Caso Epstein

Los documentos de Epstein sacuden los cimientos institucionales de Reino Unido

El primer ministro y la Corona son salpicados por los infames archivos y luchan por recuperar credibilidad

Reino Unido
El caso Epstein ha sacudido las instituciones británicas
KiloyCuarto

El imperio de depravación y corrupción en el poder revelado por los documentos desclasificados de Jeffrey Epstein está haciendo tambalearse los cimientos del armazón institucional británico. Aunque publicados por el Departamento de Justicia norteamericano, los efectos más devastadores se han dejado notar al otro lado del Atlántico más que en Estados Unidos. La impunidad sigue protegiendo a quienes durante años se aprovecharon de la explotación de jóvenes y del tráfico de influencias facilitados por Esptein, pero mientras la sacudida a figuras poderosas como Bill Clinton o Bill Gates ha quedado prácticamente acotada a cuestionamientos morales, a debates sobre su conducta, los pilares que sostienen al establishment del Reino Unido aparecen estos días bajo una amenaza existencial.

El nombre del primer ministro británico no emerge ni una sola vez en los archivos, pero la crisis que estos han generado para el Gobierno, la mayor desde que el Laborismo llegara al poder en julio de 2024, ha llevado a Keir Starmer a pedir perdón a las víctimas de Epstein. Con su supervivencia política en jaque, el premier se consolida como una rareza: la de un hombre que, a diferencia de los nombres propios que sí figuran en la infame lista, se encuentra en el filo del abismo como consecuencia del veneno de Epstein, una situación curiosamente similar a la que hace frente la Corona, la otra gran pata de la argamasa institucional británica.

Jeffrey Epstein
Jeffrey Epstein y Ghislaine Maxwell

Para la Casa Real, la tangente con Esptein es más cercana que para Starmer, quien ni siquiera había llegado a conocer al infausto magnate estadounidense antes de que este acabase con su vida en una cárcel de Nueva York en 2019, apenas un mes después de haber sido detenido por tráfico sexual. El error del primer ministro fue de juicio, al nombrar para el crucial puesto de embajador británico ante Estados Unidos para el segundo mandato de Donald Trump al controvertido Peter Mandelson, un histórico peso pesado del Laborismo cuya proximidad con Epstein, incluso tras la salida de este de prisión en 2009, era conocida en el Reino Unido.

Starmer pide perdón

Esta semana, Starmer pedía perdón a las víctimas por haber creído las “mentiras” de quien es conocido popularmente en Reino Unido como ‘el príncipe de las Tinieblas (‘the Prince of Darkness’) por sus maniobras en la sombra. Según el primer ministro, Mandelson había presentado su relación con Epstein como algo superficial, cuando, según evidencian los documentos desclasificados, había recibido del magnate jugosas sumas financieras, le había manifestado su apoyo incondicional incluso tras conocerse los delitos sexuales y, lo más grave, había llegado a filtrarle información confidencial del Gobierno británico. Mandelson creía que su condición de homosexual lo blindaba de las alegaciones más tóxicas, las relacionadas con la explotación sexual, pero las revelaciones sobre su conducta han condenado su carrera política -esta semana anunciaba que renuncia a su puesto vitalicio en la Cámara de los Lores- y, potencialmente, la de quien lo había reclutado como máximo representante británico ante la corte de Trump.

Peter Mandelson habla con Jeffrey Epstein, en una foto incluida en el libro del 50 cumpleaños de Epstein
Comisión de Supervisión de la Cámara de Representantes de los EE.UU.

En el caso de la Monarquía, el problema era interno, familiar, y por tanto prácticamente inoperable. Solo la amputación podría detener el efecto contagio que las amistades peligrosas de Andrés, supuestamente el hijo favorito de Isabel II y hermano del rey, estaba generando para la credibilidad de la institución. A diferencia de su madre, cuya debilidad por su tercer vástago agravaría el problema, Carlos III ha demostrado que la corona pesa más que los lazos de sangre y, tras retirar todos los títulos a su hermano, esta semana le imponía la humillación definitiva: la salida fulminante de la mansión de 30 habitaciones en la que habitaba desde 2002.

Aunque la mudanza era inevitable, el plan inicial la había fijado una vez concluidos los trabajos de reforma del futuro hogar de Andrés en Sandringham, en el condado inglés de Norfolk. Pero la tanda de documentos publicados el 30 de enero, con imágenes que lo mostraban postrado a cuatro patas junto a una mujer tumbada, y su lacerante conducta en los días posteriores, en los que evidenciaba una absoluta desconexión de la realidad, con gestos como saludar sonriente desde el coche, fueron demasiado para el rey.

El primer ministro británico, Keir Starmer

Las dos personas más poderosas de Reino Unido esperan que Epstein deje de atormentar desde la tumba a las instituciones que ambos encabezan. Para Carlos III se trata de un problema heredado, pero no por ello menor, puesto que la sombra de encubrimiento todavía sobrevuela sobre Buckingham. Hace unos meses transcendió que Andrés había consultado con altos cargos de palacio la posibilidad de articular una campaña de descrédito contra Virginia Giuffre, después de que esta lo acusase públicamente de haber mantenido relaciones sexuales cuando todavía era menor de edad.

Por si fuera poco, en los últimos días han surgido alegaciones sobre una segunda joven enviada por Epstein a Reino Unido para deleite del de aquel duque de York. Se trataría de una mujer de 26 años, de nacionalidad rusa, a la que, tras pasar la noche con Andrés, se le habría brindado una visita privada en Buckingham e invitado a té. El cuerpo de Policía de Thames Valley está revisando los hechos, para determinar si hay base para una investigación formal, pero el hecho de que en palacio hubiesen soterrado los devaneos de Andrés pesan sobre la honorabilidad de una institución cuyo activo más poderoso es su reputación.

Nuevas fotografías de Andrés de Inglaterra pertenecientes al archivo Epstein.

El aprieto de Starmer es similar, en el sentido de que lo que está en juego es el valor más importante de un primer ministro: su capacidad de juicio, su habilidad para tomar la decisión correcta. Con el nombramiento de Mandelson, protagonista en el pasado de dos sonadas dimisiones también por conducta dudosa, el primer ministro ha abierto un boquete potencialmente irreparable. La creciente ira de sus diputados, desde hace tiempo en maniobras sucesorias, han disparado las especulaciones sobre un potencial regicidio. Esta semana han forzado una humillante claudicación, al forzar a Starmer a publicar el proceso formal que puso a Mandelson al frente de la Embajada en Washington, y los cuchillos, que llevaban tiempo siendo afilados, aparecen cada vez más cerca del Número 10 de Downing Street.