Alauda Ruiz de Azúa es la directora de las entrañas. La realizadora vasca mete la cámara hasta las entrañas del querer, del parir, del sentir. Su mirada no se detiene en la superficie de los conflictos ni en los discursos preestablecidos sobre la maternidad, el amor o la pareja, sino que desciende un nivel más, hacia aquello que late bajo la piel: las dudas, los silencios, las contradicciones, los vínculos que sostienen o asfixian. En Cinco lobitos ya mostró que la maternidad no es solo ternura y luz, sino también soledad, cansancio y desencuentros que transforman la forma de querernos. En Querer, va todavía más lejos y explora ese lugar incómodo donde el amor se confunde con el sometimiento, donde el “cariño” malentendido se convierte en violencia y en herida.

Lo que une ambas obras es precisamente su capacidad para interrogar lo íntimo sin solemnidades ni artificios. Alauda no impone moralejas ni dicta veredictos: abre espacios de incomodidad y de empatía donde el espectador se ve obligado a preguntarse cómo ama, cómo cuida, cómo ejerce sus roles dentro de la familia o la pareja. Y lo hace desde una sensibilidad que no juzga, sino que ilumina lo que suele permanecer oculto en las dinámicas afectivas.
De ahí que pueda hablarse de una directora de las entrañas: porque no teme asomarse a lo visceral, a lo que desgarra y al mismo tiempo sostiene. Alauda Ruiz de Azúa filma lo que se quiebra y lo que se recompone en nuestras vidas más íntimas, y lo traduce en imágenes que son a la vez espejo y herida. Su cine y su televisión nos recuerdan que la familia, la maternidad o el amor no son conceptos ideales, sino territorios conflictivos donde, precisamente, aprendemos a vivir.

Querer, las entrañas del (mal) amor
Con Querer, Alauda Ruiz de Azúa da un paso valiente más allá de la maternidad íntima de Cinco lobitos, adentrándose en la herida silenciosa que puede corroer un matrimonio desde dentro. La miniserie, escrita junto a Eduard Solà y Júlia de Paz, retrata con sensibilidad la historia de Miren, quien, tras 30 años de matrimonio, decide abandonar el hogar y denunciar a su esposo por violación continuada. No se trata solo de un conflicto legal, sino de una zona oscura donde se entremezclan dolor, culpa, silencio y la búsqueda de la verdad. La narración no plantea juicios simplistas, sino que invita a preguntar, a sentir, a ponerse en el lugar de quienes viven, muchas veces en soledad, el peso del (mal) amor más cotidiano.
A través de sus cuatro episodios intensos, Querer revela cómo muchas relaciones aparentemente “normalizadas” pueden encerrar dinámicas de control emocional tan profundas que pasan desapercibidas: ¿hasta dónde podemos confundir cariño con sometimiento? ¿Puede una violencia sistemática estar oculta en lo cotidiano? La serie rompe la fachada de lo familiar y nos confronta con la pregunta: “¿Yo habría visto algo raro, habría querido ver algo más?”. Y lo hace sin aspavientos, desde la realidad gris que duele y exige reflexión.

El impacto de Querer no se limita al reconocimiento crítico (Premios Forqué a mejor serie de ficción, mejor interpretación femenina y masculina; Feroz a mejor drama, guion y actriz protagonista), sino que resuena en algo más profundo: la serie da voz a Miren y a tantas mujeres anónimas, activando el debate sobre el consentimiento, la masculinidad y las heridas invisibles del amor mal entendido. Esta ficción es una llamada a despertar, a acompañar y a transformar nuestra mirada hacia lo íntimo; es un paso valiente hacia una forma de contar que no aparta la mirada donde más duele.
El alma mater de Querer lo encarna la actriz guipuzcoana Nagore Aranburu, que da vida a Miren con una hondura desgarradora. Su trabajo es un ejercicio de contención y verdad: apenas un gesto, una mirada desviada o un silencio cargado bastan para transmitir el vértigo de una mujer que se atreve a nombrar lo innombrable después de tres décadas de matrimonio. Asimismo, el reparto que encarna a los hijos aporta un contrapunto generacional imprescindible: Miguel Bernardeu e Iván Pellicer. El personaje de Jon, interpretado por Pellicer, con una mezcla de fragilidad y desconcierto, se convierte en un reflejo de muchos hijos que, al descubrir la verdad, sienten que la tierra tiembla bajo sus pies. Su personaje encarna ese tránsito entre la incredulidad y la necesidad de reconstruir la confianza en su madre, en sí mismo y en lo que significa querer.
Cinco Lobitos, las entrañas de la maternidad
El debut de Alauda Ruiz de Azúa con Cinco lobitos no solo marcó un hito personal, sino que también abrió una conversación cinematográfica sobre la maternidad y los vínculos familiares que pocas veces se aborda con tanta autenticidad. Su primera película, concebida desde la experiencia íntima de su propio primer año como madre, logra trascender lo autobiográfico para convertirse en un espejo colectivo: ahí donde cada espectador encuentra retazos de su vida, de su relación con sus padres, de los roles heredados y de las grietas que deja el paso del tiempo.

La importancia de Cinco lobitos reside también en su manera de situarse dentro de una corriente renovadora del cine español, junto a títulos como Alcarràs (Carla Simón) o As Bestas (Rodrigo Sorogoyen). Todas ellas regresan al territorio de la familia, al paisaje de lo rural y lo íntimo, para ofrecer un retrato de nuestra sociedad en un momento de cambios acelerados. Pero Ruiz de Azúa se distingue por su mirada delicada, capaz de convertir una historia aparentemente cotidiana en una exploración universal de lo que significa cuidar y ser cuidado.