La violencia que no deja marcas

No toda la violencia es física. Charlamos con María e Isabel, víctimas de violencia psicológica y económica, sobre el impacto de estos tipos de maltrato

La violencia que no deja marcas
KiloyCuarto

Entre la multitud de formas de ejercer violencia contra las mujeres, algunas de las más devastadoras son también las menos visibles. Más allá de los golpes y las agresiones físicas, existe un entramado silencioso de daños que se infiltran en la vida cotidiana y que, por su sutileza o normalización social, pasan inadvertidos incluso, a veces, para las propias víctimas.

Existen distintos tipos de violencia

 Violencia psicológica
Manipulación emocional, humillaciones, amenazas, control de amistades, rutinas, gaslighting y cualquier acción destinada a desgastar y minar la autoestima. Es una violencia que se cuela en lo íntimo y rompe desde dentro.

Las violencias que no dejan marcas son igual de devastadoras que las agresiones físicas
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Violencia económica
Control del dinero, prohibición de trabajar, endeudamiento forzado o la exigencia constante de justificar gastos. Administrar unilateralmente los recursos del hogar no solo limita la autonomía, también encadena proyectos, apaga oportunidades y condiciona decisiones importantes.

Violencia institucional
Falta de respuesta adecuada de organismos públicos. Se manifiesta cuando las instituciones fallan en su deber de proteger; cuando se obstaculiza el acceso a recursos, se minimizan denuncias, se ejerce el trato discriminatorio, se revictimiza a las mujeres en procesos legales o sanitarios.

Violencia patrimonial
La destrucción o apropiación de bienes personales, documentos, propiedades o patrimonio compartido es otra forma de castigo y control, una estrategia para aumentar la dependencia y dificultar cualquier intento de huida.

Violencia reproductiva
Presiones para quedar embarazada o para no hacerlo, impedir el acceso a métodos anticonceptivos o controlar las decisiones sobre el propio cuerpo. Un control que invade lo más íntimo: la libertad de decidir sobre la vida que se quiere o no traer al mundo.

Estas formas de agresión, a menudo normalizadas o difíciles de identificar y demasiado fáciles de justificar socialmente, operan en la sombra; pero sus efectos son profundos, duraderos y dejan cicatrices que atraviesan generaciones. Visibilizarlas es el primer paso para comprender su alcance y combatirlas.

Las secuelas del maltrato psicológico

María (nombre ficticio para proteger su identidad) lleva años librando una batalla en solitario para proteger a su hija. Ha presentado denuncias, ha consultado a abogados, ha tocado puerta tras puerta buscando amparo. Pero asegura que jamás se ha sentido escuchada ni protegida por el sistema. La violencia que ha sufrido —física y psicológica — se ha colado en cada rincón de su vida.

“Mi hija creció entre miedo, silencio y manipulación. Ha llegado a sentir rabia hacia mí, a pesar de que yo solo intentaba cuidarla. Hoy sé que no me odiaba a mí, sino al dolor que vivíamos. El terror que sentía incluso antes de nacer”.

Las secuelas del maltrato psicológico pueden ser peores que los de la violencia física
KiloyCuarto

La violencia repetida y sostenida ha dejado marcas visibles en el comportamiento de la menor. No solo se heredan los golpes: también el miedo. “Lo que vivimos deja huellas profundas. Los hijos que crecen en violencia vicaria desarrollan mecanismos de defensa, construyen corazas emocionales y a veces proyectan su frustración hacia quien más los ama”, explica María.

La resistencia contra la asfixia económica

Isabel (nombre ficticio) también ha decidido poner freno. Acaba de denunciar por violencia económica y patrimonial. Su exmarido —años después de divorciarse— continúa haciéndole la vida imposible. Utiliza todo lo que puede para mantener un control que se niega a soltar.

Al principio, cuenta, la violencia fue tan sutil que casi parecía lógica. Ella era ejecutiva en una empresa; él, militar. Cada dos años se mudaban por los destinos de él, y eso les obligó a tomar una decisión: si querían formar una familia, ella debía dejar de trabajar para poder hacerse cargo. Sobre el papel sonaba a acuerdo, pero en la práctica fue casi una imposición, una renuncia impuesta en nombre de la familia. Isabel aceptó, convencida de que era lo mejor.

Durante dieciséis años vivieron casados en régimen de gananciales. Casi dos décadas sin ingresos propios, sin independencia económica, sin una red que la sostuviera. Todo —cuentas, propiedades, decisiones— estaba a nombre de él.

Cuando llegó la petición de divorcio, empezó la verdadera pesadilla. “Me dio de baja mis tarjetas, todas las que estaban a mi nombre, retiró todos los fondos de todas las cuentas, devolvía los recibos de la luz y el agua; llegaron a dejarnos sin luz”, asegura.

Dejó de pagar los recibos, la hipoteca y la pensión

El corte de suministros no era un descuido: era un mensaje. Un recordatorio del poder que él creía seguir teniendo sobre ella. Su exmarido también dejó de pagar pensiones de forma intermitente, dio de baja su vehículo en Tráfico, dejó de pagar la hipoteca de la vivienda familiar, devuelve los recibos del IBI, de los seguros, de los médicos. La estrategia era clara: asfixiarla poco a poco, recordarle que, aunque estuvieran separados, él seguía teniendo en sus manos las llaves de su estabilidad y la de sus hijas.

La violencia económica y patrimonial no se limita a controlar el presente, sino también a condicionar el futuro. Isabel intentó vender la casa común, hubo varios intentos de compra por un valor ampliamente superior al que pedían. “Él se ha negado constantemente a todas las ofertas. De hecho, desde hace dos años y medio, ha dejado de pagar una hipoteca que ha llegado a ser de 1.500 euros al mes, con el único objetivo de que embarguen la casa y a mí, mis bienes, puesto que yo tengo puestos mis bienes privados como garantía para esa hipoteca”.

Sin trabajo, sin casa y sin las niñas

No permite vender la vivienda. No permite que Isabel recupere su coche, tampoco permite que sus hijas se trasladen con ella a otro municipio para que ella pueda trabajar: “Me salieron ofertas de trabajo fuera del municipio y me dijo que, si me iba, me impediría que las niñas salieran conmigo. Me denunció y dieron orden directa de que volviera. Así que tuve que perder el trabajo, a pesar de que yo garantizara que las iba a traer cada fin de semana o cuando hiciese falta”. El empleo estaba apenas a una hora de su lugar de residencia actual.

El poder de poner nombre a la violencia

Ambas historias, distintas pero paralelas, evidencian que la violencia contra las mujeres no siempre deja moratones: a veces deja deudas, silencios, miedos heredados, sueños rotos y vidas que se rehacen a costa de una fuerza que nadie debería verse obligada a demostrar.

Sin embargo, también muestran que cada palabra dicha, cada límite puesto y cada denuncia presentada es una grieta en ese muro de impunidad.

María que sigue luchando por sanar y proteger a su hija, recuerda: “Sanar empieza por nombrar la verdad, para que nadie más tenga que vivir el miedo en silencio, para que se reconozca la violencia vicaria y para que los hijos puedan crecer libres de trauma”.

Y quizá ahí, en ese acto de nombrar lo vivido, comienza también el cambio.

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