Desde el “periodo especial” de los años 90, Cuba no había vivido algo parecido. La reducción del suministro de crudo procedente de Venezuela, consecuencia directa de la presión de Trump sobre Caracas, ha estrechado aún más el margen de maniobra del Gobierno de Miguel Díaz-Canel.
Hasta ahora, el suministro de petróleo venezolano ha permitido a La Habana sostener su sistema eléctrico en medio de una economía debilitada y con graves problemas estructurales. Las grietas ya no sólo son visibles en los edificios del centro de La Habana, sino también en un régimen cada vez más debilitado y casi sin aliados.
El petróleo y el turismo, irregular el primero y algo más constante el segundo, han sido hasta ahora los únicos salvavidas de Cuba. Venezuela suministraba hasta el 34% del crudo cubano: aproximadamente unos 27 mil barriles diarios.

Cuba sin aliados
Con Venezuela inmersa en su propia transición política y bajo un mayor control de Washington en el terreno económico, el margen para seguir enviando crudo a Cuba se ha estrechado. El petróleo ya ha dejado de ser sólo un acuerdo ideológico para convertirse en una pieza más dentro de una negociación más amplia en la que Estados Unidos vuelve a marcar el ritmo.
Tampoco Rusia parece dispuesta a ocupar ese vacío. Moscú ha reducido su implicación práctica en el suministro energético a la isla, y se ha centrado en su propio escenario y en las conversaciones abiertas en torno a Ucrania. En ese tablero, el papel de Estados Unidos vuelve a ser determinante, y Rusia parece decantarse por los conflictos que tiene cerca de su frontera y no por viejos aliados en negociaciones que podrían perjudicarle.
Cuba arrastra desde hace décadas infraestructuras eléctricas obsoletas, falta de inversión y una dependencia casi total de apoyos externos. Cuando uno de esos apoyos falla, el sistema entero se resiente. Y cuando fallan varios a la vez, el impacto es inmediato.

Sheinbaum, el único salvavidas de México
En medio de ese panorama, México se ha convertido en el único aliado regional con capacidad real de sostener políticamente a Cuba. La presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por mantener abiertas las vías de interlocución con Díaz-Canel y por no sumarse al endurecimiento de la presión sobre la isla.
Sheinbaum, que gobierna un país cuya relación con Estados Unidos es cada vez más tensa, ha decidido dar un respiro a su vecino. Si hace un mes los cargueros mexicanos desembarcaban rumbo a La Habana transportando petróleo, desde hace unos días lo hacen transportando algo mucho más valioso: leche en polvo.

“Nosotros vamos a seguir apoyando y seguimos haciendo todas las acciones diplomáticas necesarias para poder recuperar el envío de petróleo”, aseguró una Sheinbaum sin complejos mientras denunciaba que “es muy injusto ahorcar a un pueblo de esta manera”.
Pero la factura de mantener el respaldo político a Cuba implica asumir un riesgo diplomático evidente. México, tildada de “narcoestado” por Trump e incluso amenazada con una intervención militar, puede enfadar a una administración que marca el rumbo de toda la política regional.

Díaz-Canel, al borde del abismo
Para Díaz-Canel, las opciones cada vez son más escasas. Sin el suministro estable de Venezuela y con Rusia concentrada en otras prioridades, el margen pasa por acuerdos puntuales y por una gestión interna que permita amortiguar el impacto social de la crisis. Pero la realidad es que cada corte eléctrico prolongado, cada interrupción en el transporte y cada falta de combustible profundizan el desgaste.
La crisis energética se traduce en una economía aún más paralizada. Los pequeños negocios dependen de generadores, los hospitales operan con sistemas de emergencia y la vida cotidiana vuelve a organizarse en función de las horas de luz. La situación no es inédita en Cuba, pero sí más compleja por la pérdida simultánea de apoyos externos.
Mientras tanto, Washington sigue marcando el paso en la región. La presión sobre Venezuela tiene efectos directos en La Habana. Y cualquier movimiento de Moscú se mide hoy en función de su relación con Estados Unidos.
De momento y sobre el mapa, México parece el único socio dispuesto a mantener la interlocución con La Habana. La incógnita es cuánto tiempo podrá mantener ese apoyo en un contexto donde la presión estadounidense no parece disminuir y donde la isla enfrenta una de las etapas más delicadas de los últimos años.
