Caso Epstein

La crisis de imagen de la monarquía británica (y cómo afecta a las mujeres Windsor)

¿Puede la monarquía sobrevivir en una época que exige transparencia y rendición de cuentas si sigue apoyándose en el “escudo” femenino para amortiguar lo que los hombres desordenan?

Fotografía: Kiloycuarto

La monarquía británica ha sobrevivido a casi todo: guerras, abdicaciones, divorcios, infidelidades y el tipo de escándalos familiares que, en cualquier otra casa, se quedarían puertas adentro. Pero hay crisis que no se “pasan” con el tiempo porque no son solo un problema de reputación, son un problema de legitimidad. Y ahí es donde el caso Epstein (y, sobre todo, la sombra persistente sobre el príncipe Andrés) sigue resultando especialmente corrosivo. Aunque Andrés quedó apartado de la vida institucional, cada oleada de documentos, cada nueva conversación política, cada titular que revive su relación con Jeffrey Epstein vuelve a tocar el nervio de la Corona. No se juzga únicamente a un individuo, se mide la credibilidad del sistema que lo rodeó, lo protegió o, como mínimo, no lo frenó a tiempo.

En las monarquías actuales, el poder funciona como un pacto emocional. No basta con la historia, los palacios o las ceremonias, hace falta una sensación de decencia, de ejemplaridad, de “mínimos morales” compartidos. Por eso, cuando una institución basada en el símbolo se ve asociada a un caso tan tóxico, el daño no es lineal; se filtra en todos los rincones del relato. Y aunque la estrategia oficial sea distanciarse (silencio, discreción, “no comentarios”, movimientos quirúrgicos en la agenda), el problema permanece… ¿Cómo se sostiene la idea de una familia “por encima” del ruido cuando el ruido vuelve a ser ensordecedor?

En este punto aparece un patrón que el público identifica casi sin necesidad de que se lo expliquen y es que cuando la monarquía se tambalea, son sus mujeres quienes sostienen la arquitectura emocional del relato. No es por una conspiración deliberada, sino por una mezcla de tradición, expectativas de género y una intuición comunicativa tan antigua como la institución: el rostro que humaniza suele ser femenino, y la templanza que calma también. En el universo Windsor, el “cortafuegos” rara vez se escribe en comunicados; se construye en imágenes: presencia impecable, sonrisas medidas, gestos de normalidad, un vestuario sin estridencias, una agenda de servicio público. El escudo institucional es, muchas veces, una mujer funcionando como símbolo.

Lady Di, la princesa del pueblo

En los años noventa, ese escudo tuvo un nombre propio y ese es Diana de Gales. La princesa no fue un parche de comunicación, pero su sola existencia alteró el equilibrio de la monarquía moderna. Mientras la institución se percibía rígida, distante y emocionalmente inalcanzable, Diana introdujo algo que el protocolo no sabía fabricar, la conexión. Su manera de estar con la gente, de tocar manos, de mirar, de escuchar (y su valentía al acercarse a causas humanitarias que entonces eran incómodas o estigmatizadas) le dio a la Casa Real un capital emocional que ninguna ceremonia podía producir. Diana comprendió antes que muchos que, en la era mediática, el afecto público era una forma de legitimidad. Y que la legitimidad, cuando se basa en afecto, tiene una potencia que asusta.

Paradójicamente, su popularidad también evidenció una fragilidad; la monarquía dependía de la figura femenina para parecer humana. Diana no solo fue una princesa; fue un puente. Y cuando una institución depende de un puente, el día que ese puente se resquebraja o desaparece, el vacío se vuelve inmenso. La crisis posterior a su muerte lo demostró con crudeza; la reacción pública puso en jaque a la Casa Real y obligó a un replanteamiento de cómo se mostraba ante el país. Y fue una lección de oro.

Isabel II, la estabilidad

Después, ese mecanismo adoptó un formato distinto, casi opuesto, pero también femenino: Isabel II como estabilidad. Si Diana representaba emoción y cercanía, la reina representaba continuidad y disciplina. Su reinado fue, en términos de comunicación institucional, una obra de resistencia: parecer inmutable cuando todo cambia. Ante los escándalos familiares, desde las separaciones de sus hijos hasta los episodios más incómodos de la familia, Isabel sostuvo una idea central: el deber es más fuerte que el drama. Su estrategia no era seducir, era tranquilizar. No era gustar, era durar.

Esa “frialdad” que algunos criticaban fue, en realidad, un instrumento político , dejando ver una monarca que no se desborda, una institución que no se descompone. Y, en el fondo, esa lógica sigue vigente en Buckingham: cuando el tema es explosivo, el silencio y la rutina no son indiferencia, son contención. Sin embargo, incluso la contención tiene un límite, y la era digital ha cambiado el terreno de juego. Hoy el público no espera perfección, espera coherencia. Y la coherencia exige respuestas más rápidas, más transparentes o, al menos, menos opacas.

Kate Middleton, la normalidad

Ahí entra la figura de Kate Middleton, princesa de Gales, como el nuevo escudo institucional. Kate no ocupa el espacio de Diana, porque nadie puede, pero encarna algo que la monarquía necesita desesperadamente y es la normalidad controlada. Su imagen se ha construido con precisión: profesionalidad sin aspavientos, elegancia sin excesos, cercanía sin sobreexposición. En tiempos de crisis, esa mezcla funciona como una manta térmica: reduce el incendio sin parecer que lo está apagando. Su agenda, enfocada en infancia, bienestar, salud mental y proyectos sociales, ofrece una narrativa alternativa a la del escándalo: mientras una parte del apellido aparece asociada a sombras, otra se muestra asociada a servicio.

Esa es la razón por la que, cuando surgen titulares sobre Andrés y Epstein, el impacto no se limita al duque de York. Se extiende por contraste. Cada aparición de Kate, cada fotografía de un acto, cada visita, cada gesto de calma adquiere un significado extra… no es solo una royal cumpliendo un deber, es la institución recordándole al público que existe una “monarquía útil”, una monarquía que trabaja, una monarquía que merece seguir. La función simbólica de estas mujeres no está escrita, pero se siente.

Y, sin embargo, hay un coste que rara vez se verbaliza en voz alta. En una familia donde los errores masculinos han generado terremotos, la responsabilidad de sostener el edificio a menudo recae sobre hombros femeninos. A ellas se les exige una perfección casi irreal: no solo ser correctas, sino parecerlo; no solo ser serenas, sino no mostrar cansancio; no solo tener vida, sino no dejar que se vea demasiado. Se les pide ejemplaridad como si fuera un rasgo de personalidad, cuando en realidad es una carga laboral y emocional. La monarquía no reparte el peso reputacional de forma equitativa: cuando el apellido se ve amenazado, el trabajo de “reparación” suele recaer sobre quienes mejor convierten el deber en espectáculo controlado.

Beatriz y Eugenia, entre la espada y la pared

Esta dinámica se vuelve todavía más evidente cuando se observa el impacto colateral sobre otras mujeres Windsor que viven en zonas grises del relato, Beatriz y Eugenia. Incluso sin estar en primera línea institucional, cada reaparición mediática del caso Andrés-Epstein reaviva el dilema de sus hijas: la lealtad familiar y la necesidad de construir una identidad propia. En un sistema donde el apellido funciona como marca, ellas no eligen el contexto en el que se menciona su nombre. Y ese es, también, un tema profundamente femenino: la herencia emocional de los errores ajenos, el trabajo de vivir con el ruido que no provocaste.

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La pregunta, entonces, va más allá del caso. ¿Puede la monarquía sobrevivir en una época que exige transparencia y rendición de cuentas si sigue apoyándose en el “escudo” femenino para amortiguar lo que los hombres desordenan? ¿Cuánto tiempo puede sostenerse una institución con una doble moral implícita: indulgencia histórica para ciertos comportamientos masculinos y exigencia absoluta para la impecabilidad femenina?

Hoy, con Carlos III intentando consolidar un reinado de modernización cautelosa, y con Guillermo y Kate representando el futuro, la gestión del pasado se ha vuelto un trabajo diario. El caso Epstein no es solo un recordatorio incómodo; es un test de credibilidad. Y en ese test, la imagen es política. La monarquía vive de la confianza pública, y la confianza pública se construye, o se repara, con símbolos.

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