Desde hace semanas, Donald Trump amaga, consulta y evita fijar una fecha. El presidente de Estados Unidos sigue todavía sin marcar en el calendario el día en el que atacará a Irán, pero el movimiento sobre el terreno dibuja un escenario muy distinto al de la prudencia.
En el último mes, cerca de 250 aviones militares de carga estadounidenses han aterrizado en el teatro de operaciones. Es un incremento significativo del tráfico aéreo, sobre todo si tenemos en cuenta que esos vuelos incluyen personal, vehículos y hasta material para una posible intervención militar. A eso se suma el refuerzo naval y el desplazamiento masivo de aeronaves de vigilancia y combate. Más de dos tercios de los E-3 estadounidenses ya han sido reubicados en Oriente Medio.
Para Lena Georgeault, directora del Grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Villanueva, el mensaje no puede ser más claro: “El refuerzo naval y aéreo estadounidense en la región y la evacuación parcial de la base de Al-Udeid indican que, como mínimo, se está preparando el terreno”.

“Nadie moviliza tal cantidad de recursos para nada”
Al-Udeid, en Qatar -la mayor base militar de Estados Unidos en la región-, es uno de los puntos clave. Hace un mes había 16 aviones desplegados allí. Ahora son más de 29. El Pentágono también ha enviado dos grupos de ataque de portaaviones y ha comenzado a evacuar parcialmente a parte de su personal en la zona como medida preventiva. El despliegue es tal que varios expertos consultados en privado por este periódico coinciden en lo mismo: nadie moviliza tal cantidad de recursos para un ejercicio. Y mucho menos para nada.
La pregunta ya no es si existe un plan (parece que eso está claro) sino cuál es su alcance. Georgeault considera que hay dos opciones sobre la mesa “y ambas requieren el apoyo de Israel en materia de inteligencia”.
¿El final del régimen o un ataque militar?
La primera sería “la decapitación del régimen”. El líder supremo, Ali Jamenei, “es el principal bloqueo a cualquier negociación con Estados Unidos, y Trump quiere otro trofeo”. Según la experta, incluso dentro de ciertas élites iraníes “algunos verían con buenos ojos apartarlo” como vía para mantener el control del país y, al mismo tiempo, ofrecer una figura “más presentable ante Occidente”.
La segunda opción es más directa: “una intervención militar contundente”. La incógnita, se pregunta Georgeault en conversación con Artículo14, sigue siendo el objetivo final: “debilitar al régimen para forzar negociaciones o buscar directamente su caída”, lo que abriría el debate sobre la sucesión y el llamado “día después”.

Ese escenario es el que más inquieta a los aliados regionales. “Israel sería el primer objetivo de una represalia iraní”, advierte Georgeault. Y países como Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí ya han pedido que no haya intervención militar. El temor no es solo político. Un conflicto abierto podría provocar efectos en cadena sobre el petróleo y, por extensión, sobre la economía global.
Mientras tanto, la diplomacia entre ambos países no acompaña. Las conversaciones indirectas entre Washington y Teherán celebradas esta semana en Ginebra apenas han dejado avances. La portavoz de la Casa Blanca reconoció que sólo se ha logrado “un poco de progreso” y que ambas partes siguen “muy alejadas en puntos clave”.
Nada igual desde la Guerra de Irak
El despliegue actual es, según coinciden varios expertos, el mayor sobre el continente asiático desde la guerra de Irak. Todo aquello que tiene alas y el sello estadounidense parece estar siendo desplazado hacia Oriente Medio.

Trump, por ahora, no ha confirmado el paso definitivo. Pero dedica, según fuentes estadounidenses, “mucho tiempo” a valorar la decisión. Consulta a asesores, mide el impacto y sopesa el coste político tanto interno como externo. Sabe que un ataque alteraría el equilibrio regional y condicionaría su agenda durante meses.
La cuestión de fondo es si la presión militar busca forzar una concesión de Teherán en el ámbito nuclear y de misiles, o si la Administración ha asumido que la negociación está agotada. En Washington, el debate ya no gira en torno a si existe capacidad para atacar, sino a cuándo hacerlo y con qué alcance. Si la diplomacia no logra un giro en las próximas horas, el fin de semana podría marcar un punto de inflexión en Oriente Medio.
