Joan Didion no podía desprenderse de los zapatos de su marido. John Gregory Dunne había muerto, pero una parte de ella seguía pensando que los necesitaría al regresar. La escritora capaz de examinar con precisión las contradicciones de la sociedad estadounidense se descubría negociando con una evidencia imposible de modificar. Conservar aquellos zapatos mantenía abierta una posibilidad que sabía absurda. En El año del pensamiento mágico, esa distancia entre comprender una muerte y aceptar su carácter definitivo ocupa el centro del relato. fronterad
La escena explica buena parte de la fuerza de la literatura del duelo. Permite detenerse en pensamientos que resultan difíciles de confesar, en comportamientos que desde fuera pueden parecer incomprensibles. También da espacio a una experiencia cuyo ritmo rara vez coincide con las expectativas de quienes acompañan: el funeral termina, los mensajes se espacian y el trabajo vuelve a reclamar atención, mientras una prenda o una conversación pendiente conservan una importancia desmesurada.

Este 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos, invita a volver a libros que han abordado esas semanas, meses y años desde perspectivas muy diferentes. En las obras de Didion, Isabel Allende, Piedad Bonnett, Rosa Montero o Annie Ernaux, la pérdida afecta a la memoria, al lenguaje y a la identidad de quien escribe. Sus páginas también contienen preguntas sobre la maternidad, los cuidados y las exigencias que recaen sobre las mujeres dentro de una familia.
Didion regresó a la muerte en Noches azules, después de perder a su hija, Quintana. El libro reúne recuerdos de la maternidad y preguntas sobre lo que una madre pudo comprender, prever o evitar. La enfermedad, el envejecimiento y la propia fragilidad atraviesan una escritura que vuelve una y otra vez sobre lo vivido. Haber sido madre no concede un conocimiento absoluto de los hijos; sobrevivirlos tampoco permite ordenar retrospectivamente todas las señales.

Esa dificultad para encontrar una explicación recorre Lo que no tiene nombre, de Piedad Bonnett. La escritora colombiana reconstruye la vida y la muerte de su hijo Daniel, y se enfrenta a las preguntas que deja su suicidio. El relato concede espacio a su enfermedad mental, a la experiencia familiar y a los límites de lo que puede saberse sobre el sufrimiento de otra persona. Daniel conserva una biografía, unos deseos y una personalidad que desbordan las circunstancias de su muerte. La precisión de Bonnett evita convertirlo únicamente en el motivo del dolor de su madre.
En Paula, la escritura comenzó cuando Isabel Allende todavía esperaba que su hija despertara del coma. En 1991 empezó a contarle la historia familiar para que, al recuperarse, pudiera reconocer su pasado. Escribió junto a su cama, en un hospital de Madrid, y continuó en otros espacios durante la enfermedad. Paula murió en California en 1992; el libro se publicó dos años después. Su origen contiene una transformación dolorosa: las páginas destinadas a ayudar a recuperar la memoria de una hija terminaron preservándola para quienes la sobrevivieron.

La amplitud familiar de Paula permite comprender hasta dónde llega una pérdida. Con la hija aparecen otras generaciones, el exilio, las relaciones y los acontecimientos que habían formado su mundo. La enfermedad altera el presente y obliga a revisar el pasado. En esa reconstrucción, Allende conserva el lugar de Paula dentro de una historia que había comenzado mucho antes de su nacimiento.
Cuando mueren los padres, la escritura suele enfrentarse a otra dificultad: descubrir cuánto desconocemos de quienes nos criaron. Sobre el duelo, de Chimamanda Ngozi Adichie, nace de la muerte de su padre en Nigeria en 2020, mientras ella se encontraba en Estados Unidos. Las restricciones de la pandemia agravaron la distancia. La autora registra la conmoción y examina las palabras y las tradiciones con las que su entorno intenta responder a lo ocurrido. Su padre recupera en esas páginas su voz y su presencia cotidiana, frente a un lenguaje de condolencias que a veces resulta insuficiente.

Gabriela Consuegra se aproxima a la pérdida del padre desde el tiempo de la enfermedad en Ha pasado un minuto y queda una vida. El diagnóstico introduce una cuenta atrás en la vida familiar y modifica las relaciones entre quien necesita ayuda y quienes intentan acompañarlo. La autora presta atención a la dificultad de cuidar a la persona que antes nos cuidaba, cuando la familiaridad del vínculo convive con el desconcierto ante lo que está sucediendo. El duelo empieza a adquirir forma antes de la despedida.
Simone de Beauvoir había abordado esa experiencia en Una muerte muy dulce, a partir de la enfermedad y los últimos días de su madre. La intimidad del hospital, el deterioro físico y las decisiones sobre el cuerpo enfermo llevan la reflexión sobre la muerte a una situación concreta. La hija que observa debe enfrentarse a la vulnerabilidad de una mujer con la que ha mantenido una relación compleja. El cuidado no borra esa historia compartida.
Annie Ernaux amplía esa mirada en Una mujer. Tras la muerte de su madre, reconstruye su existencia como obrera y comerciante, sus aspiraciones y su deseo de aprender. La enfermedad había destruido su memoria; la hija busca recuperar a la mujer anterior a ese deterioro. El retrato incorpora el trabajo, el origen social y la distancia que la educación abrió entre ambas. Así, la evocación de la madre permite observar también las condiciones que determinaron sus posibilidades.

Leer juntas a Beauvoir y Ernaux ayuda a reconocer una aportación decisiva de estas obras: las madres aparecen con contradicciones, ambiciones y conflictos propios. La muerte no obliga a convertirlas en figuras ejemplares. Tampoco exige que las hijas disimulen el desacuerdo para demostrar cuánto las quisieron.
La ficción lleva esa ambivalencia a un territorio particularmente áspero en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Țîbuleac. Aleksy recuerda el último verano que pasó con su madre, enferma, desde una relación marcada por la hostilidad y las heridas familiares. El acercamiento entre ambos resulta difícil precisamente porque existe un pasado que la proximidad de la muerte no elimina. La novela permite explorar el duelo por alguien a quien se ha querido de una forma conflictiva, lejos de las despedidas reconciliadas que a menudo esperamos de estas historias.

En la pérdida de la pareja también se altera la relación con el futuro. La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, parte del diario que Marie Curie escribió después de la muerte de Pierre. La lectura conduce a Montero a entrelazar la vida de la científica con su propia experiencia de viudedad. El libro se abre hacia la creación, la memoria, el cuerpo y el lugar de las mujeres, sin mantener un tono uniforme de tristeza. La posibilidad de reír aparece dentro del duelo, con la misma legitimidad que la rabia o el desconcierto.
Esther Kinsky elige el desplazamiento en Arboleda. Su narradora viaja sola a Italia para realizar una estancia que había proyectado con su compañero, recién fallecido. Camina por paisajes apartados, observa cementerios y recorre carreteras secundarias. La ausencia modifica su atención: los lugares planeados para dos deben conocerse ahora en soledad. La descripción del paisaje permite contar el dolor sin explicarlo continuamente, dejando que intervengan la luz, las distancias y la actividad de los demás.
La atención también cambia de forma radical en Poco se habla de esto, de Patricia Lockwood. Su protagonista vive absorbida por internet hasta que la enfermedad y la breve vida de su sobrina reorganizan sus prioridades. La novela incorpora una pérdida menos presente en los relatos familiares: la que experimenta una tía. La niña ocupa el centro de una vida compartida que merece ser narrada en sus detalles, aunque dure poco.
Lockwood conserva la escritura fragmentaria con la que había retratado el mundo digital, pero el tiempo comienza a medirse de otra manera. Los cuidados y la observación de la niña ocupan el espacio antes dedicado a la conversación incesante de las redes. Importan sus gestos, las visitas, las pequeñas situaciones familiares. El relato se demora en esa convivencia y permite conocerla antes de que su muerte determine cómo será recordada.
