La habitación propia

El retorno de los dramas de época

Reediciones de Jane Austen, nuevas publicaciones como el epistolario y el ensayo de Espido Freire, el estreno de Cumbres borrascosas y el aumento exponencial de ventas confirman un fenómeno cultural: el siglo XIX vuelve a hablarle al presente

El retorno de los dramas de época
El retorno de los dramas de época. Montaje: kiloycuarto
Montaje: kiloycuarto

Algo está ocurriendo con los dramas de época. No como un simple capricho estético —corsés, salones, brumas inglesas—, sino como un retorno sostenido y transversal que atraviesa editoriales, pantallas y conversaciones culturales. La reedición de las novelas de Jane Austen con motivo de su 250 aniversario, la publicación de Afectuosamente tuya, Jane Austen (Cartas selectas) en Renacimiento, el nuevo ensayo de Espido Freire en torno a su figura y la reactivación editorial de Cumbres borrascosas coincidiendo con el estreno de la película dirigida por Emerald Fennell han provocado un fenómeno medible: las ventas de clásicos del XIX se han disparado en los últimos meses.

Lejos de tratarse de nostalgia, este regreso parece responder a una necesidad contemporánea. “Jane Austen no es una autora de tazas de té ni de finales felices”, defendía Espido Freire en el homenaje celebrado en el Ateneo de Madrid. “Es una escritora profundamente consciente de las estructuras económicas y sociales que condicionaban la vida de las mujeres. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo se la leyó de forma edulcorada”. Freire insiste en que el epistolario desmonta clichés: “En las cartas aparece una mujer práctica, ambiciosa, con sentido del humor y muy lúcida respecto al dinero, a la publicación y a su propia posición en el mundo”.

Escena de la película ‘Sentido y sensibilidad’

La reedición de las cartas, editadas por Amparo Llanos, ha permitido precisamente eso: escuchar una voz sin filtros. “Las cartas liberan a Austen”, señalaba Laura Piñero. “La devuelven a la vida cotidiana: a los precios, a los vestidos, a las incomodidades del viaje, a las preocupaciones económicas. Y ahí es donde la sentimos más contemporánea”. Soledad Maura añadía que en esa conjunción entre lo doméstico y lo intelectual reside parte de su modernidad: “Austen no jerarquiza la experiencia. Lo económico, lo afectivo y lo creativo conviven en el mismo plano”.

Ese mismo movimiento se ha producido con Emily Brontë. El estreno de la nueva adaptación de Cumbres borrascosas ha generado polémica, debate y, sobre todo, lectura. Las cifras de ventas en Reino Unido han crecido de forma notable desde el anuncio del proyecto, confirmando que cada reinterpretación audiovisual reactiva el texto original. “No hay adaptación que sustituya a la novela”, señalaba recientemente la editora de clásicos de Penguin Random House. “Al contrario: la película funciona como puerta de entrada. El lector quiere volver al origen”.

En paralelo, sellos como Alba, Cátedra, Penguin Clásicos o Renacimiento han reforzado sus catálogos decimonónicos con nuevas traducciones y ediciones críticas. Desde el sector editorial se habla de una “reactivación sostenida” del interés por las autoras del XIX, especialmente aquellas que durante décadas fueron reducidas a literatura sentimental. Yolanda Villaluenga subraya que “el drama de época permite mirar con distancia problemas que siguen siendo nuestros: la desigualdad económica, la dependencia afectiva, la presión social sobre las mujeres”.

La cantante Carlota Cosials, por su parte, defiende que en Austen hay una “ironía feroz” que dialoga con el presente. “Es divertida, es ácida y a veces un poco mala. No es esa figura dulce que nos vendieron”. Esa ironía, sumada a la complejidad emocional de personajes como Elizabeth Bennet o Catherine Earnshaw, parece conectar con una generación que busca relatos densos frente a la fragmentación digital.

El retorno del drama de época también coincide con un momento de saturación tecnológica. Las tramas decimonónicas, construidas en torno a cartas, esperas, silencios y gestos, ofrecen una temporalidad distinta. “Hay algo en la lentitud de esos relatos que nos resulta casi radical”, apunta Ana Villa, una editora consultada para este reportaje. “Nos obligan a leer con atención, a entrar en una psicología más profunda”.

Reedición con perspectiva de género

No se trata, sin embargo, de un regreso acrítico. Las nuevas lecturas incorporan perspectiva de género, análisis económico y mirada histórica. Espido Freire lo resumía con claridad: “Volver a Austen no es volver atrás. Es leerla mejor”. Lo mismo podría decirse de Brontë. Las reinterpretaciones contemporáneas, incluso las más polémicas, revelan que el canon no es una pieza de museo sino un campo de batalla simbólico.

El drama de época regresa porque habla de estructuras que siguen vigentes: matrimonio como contrato económico, movilidad social limitada, reputación como capital, deseo femenino vigilado. Pero también porque ofrece algo escaso en el presente: complejidad narrativa, ambigüedad moral y un espacio para el matiz.

Adaptada decenas de veces al cine, la televisión y el teatro, la novela ‘Jane Eyre’ ha inspirado a generaciones enteras de lectores y escritoras.

En un momento cultural marcado por la polarización y la simplificación, el siglo XIX parece ofrecernos una forma de resistencia estética y territorio de análisis. Jane Austen y Emily Brontë vuelven porque doscientos años después, siguen escribiendo en presente.

A este retorno sostenido de Austen y Brontë se suma un fenómeno más amplio: la reactivación comercial de otros grandes dramas decimonónicos. Jane Eyre, de Charlotte Brontë, ha experimentado en el último año un repunte notable en reediciones y ventas en librerías independientes españolas, impulsado por nuevas traducciones y por su creciente circulación en redes sociales lectoras, donde la figura de la institutriz rebelde vuelve a leerse en clave feminista.

Algo similar ocurre con Frankenstein, de Mary Shelley, cuya condición de mito fundacional de la modernidad tecnológica lo ha convertido en lectura recurrente en clubes de lectura universitarios y ediciones ilustradas de lujo. En ambos casos, el interés no responde solo a la nostalgia romántica, sino a la capacidad de estos textos para dialogar con debates contemporáneos: autonomía femenina, creación y responsabilidad, identidad y exclusión.

El auge no se limita al ámbito estrictamente británico. Drácula, de Bram Stoker, ha visto reforzada su presencia en mesas de novedades gracias a ediciones especiales y al interés renovado por el gótico como lenguaje cultural, mientras novelas victorianas de gran aliento como Middlemarch, de George Eliot, vuelven a ocupar espacio en catálogos editoriales que reivindican su vigencia intelectual. Según datos de distribuidores y librerías, el segmento de clásicos del XIX ha crecido en el último año por encima de la media de la narrativa contemporánea, en parte gracias al efecto arrastre de adaptaciones audiovisuales y efemérides literarias. El drama de época ya no es un género marginal reservado al canon académico: es un territorio en expansión que combina reedición, reinterpretación y nuevas lectoras.

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