Melanie Perkins tenía apenas diecinueve años cuando, mientras enseñaba programas de diseño a estudiantes universitarios en Perth, descubrió lo que más tarde se convertiría en la semilla de una de las creaciones tecnológicas más importantes de la última década.
Sus alumnos pasaban meses aprendiendo los comandos básicos de Photoshop o InDesign, se enfrentaban a manuales interminables y a una curva de aprendizaje tan intimidatoria que muchos desistían antes de dominar las herramientas. Perkins recuerda ese momento como una revelación inevitable. “Era evidente que en el futuro todo iba a estar en línea, que las herramientas debían ser más simples y fluidas”, dijo en una entrevista. Aquel malestar cotidiano con sus alumnos se convirtió en una oportunidad global que hoy impacta a más de doscientos millones de personas en 190 países.
De Perth a Silicon Valley
El primer intento de crear su start up llegó bajo el nombre de Fusion Books, una plataforma que permitía a los colegios diseñar anuarios de manera accesible y rápida. Con su socio y pareja Cliff Obrecht lograron expandirse a Francia y Nueva Zelanda, demostrando que había un mercado desatendido que necesitaba soluciones simples para un problema complejo. Sin embargo Perkins siempre supo que lo que había diseñado podía ir mucho más allá de un producto de nicho.

La gran prueba vendría años después, cuando conoció en Perth al inversor Bill Tai. Perkins decidió viajar a Silicon Valley para mostrarle su proyecto y allí inició una travesía que incluyó cientos de reuniones y rechazos de inversionistas que no creían en su visión. El punto de ruptura llegó al sumar como cofundador a Cameron Adams, un ex diseñador de Google que aportó el músculo técnico que necesitaba la idea. Tras recaudar tres millones de dólares nació oficialmente Canva en 2013. En su primer año ya contaba con seiscientos mil usuarios y desde entonces la curva de crecimiento no ha dejado de ascender.
La revolución Canva
Hoy Canva es una compañía valorada en más de cuarenta mil millones de dólares con sede en Sídney y oficinas en distintos puntos del mundo, incluyendo Londres. La plataforma se ha convertido en un estándar para diseñar desde presentaciones hasta videos, páginas web o publicaciones en redes sociales. Su secreto radica en la simplicidad de arrastrar y soltar imágenes, utilizar plantillas, trabajar en línea e integrar inteligencia artificial para acelerar procesos creativos. Perkins lo explica así. “Nuestro objetivo siempre ha sido eliminar la fricción entre una idea y su diseño. La IA nos ha permitido integrar muchas funciones en una sola plataforma y hacerlas accesibles para todos”.
Una misión sin fronteras
El éxito no se explica solo por la tecnología sino también por la visión que la impulsa. “Nuestra misión en Canva es capacitar al mundo entero para diseñar. Y lo decimos literalmente. Nosotros queremos empoderar a cada persona, en cada idioma y en cada dispositivo, para que pueda crear cualquier cosa que imagine”. Esa ambición, que parece desmesurada, se refleja en uno de los valores internos de la compañía. Perkins lo define con claridad. “Un objetivo loco por definición es algo que no sabes cómo lograr, pero es justamente esa incertidumbre la que mantiene viva la inspiración”.
Detrás de su imagen de emprendedora multimillonaria se encuentra también una convicción ética. Perkins y Obrecht forman parte del Giving Pledge, la iniciativa global impulsada por Warren Buffett y Bill y Melinda Gates para que grandes fortunas donen la mayor parte de su riqueza a causas sociales. Para ella, el dinero que genera la compañía no le pertenece en un sentido personal, sino que representa un recurso para generar impacto positivo.
Un modelo de inclusión en la industria tecnológica
Esta filosofía se refleja también hacia dentro de Canva, donde ha promovido políticas de diversidad y equidad que la distinguen en la industria tecnológica. Actualmente el 41 por ciento de su plantilla está conformada por mujeres, una cifra muy por encima del promedio del sector, y los procesos de selección están diseñados para reducir sesgos de género. Perkins lo resume de forma sencilla. “Quiero construir un entorno en el que cada persona pueda aportar lo mejor de sí misma sin importar su género, su origen o su trayectoria”.
Perkins confiesa que durante los primeros años de búsqueda de financiación aprendió lo que significa la palabra rechazo. La perseverancia fue clave para no ceder al desaliento. “Resolver un problema que de verdad importa es lo que hace que todo lo demás valga la pena”, ha dicho en varias entrevistas. Su insistencia en que el diseño debía dejar de ser un privilegio y convertirse en una herramienta accesible terminó convenciendo a los escépticos. Hoy, cuando se le pregunta cuál es su mayor consejo para emprendedoras, responde que lo esencial es lanzarse aunque no se tenga toda la experiencia. “No tengas miedo de empezar. No puedes saber todo de antemano, pero si estás dispuesta a aprender en el camino, ya tienes suficiente”.
Esa mezcla de optimismo y determinación explica también su manera de enfrentar la tecnología. Lejos de asustarse por los cambios, Perkins insiste en que las industrias se están volviendo más amables y más eficientes. Cree que Canva solo ha alcanzado el uno por ciento de lo que puede lograr y que lo más emocionante está por venir. Esa mirada al futuro no es ingenua sino estratégica. “Cada paso ha demostrado que cuando millones de personas pueden expresarse visualmente sin barreras, la comunicación cambia y con ella cambian también las oportunidades de participación, emprendimiento y educación”.
El legado de una visionaria
A sus treinta y siete años, Melanie Perkins es referente de liderazgo femenino en un sector que aún arrastra brechas profundas de género. Canva democratizó el diseño, pero Perkins está democratizando la idea de que las mujeres pueden y deben ocupar un lugar central en la transformación tecnológica global. Su legado, todavía en construcción, surge de un compromiso real con la equidad de la mujer.