Ana Bernal-Triviño, periodista y profesora universitaria, ha dedicado gran parte de su trayectoria a analizar la violencia machista y la construcción cultural que sostiene la desigualdad. En su último libro La raíz del poder (Espasa) propone mirar a los orígenes del patriarcado para entender por qué ciertos discursos, actitudes y resistencias siguen vigentes hoy. Charlamos con ella sobre documentación histórica, el peso de los mitos, el silencio de las víctimas, la influencia de los medios y la forma en que cambian —o no— las relaciones entre hombres y mujeres.
Ha decidido ir directamente a la raíz de la desiguadad, al inicio de todo. ¿Por qué?
Porque estamos en un momento en el que hablamos continuamente de feminismo sin que la gente sepa realmente de dónde viene la opresión. Se debaten leyes, cultura, política… pero pocas personas conocen el origen. Cuando me preguntan por libros feministas, esperan que recomiende Teoría King Kong de Despentes o títulos recientes, y yo siempre digo: “No, no, no”. El gran error es entrar al feminismo sin leer a las primeras.
Lees a Olympe de Gouges o La creación del patriarcado de Gerda Lerner y entiendes de verdad cómo comenzó todo. Esos sí son libros feministas esenciales.
¿Cómo ha sido el proceso de documentación?
Un infierno. “Si yo me llamara ‘Paco Pérez’, habría soltado palabrería sin una sola referencia y me lo hubieran comprado igual”. Pero sé que los ‘Paco Pérez’ van a mirar el libro con lupa para decir que me invento todo. He tenido frases para las que he tenido que consultar cuatro o cinco documentos, porque un verbo cambia completamente el sentido. Lo he podido hacer porque soy profesora y académica. Era fundamental para callar a quienes dicen que el feminismo crea teorías de la nada. No: llevamos siglos de lucha fundamentada, y la arqueología, que también recojo en el libro, confirma el origen de la desigualdad.

¿Se ha llevado muchas sorpresas? ¿Qué le removió más a nivel personal?
Lo que más me remueve es comprobar cómo no ha cambiado la estructura. Eso sí que me pone el vello de punta. En cada capítulo hago un recorrido histórico y luego incluyo un apartado que llamo “Las raíces crecieron”, donde reviso cómo esas desigualdades se mantienen hoy. Y ahí es donde sientes rabia, indignación y susto, porque ves que todo permanece. Y permanece porque hay interés en que permanezca.
Una de sus tesis en el libro es que el poder se construyó con género desde el principio. ¿Cuándo empieza esa desigualdad?
Cuando se crean los primeros estados modernos y los linajes basados en apellidos. Para garantizar la herencia, había que garantizar la descendencia. Y ahí la mujer pasa a ser una propiedad más. La mujer que no contribuía a la descendencia era marginada y estigmatizada. Empieza también la violencia: la mujer que no obedecía podía recibir violencia legitimada por textos legislativos, y sus torturas se exhibían para aleccionar a las demás. Ahí comienza todo: en la explotación de la capacidad sexual y reproductiva de las mujeres.
¿Cree que algo de ese castigo se mantiene hoy cuando una mujer rompe el silencio?
Claro. En los casos recientes y en el de Antonia Dell’Atte —que llevaba años hablando y nadie la escuchaba— se ve que hay algo común desde hace milenios: la culpa. El patriarcado nos ha inoculado la culpa desde siempre, y va acompañada del miedo a romper el silencio. Es el mayor tabú.
Cada año unas 500 mujeres acuden a los juzgados para denunciar. Por eso, cuando alguien habla de denuncias falsas, habría que colocarlo delante de un juzgado o llevarlo a un centro de recuperación de mujeres para que escuchen lo que ellas han vivido, los traumas, el tiempo que tarda una mujer en recuperarse.
¿Qué mito histórico le parece más dañino para entender la desigualdad actual?
El de la buena y la mala mujer. El de la mujer decente y la mujer sospechosa. Ese binomio nace en esas primeras sociedades y sigue incrustado en todas las instituciones. Si eres víctima, tienes que encajar en un patrón: callada, llorosa, “perfecta”. Si no lo haces, se duda de ti. Antonia Dell’Atte no encajaba en ese patrón; Elisa Mouliaá tampoco. Ese mito sigue vivo.
En el debate público avanza el negacionismo. ¿Qué está fallando para que prospere?
Que hemos normalizado demasiado. En este país hemos visto partidos presentarse con la derogación de la Ley de violencia de género y del aborto, y se ha tratado como un debate legítimo.
Hemos avanzado muchísimo, pero cuando las mujeres avanzan siempre llega una reacción patriarcal proporcional. La estamos viviendo. Y estamos retrocediendo sin darnos cuenta. Para cambiar leyes o educación primero hay que ganar la batalla cultural. Y esa batalla la está ganando el discurso reaccionario. Eso pone vidas en riesgo.
¿Qué papel juegan los medios de comunicación en perpetuar o desmontar estas estructuras de poder?
Un papel decisivo. Durante años, los medios han marginado este tema o lo han tratado de forma superficial. Hemos visto tertulias llenas de “expertos de nada” opinando sobre feminismo y violencia machista. Y cuando las feministas hemos entrado en esos espacios, muchas veces se nos ha tratado con desdén, con paternalismo y con condescendencia, como si fuéramos activistas y no profesionales.

Además, algunos medios han convertido el feminismo en espectáculo. Han hecho negocio sentando a feministas frente a personas colocadas ahí para ridiculizarnos, atacarnos o generar bochorno público. Eso no es debate: eso crea machistas. Ese daño ya está hecho.
¿Le ha pasado factura ser una mujer que da la cara en temas de violencia?
Sí. Me pasa, me ha pasado y me seguirá pasando. He cancelado actos por miedo. He sufrido agresiones físicas, no solo digitales: una vez un hombre vino a pegarme en la Feria del Libro y nadie dijo nada. No salieron asociaciones de prensa ni compañeras a defenderme.
He visto cómo me vetaban en espacios donde llevaba años trabajando porque “mi discurso resultaba incómodo”. He sufrido desprecios incluso de mujeres que consideraba aliadas. Eso ha afectado a mi salud física, emocional, a todo. Sigo porque tengo un compromiso, pero hay días en los que te dan ganas de tirar la toalla.
¿Conoce muchos hombres feministas?
Depende. Conozco hombres que se posicionan como feministas de cara a la galería. Pero yo no sé qué ocurre en su intimidad. Igual dicen ser feministas y en casa no cuidan, no se responsabilizan, no comparten la carga mental.
El machismo es transversal. He visto medios progresistas que luego me han vetado. Eso te hace reflexionar. Claro que hay hombres que están en contra de la violencia machista, pero el feminismo real se mide en lo cotidiano. Ahí es donde hay que mirar.
Cada vez más mujeres abrazan la soltería. ¿Qué está ocurriendo?
Creo que las mujeres hemos adquirido herramientas para identificar el desgaste emocional. Cuando en una pareja las tareas domésticas no son 50–50, los cuidados no son 50–50, la carga mental recae en una sola persona o la relación implica desgaste continuo, muchas dicen: “Para esto, prefiero estar sola”.
Y hay que decirlo claro: estar soltera no es estar sola. Yo tuve un modelo muy sano: mi madre casada y mi tía soltera, ambas diciéndome: “Trabaja para no depender de nadie”. Eso me enseñó que la soltería puede ser una opción de libertad.
Creo que muchas mujeres lo entienden ahora igual. Ellas han cambiado; ellos, no tanto. Por eso algunos hombres hablan de esa “epidemia de la soledad” como si fuera una tragedia. Para ellos es drama; para nosotras, elección.

Si pudiera rediseñar desde cero la enseñanza de la historia en secundaria, ¿qué incluiría para entender la desigualdad?
Hablar desde el Paleolítico y el Neolítico de que ahí empiezan las primeras desigualdades. Y después introducir una mirada transversal en cada época. No basta con añadir nombres de mujeres: hay que explicar qué papel tuvieron.
En la Revolución Francesa las mujeres se jugaron el tipo, pero a mí no me hablaron de Olympe de Gouges hasta la universidad. Lo mismo con la religión: hice catequesis y nunca me hablaron de María Magdalena, que era cultísima y enseñaba a leer a otras mujeres. Las niñas necesitan verse en la historia.
¿Hay algo que le gustaría añadir que no le haya preguntado?
Que seamos conscientes de lo que nos jugamos. Si la ultraderecha consigue una vicepresidencia, ¿qué pasa con las mujeres? ¿Qué pasa si reclaman Justicia o influyen en el Consejo General del Poder Judicial?
Hoy estamos contentas porque Teresa Peramato va a ser Fiscal General del Estado. Pero ¿y si mañana cambian los nombramientos? ¿Y si vacían de presupuesto la ley de violencia de género? No hace falta derogarla: basta dejarla sin fondos.
Seguimos sin escuchar a las víctimas. Las dejamos hablar solo el 25N o el 8M, pero casi cada día hay denuncias. Si no creamos conciencia, votaremos a quien nos venda un mundo idealizado y falso. Y entonces generaremos generaciones de mujeres y hombres infelices. Porque ser víctima destruye, pero ser agresor también destruye.
Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.


