Las protestas en Herat no han pasado desapercibidas para Fawzia Koofi. Este semana, los talibanes detuvieron las a mujeres en esa provincia y reprimieron con violencia a quienes salieron a la calle. “La gente seguirá resistiendo. La vida bajo tanta crueldad se ha vuelto insoportable para todos los que viven en Afganistán. Las mujeres me dicen que su vida parece muerte a cámara lenta“, indicó Koofi.
Koofi sabe de lo que habla. Fue la primera mujer en ser elegida segunda vicepresidenta del Parlamento afgano, negoció con los talibanes en Doha con el brazo en cabestrillo -un mes antes había sobrevivido a un atentado a tiros-, y lleva décadas siendo una de las voces más incómodas para el régimen. Hoy, desde el exilio, sigue siendo un blanco: su familia ha sido detenida recientemente y su casa, confiscada. La entrevistamos en Madrid, al margen de la V Conferencia de Política Exterior Feminista.
-¿Cómo fue negociar con los talibanes siendo mujer?
-Solo llegar a la mesa de negociación ya es un enorme reto para cualquier mujer. Negociar con los talibanes lo era aún más, porque su ideología es contraria a las mujeres. En otras negociaciones de paz, los derechos de las mujeres no siempre ocupan el centro del debate. Con los talibanes, eran precisamente el núcleo del conflicto. No nos querían allí. No creían que tuviéramos ideas propias ni perspectivas propias. A mí, en particular, me detestaban.

Llegué a la mesa de negociación un mes después de que me dispararan en el brazo. Tenía el brazo escayolado. Y aun así, sonreía, porque creo que las mujeres tenemos que demostrar fortaleza y poder cuando estamos en esas salas. Porque en esas salas de negociación representamos la igualdad de oportunidades y la igualdad de derechos. No fue fácil. Todo lo que los talibanes habían hecho cruzaba mi mente. Pero estaba orgullosa de representar a mi país y a las mujeres de mi país.
-¿Qué sintió cuando Estados Unidos se retiró de Afganistán bajo la presidencia de Biden?
-Las negociaciones entre Estados Unidos y los talibanes comenzaron en 2018, dejando al margen al Gobierno afgano. Era un gobierno con corrupción, con falta de estado de derecho, con elecciones turbias. Pero era un gobierno. Había instituciones, había parlamento, había medios de comunicación. Un gobierno por el que mucha gente había derramado su sangre: soldados españoles, americanos, británicos. Setenta mil soldados afganos murieron para sostenerlo.

Cuando Estados Unidos empezó a negociar con los talibanes, ahí comenzó la derrota moral de nuestras tropas. El colapso no ocurrió en un día ni en un mes: empezó con esas negociaciones. El negociador jefe estadounidense era de origen afgano y, por sus diferencias personales con nuestro expresidente, actuó al margen del Gobierno afgano e introdujo su propia agenda. Cuando Biden anunció la retirada, me sentí traicionada. El propio Acuerdo de Doha establecía que la retirada sería condicional: solo se produciría cuando se alcanzara un acuerdo político entre el Gobierno y los talibanes. Si eso se hubiera respetado, creo que el expresidente no habría huido y el colapso no habría ocurrido como ocurrió.
-La Unión Europea va a reunirse con los talibanes en Bruselas para negociar las deportaciones de afganos. ¿Cómo lo valora?
-La Unión Europea ha sido nuestro principal aliado estos últimos cinco años. En el Consejo de Derechos Humanos, distintos estados miembros -incluido el Gobierno español- han respaldado mecanismos de rendición de cuentas para garantizar que los talibanes respondan por sus violaciones de derechos humanos. El año pasado, el Consejo de Derechos Humanos adoptó un mecanismo investigador independiente para Afganistán, impulsado por la Unión Europea y con España como país promotor. Veintiséis países han remitido el caso al Tribunal Penal Internacional por violaciones de derechos humanos en Afganistán, y España estaba entre ellos. Cuatro países -entre ellos Alemania y Países Bajos- llevaron el caso al Tribunal Internacional de Justicia por violación de la Convención para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer.
“¿Qué mensaje enviamos así a otros grupos extremistas y violentos?”
Por eso nos sorprende que, por un lado, Europa defienda los derechos humanos como seña de identidad y, por otro, bajo el pretexto de negociar deportaciones, se siente con los talibanes. Las deportaciones no requieren negociar con ellos: si un país quiere deportar a afganos, puede hacerlo. Creo que esto no es solo sobre deportaciones. Creo que están allanando el camino para una mayor normalización con el régimen y están reforzando su posición. Y me entristece profundamente.
Hay millones de mujeres afganas en Afganistán, en Pakistán, en Irán esperando un visado de algún país europeo. Les resulta casi imposible conseguirlo. Mientras tanto, los talibanes pueden entrar en suelo europeo. ¿Qué mensaje enviamos así a otros grupos extremistas y violentos? Que pueden hacer lo que quieran sin rendir cuentas.
-¿Cuál es el mayor desafío al que se enfrenta hoy?
-En primer lugar, quiero aclarar que yo no estoy a salvo. Recientemente han detenido a mi familia por mi trabajo. Han confiscado mi casa y todo lo que tenía en Afganistán. Entiendo que el mundo enfrenta muchas crisis y que es fácil que una quede eclipsada por las demás. Nos resulta muy difícil mantener Afganistán en la agenda mediática. Solo cuando ocurre algo muy grave se cubre, y casi siempre son noticias contra las mujeres. Hace dos semanas, los talibanes publicaron una normativa sobre separación de parejas que legaliza el matrimonio infantil de niñas. Eso generó cierta atención. Solo eso.
Pero la situación en Afganistán no es solo una violación de los derechos de las mujeres. Todo el mundo está amenazado: detenciones arbitrarias, asesinatos selectivos, una atmósfera de asfixia total. Y eso va a convertirse en un desafío de seguridad para el resto del mundo. Donde las mujeres no son tratadas como seres humanos, donde no hay prosperidad económica ni trabajo, donde los hombres son amenazados, golpeados y encarcelados por cualquier cosa que digan, la gente busca como sea una salida. Y en esas circunstancias, grupos extremistas como el Daesh, Al Qaeda o los propios talibanes reclutan con facilidad. Afganistán es hoy un foco de extremismo violento.
Pakistán apoyó a los talibanes durante mucho tiempo, ignorando nuestras advertencias. Ahora sufre enormes problemas de seguridad porque los talibanes respaldan al TTP -el Tehrik-i-Taliban Pakistan-. Lo mismo les ocurrirá a los países de Asia Central y a otros. Si los derechos de las mujeres y los derechos humanos no reciben suficiente atención, al menos espero que esto sí la reciba: Afganistán puede convertirse en una amenaza real para la seguridad global.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

