde el desfase se ha vuelto más evidente. Gimeno señala el papel central del consumo de pornografía en la educación sexual masculina, especialmente entre los más jóvenes. No solo porque se trate de una sexualidad ficticia y profundamente violenta y patriarcal, sino porque genera expectativas que luego se trasladan a la intimidad de la pareja. Muchos hombres llegan a creer que ese modelo representa lo que desean las mujeres, y el choque entre lo aprendido y lo vivido se convierte en una fuente constante de malestar.
Redes de amistades y el ejemplo de las viudas
El aumento de mujeres solteras no expresa rechazo al vínculo, sino una negativa creciente a sostener relaciones que no compensan. La distinción entre estar soltera y estar sola resulta clave. Las mujeres han construido históricamente redes de amistad y apoyo emocional más allá de la pareja, algo visible durante décadas: cuando muchas mujeres mayores quedaban viudas, reactivaban su vida social, mientras numerosos hombres se apagaban al perder el principal sostén afectivo de su vida cotidiana, recuerda Gimeno.

Hoy, esas redes ya no aparecen solo como un recurso tras la pérdida del marido, sino como una alternativa real y elegida a la pareja como centro exclusivo de la vida afectiva. En ese contexto, la soltería contemporánea no implica aislamiento, sino otra forma de organizar el afecto y la vida, basada en la autonomía, las relaciones múltiples y la elección. Para muchas mujeres, no se trata de renunciar al amor, sino de no renunciar a sí mismas.
La experta en género y masculinidades, Carolina Pulido, sitúa este fenómeno no como una guerra de sexos sino como un desfase temporal. “Muchos hombres siguen buscando mujeres del siglo pasado y muchas mujeres ya están buscando hombres del siglo que viene”, resume. No se trata solo de ideas políticas, sino de expectativas vitales distintas.
Brecha ideológica: ellas progresistas, ellos conservadores
Ese desfase aparece también en los datos. Diversos estudios muestran que se está abriendo una brecha ideológica sostenida entre mujeres y hombres jóvenes: ellas se identifican mayoritariamente con posiciones igualitarias y feministas, mientras ellos se desplazan hacia posturas más conservadoras y, en algunos casos, abiertamente machistas.
Para Gimeno, esta divergencia tiene consecuencias directas en la pareja. “No es solo que piensen distinto, es que esperan cosas distintas de una relación”, señala. Cuando una parte ha incorporado la igualdad como un mínimo irrenunciable y la otra la vive como una amenaza o una imposición, el conflicto deja de ser negociable.
Pulido señala al feminismo y explica, que no solo ha transformado el espacio público, sino que ha entrado de lleno en la vida íntima, cuestionando la distribución del cuidado, la carga mental y la calidad emocional y sexual de las relaciones. Cuando esos privilegios se revisan, la pareja deja de ser automática y pasa a ser exigente. No todas las personas llegan preparadas a ese cambio.
Durante décadas, el miedo fue quedarse sola. Hoy, para muchas mujeres, el temor es otro: perder tiempo, energía y bienestar en una relación que no cuida ni devuelve. La soltería ha dejado de ser una amenaza y la pareja ha dejado de ser un destino. No se trata de que las mujeres ya no quieran amar, sino de que ya no aceptan cualquier forma de hacerlo. El resultado no es una crisis del amor, sino de las reglas que lo han organizado. La incógnita es si esas reglas se revisarán… o seguirán alejando a quienes ya no están dispuestas a aceptarlas.
