Opinión

La deuda pública vuelve a tener precio

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Durante más de una década, los inversores se acostumbraron a una idea extraordinaria: los Estados podían financiarse prácticamente gratis y, en algunos casos, cobrar por recibir dinero prestado. Hoy, el bono del Tesoro estadounidense a diez años ofrece una rentabilidad superior al 5 %.

Una parte del movimiento constituye una vuelta a la normalidad. Quien presta dinero durante diez años renuncia a utilizarlo en el presente y asume que la inflación, los tipos de interés y las circunstancias del emisor pueden cambiar. Lo razonable es que reciba una compensación. La anomalía histórica no es que un bono soberano rente un 4 % o un 5 %, sino que durante años ofreciera cero o incluso una rentabilidad negativa.

El problema aparece cuando esa normalización coincide con unas finanzas públicas mucho más frágiles que antes. El Fiscal Monitor del Fondo Monetario Internacional publicado en abril situaba la deuda pública mundial cerca del 94 % del PIB en 2025 y proyectaba que alcanzaría el 100 % en 2029. Su actualización de octubre vuelve a advertir de la misma combinación: deuda elevada y creciente, tipos de interés más altos y presiones de gasto persistentes.

Estados Unidos resume bien la paradoja. Su economía mantiene capacidad de crecimiento, mercados profundos y una moneda de reserva global. Pero el FMI proyectaba para 2026 un déficit del conjunto de las administraciones públicas del 7,5 % del PIB y una deuda bruta cercana al 126 %. Si las políticas no cambian, esa deuda superaría el 140 % en 2031. No estamos ante la descripción de un impago inminente. Estamos ante algo más gradual: cada nueva emisión debe competir por el ahorro mundial y una parte creciente de los ingresos públicos queda comprometida por el servicio de la deuda.

Por eso, que el bono estadounidense a diez años alcanzara el 5,19 % el 14 de octubre no significa que el mercado haya dejado de confiar en Estados Unidos. Significa que ya no acepta prestarle a largo plazo a cualquier precio. La rentabilidad incorpora las expectativas de inflación, la trayectoria de los tipos oficiales, el volumen de emisiones y una prima por mantener el dinero inmovilizado durante una década. Cuando todas esas variables presionan en la misma dirección, el coste de financiación aumenta aunque la solvencia inmediata no esté en duda.

Este cambio altera también el mapa tradicional del riesgo. Durante mucho tiempo, la deuda de las economías desarrolladas se trató como refugio indiscutible y la de los mercados emergentes como una categoría esencialmente peligrosa. Esa división resulta hoy demasiado simple. No todos los países avanzados presentan el mismo desequilibrio, del mismo modo que no todos los emergentes son fiscalmente vulnerables. Lo relevante es la combinación concreta de deuda, déficit primario, crecimiento nominal, vencimientos, moneda de emisión y credibilidad institucional.

Las consecuencias van más allá de los presupuestos públicos. Cuando aumenta la rentabilidad del activo considerado libre de riesgo, cambia el precio de casi todo lo demás. Las empresas deben financiarse más caro; los proyectos de inversión necesitan ofrecer retornos superiores; las valoraciones bursátiles afrontan una tasa de descuento mayor; y los inversores pueden exigir más a los activos de riesgo cuando la renta fija vuelve a remunerarles.

El FMI ha señalado precisamente la interacción entre una eventual corrección de las expectativas vinculadas a la inteligencia artificial y un nuevo repunte de las rentabilidades soberanas. Hasta ahora, el crecimiento, los beneficios empresariales y el optimismo tecnológico han sostenido a las bolsas. Pero resiliencia no equivale a inmunidad. Una decepción en los beneficios de las grandes compañías tecnológicas, combinada con bonos más rentables, podría acelerar la salida de capital de los segmentos más concentrados del mercado.

Para el inversor, sin embargo, la vuelta de las rentabilidades positivas en renta fija le devuelve una función que había perdido: generar ingresos y amortiguar, con sus cupones, parte de las oscilaciones de precio. En 2022, las subidas de tipos golpearon a carteras que partían de rentabilidades mínimas. Hoy el punto de partida es distinto. Un bono que ofrece un 4 % o un 5 % dispone de un colchón que no existía entonces, aunque siga expuesto a nuevas subidas de tipos y su precio pueda caer.

La conclusión no es que haya llegado el momento de concentrar la cartera en deuda pública. Consiste en reconocer que el precio relativo de los activos se ha adaptado, como es natural que ocurra, a la nueva situación macro. La respuesta prudente pasa por diversificar entre regiones, emisores, plazos y clases de activo, y por ajustar la duración y el riesgo al horizonte de cada inversor. Intentar anticipar cada decisión de los bancos centrales suele ser menos robusto que construir una cartera capaz de convivir con distintos escenarios.

La inteligencia artificial puede elevar la productividad y facilitar que las economías crezcan más deprisa que su deuda. Sería una excelente noticia, pero no constituye un plan fiscal. Tampoco la inflación puede utilizarse indefinidamente para reducir el peso real de los pasivos sin erosionar la confianza y el poder adquisitivo.

La deuda soberana no ha dejado de ser un pilar del sistema financiero, pero vuelve a tener precio. Y ese precio nos recuerda algo elemental que los años de tipos cero ocultaron: ni siquiera los Estados pueden posponer indefinidamente las decisiones difíciles. El mercado puede conceder tiempo; lo que ya no está dispuesto a conceder es tiempo gratis.

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