Bulgaria se ha convertido oficialmente en el vigésimo primer Estado miembro de la zona euro el uno de enero de 2026, adoptando la moneda común después de décadas de camino hacia una mayor integración europea. Este paso coloca al país balcánico, miembro de la Unión Europea desde 2007, en el corazón de la arquitectura monetaria europea y sustituye progresivamente al lev búlgaro, su moneda nacional, por el euro como unidad de cuenta y medio de pago.
La decisión no fue automática ni exenta de debate, sino el resultado de años de preparación técnica, evaluaciones económicas y negociaciones políticas con las instituciones europeas. Aunque oficialmente se trata de una señal de consolidación del proyecto europeo, la transición también ha sido objeto de fuertes críticas de la población más envejecida y preocupaciones internas por los riesgos económicos y la credibilidad de las instituciones involucradas al dar una silla en Fráncfort a uno de los países más corruptos de Europa.
Criterios de convergencia
Bulgaria logró alcanzar los criterios principales para culminar su adhesión. Los informes de la Comisión Europea y del Banco Central Europeo (BCE) de junio de 2025 indicaron que el país cumplía con una inflación media de 2,7 %. Lo que estaba dentro del límite del criterio de estabilidad de precios, que establece que el IPC no debe superar en más de 1,5 puntos porcentuales la media de los tres países de la eurozona con menor inflación.
Además, Bulgaria cumplía con un déficit fiscal de alrededor del 3% del PIB, justo en el límite permitido. Y una deuda muy por debajo del tope del 60%, regla que en la actualidad menos de la mitad de los Estados miembros cumple.
1,95583 leva por euro
Pero su entrada en el ahora grupo de los veintiuno no ha estado exenta de críticas por parte de su ciudadanía. El tipo de cambio fue fijado de manera irrevocable en 1,95583 leva por euro por los ministros de finanzas de la Unión Europea. Un nivel que Bulgaria había mantenido durante años bajo un régimen de tipo de cambio fijo y que funcionaba de facto como ancla para su economía. Aunque técnicamente cumplía con el criterio de estabilidad de precios, la percepción pública de posibles aumentos ha generado debates y preocupación. Sobre todo entre los sectores más envejecidos.
Este miedo tiene raíces históricas profundas: muchos de los mayores vivieron la crisis económica de 1996‑1997, cuando la única manera de proteger sus ahorros era convertirlos a dólares estadounidenses o marcos alemanes. Ahora, para ellos, cambiar de moneda todavía evoca inseguridad y el trauma financiero que vivieron entonces. Además, los pensionistas, que reciben sus ingresos en efectivo, temen la transición a un sistema más digitalizado. En cambio, los empresarios y sectores de servicios ven en la adopción de la moneda única como una simplificación de transacciones. Igual ocurre con los más jóvenes. Las nuevas generaciones viajan, estudian y trabajan por Europa, y para ellas la moneda única es un instrumento de movilidad y oportunidades.
Esta divergencia generacional se mezcla con debates políticos. En este sentido, partidos ultranacionalistas de extrema derecha como Vazrazhdane (Renacimiento), con muy buenas relaciones con Moscú, han visto la oportunidad de criticar la adopción del euro bajo el argumento de “eurocolonialismo”. Y afirman que la moneda europea “amenaza la identidad nacional”.
El problema del redondeo con sueldos de 620 euros
Ante las críticas, la presidenta del BCE, Christine Lagarde, trató de tranquilizar a la población durante su reciente visita a Sofía, señalando que los cambios de moneda pueden generar “un repunte temporal en la inflación cuando las empresas redondean los precios durante la conversión“. Aunque aclaró que, en anteriores cambios al euro, “el impacto fue de entre 0,2 y 0,4 puntos porcentuales“.

Lagarde destacó el ejemplo de Croacia, que se incorporó a la eurozona en 2023 en un contexto de inflación elevada. Y señaló que “el efecto del cambio fue de aproximadamente 0,4 puntos porcentuales y se desvaneció rápidamente“. Además, subrayó que la percepción de aumento de precios suele ser temporal y tiende a estabilizarse una vez que los hogares y empresas empiezan a usar la nueva moneda de forma cotidiana y con un banco central creíble.
El fenómeno del redondeo de precios, donde los comercios ajustan los valores para simplificar la conversión de moneda, es uno de los factores que contribuye a este repunte inicial de precios. Esta preocupación se intensifica en un país como Bulgaria, donde el sueldo medio mensual ronda las 2.500 leva (1.315 euros). Y el salario mínimo está fijado en 1.213 leva (620 euros a partir de enero de 2026). Así, los trabajadores búlgaros son los que menor remuneración tienen de la Unión Europea. La combinación de ingresos relativamente bajos y percepción de subida de precios alimenta la inquietud de muchos ciudadanos. Especialmente los sectores más vulnerables de la población.
Desafíos de Bulgaria
A pesar de la incorporación de Bulgaria a la zona euro, el país sigue enfrentando importantes desafíos internos. Bulgaria ha celebrado siete elecciones en apenas tres años. Y se encamina a nuevas a inicios de la próxima primavera tras la dimisión en bloque del gobierno conservador en diciembre. La fragmentación del Parlamento, la dificultad para formar coaliciones estables y las acusaciones persistentes de corrupción complican cada vez más aportar certezas a la economía del país.
Aunque con el euro, el gobernador del Banco Nacional de Bulgaria, Dimitar Radev, reconoce que permitirá reconducir la situación gracias al “mayor grado de disciplina”. Lo que, según él, reducirá la incertidumbre global, al mismo tiempo que creará “un marco institucional más claro y predecible para la gobernanza económica”.


