Arte

Van Gogh, Klimt, Sorolla, Frida Kahlo, Dalí… ¿Por qué ya no nos basta con mirar un cuadro?

Las exposiciones inmersivas convierten las obras de los grandes pintores en espectáculos de luz, sonido y movimiento. ¿Democratizan la cultura o sustituyen la contemplación por el entretenimiento?

La gente ve la exposición 'Viva Frida Kahlo - Exposición inmersiva' que combina proyecciones de vídeo, narración en primera persona y una partitura musical original, durante un avance para la prensa, en Beaulieu, Lausana (Suiza), el 16 de diciembre de 2022.
'Viva Frida Kahlo - Exposición inmersiva'.
EFE/EPA/SALVATORE DI NOLFI

Los girasoles de Vincent van Gogh ya no descansan en silencio dentro de un jarrón pintado. En las exposiciones digitales, florecen sobre paredes de varios metros de altura, inundan los suelos y se desplazan alrededor de los visitantes. Los patrones dorados de Gustav Klimt envuelven al espectador en salas de proyección monumentales, mientras las figuras surrealistas de Salvador Dalí se liberan de los límites del lienzo para adquirir una nueva vida digital. Millones de personas han acudido a estos espectáculos dedicados a algunos de los pintores más célebres de la historia. Sin embargo, muchas de estas exposiciones encierran una paradoja: ofrecen la posibilidad de sumergirse en la obra de un artista sin que haya un solo cuadro original en la sala.

El fenómeno supone mucho más que una evolución de los medios audiovisuales.Marca una transformación en la relación del espectador con la obra de arte. Tradicionalmente, detenerse ante una pintura significaba enfrentarse a un objeto material, definido por sus dimensiones, sus pinceladas, la textura de su superficie y su contexto histórico. El visitante podía acercarse, alejarse, detenerse en un detalle o abandonar la sala. Su mirada determinaba el recorrido.

En las exposiciones inmersivas, en cambio, la pintura deja de ser un objeto y se convierte en un entorno. Las proyecciones de alta definición, la música sincronizada y las animaciones establecen el ritmo y la duración de las imágenes. La obra ya no se contempla únicamente desde fuera: rodea al espectador, que pasa a formar parte de una experiencia sensorial cuidadosamente diseñada. Pero ¿estamos mirando mejor el arte o estamos mirando otra cosa?

El auge internacional de estas propuestas responde tanto a nuevas expectativas culturales como a intereses económicos. Para los organizadores, las reproducciones digitales permiten reunir obras cuyos originales están dispersos por museos de todo el mundo, sin afrontar las mismas exigencias de transporte, préstamo, aseguramiento y conservación. A cambio, requieren importantes inversiones tecnológicas y pueden adaptarse a distintos espacios y ciudades. Producciones itinerantes como Van Gogh Alive han superado los nueve millones de visitantes, demostrando el atractivo comercial de un formato que transforma la historia de la pintura en espectáculo.

Su popularidad también encaja con la llamada “economía de la experiencia”, en la que el valor de una actividad reside cada vez más en vivirla, recordarla y compartirla. Los espacios inmersivos invitan a recorrer paisajes animados, fotografiarse ante fondos luminosos y difundir la visita en redes sociales. La obra se convierte, así, en escenario de una experiencia personal que puede prolongarse más allá de la exposición.

La exposición inmersiva sobre Vincent Van Gogh ha sido una de las más visitadas de la historia de España
La exposición inmersiva de Van Gogh.
Grande Experiences

Sin embargo, atribuir este éxito únicamente a Instagram sería simplificar el fenómeno. En una cultura marcada por la estimulación digital constante, las instituciones compiten por ofrecer experiencias capaces de captar la atención del público. Pero también existe un deseo legítimo de acercarse al arte de otra manera, de compartirlo con amigos o familiares y de descubrir artistas sin los códigos que a veces hacen intimidante la visita a un museo. La cuestión es si esas nuevas formas de acceso enriquecen la experiencia artística o la sustituyen por otra de naturaleza distinta.

El debate divide a críticos e historiadores del arte. Para sus detractores, estas exposiciones convierten las bellas artes en un producto de consumo, reducen la complejidad de las obras a imágenes espectaculares y reemplazan la contemplación por el entretenimiento. Sus defensores, en cambio, destacan su capacidad para atraer a públicos menos familiarizados con los museos y despertar una curiosidad que quizá no habría surgido ante una exposición convencional.

La investigación ofrece una perspectiva más matizada. Un estudio publicado en 2025 en la revista Visitor Studies, firmado por Dan Luo, Lieve Doucé y Karin Nys, comparó las respuestas de 356 visitantes de dos exposiciones belgas: una muestra tradicional en el Museo de Bellas Artes de Gante y una experiencia inmersiva en Bruselas. Los resultados revelaron que la mayor intensidad sensorial de la segunda favorecía la atención, el disfrute y la satisfacción general de los participantes. La experiencia estética, el entretenimiento y la posibilidad de evadirse contribuían significativamente a esa valoración positiva.

Sin embargo, una mayor satisfacción no implica necesariamente un conocimiento más profundo de la pintura. El estudio se centraba en la experiencia del visitante, no en medir cuánto había aprendido sobre historia del arte. La distinción es importante: una exposición puede resultar memorable sin que ello demuestre, por sí solo, su eficacia educativa.

Una investigación doctoral de Kristin Brisbois, presentada en 2024 en University College London (UCL), aporta otro matiz. La autora estudió la respuesta del público a Monet & Friends Alive, en el Indianapolis Museum of Art, mediante observaciones, entrevistas y un seguimiento realizado seis meses después de la visita. Encontró que los recuerdos emocionales y la participación corporal podían perdurar en el tiempo y contribuir a la apreciación artística. Su investigación también identificó una relación complementaria entre las imágenes digitales y las obras originales. Lejos de competir necesariamente con la pintura tradicional, los espacios inmersivos podían ofrecer nuevas vías para acercarse a ella.

‘Sorolla a través de la luz’, en el Palacio Real de Madrid.
Patrimonio Nacional

Pero no todas las exposiciones inmersivas son iguales. Bajo una misma etiqueta conviven espectáculos comerciales que animan obras conocidas, proyectos institucionales que combinan originales y tecnología e instalaciones concebidas desde su origen como creaciones digitales. Confundir estos formatos supone ignorar diferencias fundamentales en sus objetivos, sus procedimientos y su valor artístico.

En enero de 2024, un reportaje de The Guardian recogía las críticas de varios artistas digitales hacia la proliferación de experiencias comerciales dedicadas a pintores fallecidos. La diseñadora Lucy Hardcastle y Ralph Nauta, cofundador del estudio DRIFT, cuestionaban que numerosas producciones se limitaran a ampliar y animar imágenes preexistentes mediante tecnologías de proyección conocidas desde hace décadas, mientras propuestas originales de arte inmersivo requerían años de investigación y desarrollo. Frente a esos espectáculos citaban instalaciones como los enjambres de drones autónomos de DRIFT o Rain Room, de Random International, donde el visitante podía caminar bajo una lluvia artificial sin mojarse.

La diferencia no reside únicamente en la sofisticación tecnológica. En las primeras, la pantalla es un soporte para reproducir y transformar una obra ajena; en las segundas, el entorno inmersivo constituye la propia obra de arte. Esa distinción también aparece en una investigación de Ricardo González-García, de la Universidad de Cantabria, publicada en 2025. El historiador analiza el auge de la museografía escenográfica y contrapone determinadas megaexposiciones a las instalaciones lumínicas de James Turrell. En sus Skyspaces y cámaras de color, la luz no reproduce un cuadro existente, sino que se convierte en materia artística y en objeto de contemplación.

Entre las grandes proyecciones comerciales y las instalaciones concebidas como obras autónomas existen, además, fórmulas intermedias. Una de ellas fue Sorolla a través de la luz, organizada en el Palacio Real de Madrid en 2023 por Patrimonio Nacional, el Museo Sorolla, la Fundación Museo Sorolla y Light Art Exhibitions. Comisariada por Blanca Pons-Sorolla y Consuelo Luca de Tena, la exposición reunió 24 pinturas originales del artista valenciano, muchas procedentes de colecciones privadas, junto con salas audiovisuales y experiencias de realidad virtual. Más de 180.000 personas visitaron una muestra que demostraba que la tecnología y la contemplación de los originales pueden coexistir en un mismo recorrido. La luz de Sorolla podía ampliarse digitalmente, pero también encontrarse en la superficie material de sus lienzos.

Otro modelo fue Desafío Dalí, presentada en IFEMA Madrid entre 2022 y 2023. La exposición reunió reproducciones digitales de 160 obras cuyos originales se encontraban repartidos entre más de veinte museos y colecciones privadas internacionales. Mediante pantallas, cajas de luz, realidad aumentada y recorridos de realidad virtual, ofrecía una aproximación al universo del pintor difícilmente realizable mediante préstamos físicos. Su principal virtud no consistía en sustituir los originales, sino en reunir visualmente un conjunto de obras dispersas.

‘Rain Room’, instalación que permite caminar bajo una lluvia artificial.
Random International

La experiencia cultural puede incluso extenderse más allá de las artes plásticas. Frida Kahlo: Live Art Experience, presentada en Madrid con la colaboración de ONU Mujeres, combina fotografías, cartas de la artista e instalaciones sensoriales en un recorrido que puede completarse con un menú degustación mexicano y música en directo. Aquí, la exposición se integra en una oferta de ocio más amplia, donde la biografía, la gastronomía y el espectáculo contribuyen a construir una experiencia alrededor de una figura cultural.

Estos ejemplos revelan que no existe una única manera de entender la inmersión. Puede funcionar como herramienta divulgativa, como espectáculo comercial o como lenguaje artístico autónomo. Lo determinante no es necesariamente la presencia de pantallas, sino qué se hace con ellas, qué relación establecen con las obras y qué experiencia proponen al visitante.

El éxito de estas exposiciones demuestra su capacidad para atraer públicos diversos, despertar curiosidad y generar experiencias emocionales intensas. Cuando existe rigor en su planteamiento, la tecnología permite ampliar detalles, reunir obras dispersas y ofrecer nuevas formas de aproximación a la historia del arte. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿nos estamos acostumbrando a que el arte tenga que entretenernos para merecer nuestra atención?

Detenerse ante un cuadro original exige otra disposición. Hay que observar sus proporciones, seguir una pincelada, descubrir las variaciones de un pigmento y decidir cuánto tiempo dedicar a aquello que tenemos delante. La pintura no impone necesariamente un ritmo ni una banda sonora: deja espacio para la interpretación personal, incluso para el desconcierto o el aburrimiento. Las exposiciones inmersivas, por el contrario, pueden orientar esa experiencia mediante estímulos que acompañan y condicionan nuestra percepción.

No se trata de condenar la tecnología ni de defender una supuesta pureza de los museos tradicionales, que también recurren desde hace tiempo a recursos escenográficos y audiovisuales. Se trata de preguntarse qué ganamos y qué perdemos cuando convertimos una obra de arte en un espectáculo. Quizá el desafío no sea elegir entre mirar un cuadro o entrar en él, sino evitar que la fascinación por lo que nos rodea nos haga olvidar aquello que teníamos delante.

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