Hito

Una nueva cara para Carme: el trasplante facial que abre un nuevo debate médico y ético

El Hospital Vall d' Hebron ha llevado a cabo con éxito la primera reconstrucción realizada con tejido de una donante que había recibido eutanasia

Carme, la primera paciente en recibir un trasplante de cara de una donante que recibió una eutanasia
Carme, la primera paciente en recibir un trasplante de cara de una donante que recibió una eutanasia. EFE/Quique García
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Hoy Carme habla despacio, pero sin disimular su satisfacción: “Puedo comer, hablar, salir a la calle… ya puedo hacer vida normal”. Hace apenas unos meses, esa posibilidad parecía inconcebible. Una infección bacteriana, contraída a causa de una picadura de insecto durante unas vacaciones en Canarias, le provocó una sepsis devastadora y una necrosis que devoró el tercio central de su rostro. Labios, nariz, maxilar y parte de la lengua. “Mi vida se paró”, recuerda. “No podía alimentarme ni mirarme al espejo”.

La reconstrucción convencional no ofrecía una salida

Su historia cambió en el Hospital Universitario Vall d’Hebron de Barcelona, cuando Carme llegó a la consulta del doctor Joan-Pere Barret, jefe del Servicio de Cirugía Plástica y Quemados, uno de los pocos equipos del mundo con experiencia suficiente para plantear un trasplante facial. “El trasplante de cara no es una cirugía estética, es una cirugía funcional”, avanzó ayer Barret en la rueda de prensa que ofreció junto a su paciente y el resto del equipo médico. “Se indica cuando el paciente ha perdido partes del rostro que no se pueden restituir con técnicas habituales y cuando están comprometidas funciones básicas”.

Rueda de prensa en el Hospital Vall d’Hebron de Barcelona para explicar el procedimiento
Hospital Vall d'Hebron

En una intervención que duró casi 24 horas, un centenar de profesionales le devolvieron la funcionalidad y, de paso, una nueva oportunidad de identidad y dignidad. Era el primer trasplante de cara del mundo a partir de una donante que había recibido la eutanasia, un procedimiento sin precedentes en la historia de la medicina moderna.

Este hito marca un nuevo límite en la cirugía reconstructiva, pero es también una historia de tecnología extrema, dilemas éticos y la generosidad de una persona que, en el final de su vida, decidió ofrecer su rostro a una desconocida.

Un gesto altruista

En el mundo se han realizado hasta ahora 54 trasplantes de cara. Seis en España. Tres en Vall d’Hebron. El hospital barcelonés ya había marcado hitos previos. En 2010 realizó el primer trasplante total de cara del mundo; en 2015, el primero a partir de un donante en asistolia controlada. El caso de Carme añade un nuevo capítulo, pues es el primer trasplante facial realizado con tejidos procedentes de una persona que había solicitado la prestación de ayuda para morir.

Infografía con los rostros de la donante y la receptora
Hospital Vall d'Hebron

La donante, de edad media, no solo expresó su voluntad de donar órganos, sino que preguntó explícitamente si también podía donar su cara. “Quería saber si su rostro era válido”, ha relatado Barret. “Fue la expresión máxima de generosidad”. La decisión se tomó de forma libre, informada y completamente independiente del proceso de eutanasia, tal como subrayó Elisabeth Navas, coordinadora médica de Donación y Trasplantes del hospital. “La ley española es garantista. Aquí se respetó escrupulosamente la autonomía de la donante y el acompañamiento a su familia”.

El hecho de tratarse de una donación en el contexto de una eutanasia permitió planificar cada detalle con antelación, algo inusual en este tipo de cirugías. Donante y receptora fueron estudiadas con TAC de alta resolución; ingenieros biomédicos de la Unidad de Tecnologías 3D elaboraron modelos digitales e impresos del rostro, diseñaron guías de corte óseo personalizadas y simularon el encaje milimétrico de las estructuras. “Estas herramientas nos permiten anticiparnos, reducir tiempos quirúrgicos y optimizar el resultado funcional”, explicó la ingeniera Laura Escot.

Adaptarse a una nueva identidad

El trasplante fue parcial, solo la parte central del rostro, pero incluyó piel, tejido adiposo, musculatura, nervios periféricos y hueso. Todo debía reconectarse con técnicas de microcirugía vasculonerviosa para garantizar no solo la supervivencia del injerto, sino su movilidad y sensibilidad. “Un trasplante de cara que no se mueve ni se siente es solo una máscara”, resumió Barret al explicar la operación.
Durante la intervención se monitorizó en tiempo real la perfusión de los tejidos y la actividad neurofisiológica. Equipos de relevo mantuvieron la cirugía sin interrupciones. Enfermeras especializadas en trasplante de órganos sólidos trabajaron codo con codo con el personal de cirugía plástica. La logística era tan crucial como el bisturí.

La operación duró 24 horas y se utilizó alta tecnología
Hospital Vall d'Hebron

Pero el éxito de un trasplante facial no se decide solo en quirófano. La selección del receptor es un proceso largo y exhaustivo, que incluye evaluaciones médicas, psiquiátricas y sociales. “Valoramos la capacidad de adaptación, el afrontamiento, las expectativas, la adherencia al tratamiento y el apoyo familiar”, explicaron las psiquiatras María Sonsoles Cepeda y Sara Guila Fidel. La cara no es un órgano cualquiera: está ligada a la identidad, al reconocimiento propio y ajeno.

Tras la cirugía, Carme permaneció ingresada un mes y comenzó una rehabilitación intensiva. Al principio, la cara trasplantada está hipotónica, sin movimiento. “Trabajamos con espejos, texturas y estímulos sensoriales para favorecer la reinervación”, explicó Daniela Issa, del Servicio de Medicina Física y Rehabilitación. El proceso es largo, diario y exige una implicación constante del paciente. También hay apoyo psicológico, para acompañar la reelaboración de la imagen corporal y el impacto emocional de vivir con un nuevo rostro.

Un procedimiento arriesgado

Los trasplantes faciales siguen siendo procedimientos experimentales y no están exentos de riesgos. Requieren inmunosupresión de por vida, con mayor vulnerabilidad a infecciones y otras complicaciones. Estudios recientes señalan una supervivencia del 85% a cinco años y del 74% a diez, pero los expertos insisten en que aún faltan datos sobre el impacto psicológico a largo plazo. “Queda mucho por saber”, admitió Beatriz Domínguez-Gil, directora de la Organización Nacional de Trasplantes, que recuerda que cada caso debe autorizarse individualmente.

Para Carme, sin embargo, la balanza es clara. “Me han devuelto una calidad de vida que no pensaba volver a tener”, confesó emocionada a los medios de comunicación. No conocerá nunca a la donante, ya que lo impide la ley, pero habla de ella con enorme gratitud. “Es algo tan grande que cuesta ponerle palabras”. En Vall d’Hebron, el equipo también lo tiene claro. Más allá del récord médico, este trasplante abre una reflexión profunda sobre el final de la vida, la donación y la posibilidad de que, incluso en la muerte elegida, haya espacio para regalar futuro. Una cara para volver al mundo.