Támara Echegoyen (Orense, 1984) ha vivido casi siempre pegada al mar a pesar de haber nacido en la única provincia gallega sin costa. Medalla de oro olímpica en vela en Londres 2012, tricampeona de mundo y, además, abanderada española en los últimos Juegos Olímpicos de París. Acaba de llegar a Santander, la ciudad donde reside desde hace años, después de haber formado parte del primer equipo compuesto exclusivamente por mujeres en dar la vuelta al mundo en barco sin asistencias ni escalas.
Vd. nace en la única provincia gallega que no da al mar y resulta que es tricampeona del mundo de vela y oro olímpico. Curioso, ¿no?
Sí, la verdad es que siempre digo que soy como el Alinghi, el barco que ganó la Copa América en 2003-2007 siendo de un país sin mar como Suiza.
Entonces, ¿cómo surgió su afición por del deporte de la vela?
La verdad es que soy orensana de nacimiento porque mi abuelo era ginecólogo y tenía una clínica allí, así que se puede decir que nací en la clínica de la familia. Luego mis padres vivieron toda la vida cerca de la costa, la mayor parte en Pontevedra al lado del mar.
¿Y quién le animó a subirse a un barco por primera vez?
Pues mi padre, que le encantaba mucho la vela. No digo que le gustara de una manera profesional, sino amateur y solo para disfrutar. De pequeña también practiqué muchísimos otros deportes y al único que me quedé enganchada fue a la vela. Así que se puede decir que desde los cinco años no me he vuelto a bajar de un barco.
Haber subido a lo más alto del pódium en Londres 2012 fue un mérito añadido para ser la abanderada en los últimos Juegos Olímpicos de París. ¡Menuda forma de decir adiós a la vela!
Fue un regalo a mi trayectoria olímpica justo en el momento de mi retirada y de participar en mis últimos Juegos Olímpicos. Fue una pena que en París no pudiera rendir al máximo como lo había hecho en otras ocasiones, pero ser la abandera con toda la expedición española siguiéndome fue un honor y lo disfruté mucho.

¿No se habrá arrepentido ahora?
¡Para nada! Hay momentos de cerrar etapas para abrir otras y eso fue para mí París 2024. Era una decisión que ya había tomado hace tiempo. No voy a decir que dejar la vela olímpica de un día para otro es fácil, porque no lo es. Es algo que resulta costoso y que necesitas tiempo para asimilarlo. Lo bueno es que tengo la suerte de que mi deporte me permite ser longevo en otros aspectos profesionales y, sobre todo, disfrutarlo como lo estoy haciendo ahora.
Acaba de terminar la vuelta al mundo barco sin escalas ni asistencias a bordo de The Famous Project siendo parte de la primera tripulación exclusivamente femenina en conseguirlo. ¿Por qué solo mujeres?
Estamos hablando de un proyecto creado por Alexia Barrier que también lleva a cabo en otros barcos completamente femeninos con el objetivo de que el equipo que lidera cree oportunidades a las mujeres en el mundo profesional y que, al mismo tiempo, adquieran la experiencia necesaria para navegar alrededor del mundo. Por eso, al margen del resultado deportivo, se buscaba crear oportunidades, y no solo a deportistas con mi curriculum, porque lo que no deseaba era dejar al margen a chicas jóvenes que quisieran adquirir esa experiencia. Ese era el sueño por el que tanto luchó.
¿Se lo pensó mucho antes de dar el sí?
No fue una decisión de un día para otro. Cuando empecé a descubrir en qué consistía el proyecto, la verdad es que me llamó la atención como reto personal. Lo que pasa es que antes de tomar parte en una competición tan exigente como es dar una vuelta al mundo si asistencias ni escalas tienes que hacer antes un check in para comprobar si estás muy segura de ti misma y del equipo con el que vas. Además, hay que valorar otras muchas cosas porque también es muy importante sentirte cómoda.
Otra expedición femenina ya intentó sin mucho éxito la hazaña que The Famous Project ha conseguido ahora. ¿No le dio algo de vértigo esos precedentes?
No, al revés. Fue una extramotivación. Es muy triste que tuviéramos que esperar 25 años para que otro equipo femenino se decidiese a hacerlo. Para mí, lo importante no es ser las primeras en conseguir este tipo de retos, sino no ser las últimas y que cada vez haya más. Recuerdo que cuando estábamos pasando por Nueva Zelanda, en la misma zona que a ellas se les cayó el palo, tuve la sensación de que teníamos que continuar y de que nuestro proyecto no podía acabar ahí.

El barco salió de Brest el 29 de noviembre. ¿Hay alguna razón especial de que fuera vuestro punto de partida?
Sí, claro. Todos los desafíos de velocidad parten de una línea imaginaria entre el faro de Créac’h [Bretaña francesa] y el de Lizard [Reino Unido] que se cruza primero de este a oeste y para terminar de oeste a este.
¿El objetivo era bajar de las 40 horas?
Ese es el récord de velocidad y nosotras sabíamos que era imposible conseguirlo porque no teníamos las condiciones para hacerlo. Es cierto que en nuestras cabezas estaba hacer un mejor resultado, El problema es que no pensábamos que íbamos a tener tantas roturas que nos hicieron perder tanto tiempo. También digo que cuando terminamos la regata me di cuenta de que se había conseguido algo más que un resultado deportivo y me sentí muy orgullosa de haber luchado tanto para llegar a meta.
Dos meses en alta mar en un espacio tan reducido resultará estresante.
La realidad es que tienes que ir preparada para ello. Al final trabajas siempre con las mismas rutinas que la gente sabe respetar si se lleva un orden. La tensión es inevitable cuando hay roturas y estás estresada. Eso hay que asumirlo como algo normal que se puede solucionar con empatía. Está claro que en espacios tan reducidos los ambientes son difíciles de gestionar emocionalmente por la falta de intimidad o por el cansancio acumulado, por eso es tan importante la empatía e ir tirando para adelante
¿Conocía de antes a las otras siete mujeres que le acompañaron en la vuelta al mundo?
A Annemieke Bes sí porque fue una de mis adversarias en la Match Races y a Dee Caffari también porque fue la patrona de otro barco en la Ocean Race en 2018. Al resto las conocí cuando llegué al equipo.

Nada más salir de Brest las condiciones del mar eran extremas con temporales invernales, olas de más de ocho metros y vientos superiores a 50 nudos, ¿No se está mejor en casa?
Pues la llegada fue mucho más complicada. A la salida dejamos pasar un frente y quedaron unas olas muy grandes, así que durante el primer día y medio de regata fuimos un poco más conservadoras para que no se rompiera nada siendo conscientes de que íbamos a perder un poco de tiempo
Ya cerca del cabo de Buena Esperanza [Suráfrica] más problemas al atascarse el gancho de la vela mayor. ¿Eso qué significa para la gente de tierra?
Cuando navegamos llevamos una vela mayor que tiene unas máximas dimensiones en función de las condiciones del viento. Si, de repente, nos encontramos con vientos de 50 nudos la hacemos más pequeña. Lo que se atascó es el mecanismo que nos ayuda a cambiar las dimensiones de la vela mayor, y si para hacerlo se suele tardar quince minutos, si se atasca puede llevarnos una o dos horas; así que muchas veces no hacíamos el cambio porque el tiempo que nos iba a llevar era mayor que la ganancia que íbamos a tener.
Luego se enganchó red de pesca y tuvieron que reducir la velocidad del barco de 30 a cinco nudos.
Y además dañó al foil, que lo rompió, lo que hizo que no pudiéramos navegar a babor con el foil, que es una parte del barco que da más velocidad.
¿Se pueden arreglar ese tipo de cosas sobre la marcha?
Se intentó, y de hecho pudimos disfrutar de este foil durante mucho tiempo. Lo que ocurre es que después de haber navegado tres días, al poco de atravesar el cabo de Hornos y yendo a más de 35 nudos, vimos que estaba destrozado cuando lo fuimos a subir.
En el océano Índico la cosa ya se tranquilizó un poco…
Había olas grandes y, aún así, navegamos muy rápido. Ese tramo se hizo bastante corto y eso fue porque pudimos aprovechar una borrasca para navegar con ella casi hasta Australia. Aunque era nuestra primera intención, no bajamos mucho hacia el sur por el problema con la vela mayor y por eso siempre tuvimos algo de calor.
¿Y en el Pacifico?
Es un océano más frio, y cuando el viento viene del suroeste, lo hace con muchos chubascos lo que dificulta la conducción del barco. Y es que cada vez que viene una tormenta hay que capearla y hacer muchos cambios de dirección y de vela con olas que se hacen más grandes
¿No habrán tenido miedo en convertirse en unas Robinson Crusoe?
No (risas). Te acostumbras a todo y el cerebro es muy inteligente porque durante el viaje siempre procuras estar dentro de la dinámica y centrarte en lo que tienes que hacer; así que te despreocupas de otras cosas.
¿Se puede dormir algo con todo ese trajín?
El cansancio ayuda mucho a conciliar el sueño, lo que pasa es que hay momentos en los que es muy complicado dormir porque el barco rebota como una batidora y hay muchos ruidos.
¿Tampoco se marea?
Soy propensa a marearme, aunque también hay gente que no se marea nunca. Lo que sí es cierto es que a partir del séptimo u octavo día el cuerpo se acostumbra a todo.
Atravesar el cabo de Hornos sí que entraña muchos riesgos.
Sí. Ese punto es muy estrecho porque tienes a un lado el cabo y al otro el hielo. Eso lo convierte en una especie de embudo por el que tienes que pasar por en medio, y en función de si llegas o no con mucho viento y del oleaje, la travesía se puede hacer más complicada.
Comentaba que lo más dificultoso del viaje fue la llegada. ¿Qué les ocurrió?
El momento más complicado fue cuando estábamos en las Azores y se nos rompió completamente la vela mayor. Tuvimos que meternos en el centro de la borrasca [Ingrid] porque eran las únicas condiciones que teníamos que aprovechar de cara a tener opciones de llegar al final. Fue agónico estar tan cerca de la línea imaginaria de meta y no tener velas para hacerlo.
Pues vaya ganas de meterse en el centro de una borrasca…
Es que no teníamos otra opción al haberse roto la vela mayor. Tuvimos que esperar a que pasaran las olas de ocho y diez metros para poder navegar con olas más pequeñas. No tenía sentido asumir más riesgos. Al perder la vela mayor no podíamos esperar. Si la borrasca pasaba, los siguientes vientos venían de proa y no habríamos podido avanzar y hubiéramos tardado diez días más en completar la vuelta al mundo
¿Ya compensa todo este sufrimiento durante 57 días, 21 horas y 20 minutos?
Sí, sobre todo cuando cruzas la línea de llegada.
