La violencia contra las mujeres con voz pública no es nueva: de Olympe de Gouges a Angela Davis

De Penélope a las políticas y comunicadoras actuales: la experta en estudios de género Dunia Etura analiza con Artículo 14 por qué la violencia contra las mujeres que exponen sus ideas se repite una y otra vez en la historia

Qué hartura que siga saliendo tan caro existir con voz propia. Y qué hartura que el manual del viejo patriarcado —poco original y desde luego nada novedoso— vuelva a colocarse entre los best seller de los últimos meses. Porque cuando una mujer abre la boca en el espacio público —para escribir, denunciar, investigar, opinar o liderar— se activa automáticamente el mismo protocolo de siempre.

Insultos, amenazas, campañas de desprestigio. Todos intentos de ridiculización con un mismo objetivo: agótate, vete y cierra la puerta al salir. No es ningún debate. Es un aviso.

Pero hoy aquí, para aquellos que siguen aplicando la estrategia con entusiasmo, venimos a hacer uno de los mayores spoilers de la historia: no hacéis nada nuevo y tampoco suele saliros bien.

La estrategia patriarcal está ya escrita en la historia del feminismo.

La historia del feminismo está llena de hombres convencidos de que esta vez sí lograrán callarnos.

La escritora Olympe de Gouges

Los hubo cuando la escritora Olympe de Gouges se atrevió a decir, en plena Revolución Francesa, que los derechos del hombre también debían incluir a las mujeres. Publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana en 1791. Ese ideal, esa publicación, le costó la vida: dos años después fue guillotinada.

Los hubo cuando las sufragistas británicas, lideradas por Emmeline Pankhurst, acabaron en prisión por exigir algo tan radical como votar. Y los hay ahora.

Cambian los escenarios —antes las cárceles, ahora las redes sociales— pero el objetivo sigue siendo idéntico: que nos callemos. La mala noticia para quienes siguen intentándolo es que la historia también ha demostrado otra cosa: las mujeres no solemos obedecer demasiado bien cuando nos dicen que guardemos silencio.

Emmeline-Pankhurst

Y para demostrarlo (y solo por unos minutos) debemos dar unos cuántos pasos —años, siglos— atrás.

Tres mil años intentando callarnos

La directora de la Cátedra de Estudios de Género de la Universidad de Valladolid, Dunia Etura, lleva años estudiando este fenómeno. Y su diagnóstico es incómodo para quienes creen estar inventando algo nuevo.

“A lo largo de la historia se ha utilizado la violencia y el silenciamiento para disciplinar a las mujeres y devolverlas al espacio privado”, explica a Artículo14.

La idea aparece ya en textos clásicos analizados por la historiadora Mary Beard en su ensayo ‘Women & Power: A Manifesto’. “En la Odisea, por ejemplo, Penélope intenta intervenir en una conversación pública y su propio hijo, Telémaco, la manda callar”, recuerda Etura.

Tres mil años de historia condensados en una frase: la voz pública pertenece a los hombres. “Nos han enseñado a lo largo de la historia que nuestro espacio es el privado. Que no debemos ocupar lugares de liderazgo ni influir en el mundo”.

Sylvia Pankhurst

Cuando las mujeres cruzan la línea

El patrón se repite cada vez que las mujeres desafían ese reparto de espacios. Gouges ejecutada en el siglo XVIII por reclamar igualdad política.

Emmeline Pankhurst, su hija Sylvia y el resto de las compañeras sufragistas británicas, a finales del siglo XIX y principios del XX, encarceladas por pedir el voto. Obligadas a comer a la fuerza durante sus huelgas de hambre en prisión que llevaron a muchas de ellas, como Constance Lytton, a enfermedades irreversibles.

La violencia ejercida contra estas mujeres por parte de los hombres gobernantes de aquel momento, terminaron también con la vida Emily Wilding Davison: tras 49 huelgas de hambre – con su alimentación forzada mediante, que ella misma describió ya entrado el siglo XX como “una tortura barbárica”– se tiró por la ventana de la celda donde se había atrincherado. Quería evitar la tortura y que su muerte ayudase a poner fin a esa forma de violencia que tantas de sus compañeras sufrían en las celdas contiguas. De aquella, salió con vida.

Emmeline Pankhurst dirigiéndose a una multitud en su campaña por lograr el voto femenino

Días más tarde, cuando fue liberada – no sin antes forzada a comer de nuevo– fue atropellada por el caballo del Rey Jorge V. Ella, junto a otras compañeras sufragistas, fueron a un acto en presencia del Rey para seguir reclamando el derecho femenino al voto. Su lucha le costó la vida. Tener voz propia, cientos de torturas.

La reacción no fue solo política. También mediática. “Hubo una campaña de descrédito enorme contra ellas”, recuerda Etura. “Muchos medios de la época se sumaron a esa representación negativa de las sufragistas”.

Incluso en la vida cotidiana, hace más de 150 años, las mujeres encontraban fórmulas para defenderse de la violencia: “A finales del siglo XIX, mujeres de varios países europeos comenzaron a defenderse del acoso callejero pinchando con las agujas de sus sombreros a los hombres que las acosaban”.

Francia, Alemania, Australia… el fenómeno se repitió en distintos lugares. Nada demasiado diferente de lo que hoy ocurre en redes.

De Medusa a los memes

Los métodos cambian, pero la lógica permanece. En el siglo XXI, explica Etura, muchas mujeres que ejercen poder han sido representadas como monstruos políticos. Durante campañas electorales o debates públicos, figuras como Angela Merkel, Theresa May, Dilma Rousseff o Hillary Clinton han sido caricaturizadas como Medusa. Y no es un detalle menor.

La política Hillary Clinton

“Ese símbolo transmite muchas ideas”, explica Etura. “La mujer poderosa es peligrosa, es mala, no es fiable. Deja de ser una mujer y pasa a ser algo monstruoso”.

Una forma simbólica de decir lo mismo de siempre: la mujer no pertenece a ese lugar.

Los límites invisibles que tratan de imponernos

La teoría feminista lleva décadas estudiando este mecanismo. El género, explica Etura, “es un constructo social que define lo que se espera de hombres y mujeres”. Y ese marco incluye límites.

“Muchas veces se nos permite avanzar hasta cierto punto”, explica la investigadora. “Pero llega un momento en el que aparece la reacción.

Una frase resume bien ese límite invisible: “hasta aquí, pero no os paséis”. Cuando las mujeres traspasan esa línea —cuando opinan demasiado, denuncian demasiado o influyen demasiado (porque para ellos siempre todo es demasiado)— aparece la violencia.

Kate Millet

“El feminismo ha vivido este fenómeno en cada una de sus olas”, insiste Etura. “Como si el poder femenino fuese antinatural. Se permite avanzar hasta cierto punto, hasta lo que se considera tolerable”. Cuando ese límite se rompe, llega la reacción.

Tras el auge del movimiento de liberación de los años 70, con activistas como Kate Millett o Angela Davis a la cabeza, por ejemplo, llegó en los 90 una fuerte reacción cultural que intentó desacreditar los logros feministas. Se instaló la idea de que la independencia económica había sido un engaño, que las mujeres habían terminado trabajando más y viviendo peor.

Hoy esa narrativa reaparece en discursos que idealizan modelos de dependencia económica o roles tradicionales. Pero Etura no cree que tengan el mismo recorrido. “Las chicas jóvenes tienen mucho más claro cuáles son sus derechos”, señala.

El verdadero objetivo: “Que las mujeres nos retiremos”

El riesgo de esta violencia no es solo personal. Es político. “El mayor peligro para la democracia es que consiguen su objetivo”, advierte Etura. “Que las mujeres se retiren”.

La activista y pensadora Angela Davis

Porque para quienes impulsan estas campañas, el poder no es solo gobernar —recordemos— también hablar, opinar o influir: “Para ellos ya es poder simplemente estar ahí y que se nos escuche”.

El problema es que muchas de estas campañas no son espontáneas. “Estamos luchando contra una maquinaria organizada”, advierte la investigadora. “Con capacidad de influencia mediática, económica y social”.

La respuesta feminista: resistir, sostenerse

Pero la historia del feminismo también demuestra otra cosa. Las mujeres resisten.

“Nos mantenemos y nos sostenemos unas a otras”, dice Etura. “Eso es algo que hemos demostrado a lo largo del tiempo”. La sororidad no es un eslogan, es supervivencia. Un mecanismo de defensa que nos hace más fuertes.

En los últimos años observamos – con alegría para quienes nos consideramos feministas– que son cada vez más las reacciones colectivas a los ataques a mujeres que alzan la voz con la violencia machista.

Un ejemplo reciente es el respaldo público a la periodista y escritora Cristina Fallarás tanto en los procesos judiciales derivados de sus denuncias contra el rapero Ayax como en la campaña de desprestigio y acoso que la ultraderecha española ha montado contra ella. De hecho, este mismo lunes hay convocada una concentración de apoyo en la puerta de los juzgados de Zaragoza donde la escritora declara en el proceso judicial contra el músico.

Cristina Fallarás - Sociedad
La periodista y escritora, Cristina Fallarás
EFE/ Laura de Grado/Archivo

Etura cree que esa respuesta no es casual. “Si la reacción es tan fuerte es porque hay miedo”, afirma. Miedo a perder privilegios. Miedo a que el poder deje de tener un solo rostro.

Por eso cree que el feminismo seguirá siendo la fuerza política clave en el siglo XXI. “No solo es una lucha por la igualdad”, dice. “Es una respuesta a los grandes problemas de nuestro tiempo, desde la extrema derecha hasta la crisis climática. La igualdad real, la democracia, necesitan nuevas formas de ejercer el poder”, sostiene.

Tal vez ahí esté la clave. Durante siglos, las mujeres han intentado entrar en estructuras diseñadas por hombres: “Llevamos mucho tiempo intentando ejercer el poder como lo hacen ellos”, reflexiona Etura. “Quizá ha llegado el momento de pensar otra manera de hacerlo”.