En el ojo del huracán

La monarquía en la era #MeToo: el caso del hijo de Mette-Marit lo cambia todo

El caso de Marius Borg pone a prueba la transparencia de la monarquía noruega y la confianza pública en la justicia

Fotografía: Kiloycuarto

El caso que rodea a Marius Borg se ha convertido en algo más que un expediente penal; es un episodio donde se cruzan, a plena luz, las nuevas reglas de la vida pública. En un país que suele presumir de instituciones estables, la mezcla de una figura vinculada al entorno de la realeza, acusaciones graves y una cobertura internacional intensa hace que el asunto funcione como un termómetro social. No solo mide qué decide un tribunal, sino qué tolera, o no, una ciudadanía que ya no acepta con facilidad el “esto pertenece a lo privado”.

El juicio como termómetro de una nueva vida pública

A estas alturas, el contexto importa casi tanto como el sumario. El juicio se ha abierto en Oslo este martes 3 de febrero, con decenas de cargos (la cifra que repiten varias fuentes es 38) y una combinación de delitos que, por su naturaleza, activan sensibilidades contemporáneas: agresiones en relaciones cercanas, delitos sexuales, amenazas y otros hechos asociados. En el arranque, Høiby se ha declarado no culpable de los cargos más graves, incluidos varios de violación, y, a la vez, ha admitido culpabilidad en algunos delitos menores y de forma parcial en otros. Esa mezcla (negar lo nuclear, reconocer lo periférico) es jurídicamente posible y mediáticamente explosiva, porque alimenta dos relatos simultáneos: el de “caso con matices” y el de “escándalo inevitable”.

Es importante recordar por qué la historia adquiere una capa institucional incluso si el acusado no tiene un rol oficial. Høiby es hijo de Mette-Marit y hijastro de Haakon; no ostenta título real ni está en la línea de sucesión, pero su proximidad al núcleo simbólico de la monarquía hace que el público lea el proceso como una prueba de credibilidad del sistema. Lo que antes podría haberse encapsulado como un “drama familiar” hoy se entiende como un asunto de rendición de cuentas. No porque el Estado de derecho deba convertirse en un plebiscito emocional, sino porque el contrato social implícito con las élites, también las simbólicas, se ha endurecido: menos indulgencia, menos opacidad, menos distancia.

Noruega
La princesa Mette-Marit y su marido, el príncipe heredero Haakon
Efe

Transparencia, derechos y espectáculo: la fricción que define el caso

Esa exigencia, sin embargo, convive con una tensión real. La ciudadanía quiere transparencia, pero el proceso judicial necesita límites; el público reclama empatía hacia posibles víctimas, pero el acusado tiene derechos; se pide información, pero la exposición puede convertirse en revictimización. En esa fricción se juega buena parte del sentido de este caso. No es casual que el propio Ministerio Fiscal haya subrayado públicamente que el vínculo con la familia real no debe implicar trato de favor. Cuando una fiscalía se ve obligada a decirlo en voz alta, está reconociendo el clima de sospecha de nuestra época: ya no basta con ser imparcial, hay que parecerlo, y demostrarlo, en un escaparate global.

La monarquía, por su parte, se mueve en una cuerda floja. Su reflejo tradicional ante situaciones incómodas es la contención: no alimentar el foco, proteger la intimidad, dejar que las instituciones funcionen. Pero en 2026 la contención se interpreta con facilidad como cálculo o silencio estratégico. Lo paradójico es que la discreción, que antes se veía como prudencia, hoy puede leerse como privilegio: “si fuera cualquiera, habría una explicación”. Y eso erosiona algo esencial para una casa real moderna: la idea de que su legitimidad es moral y simbólica, no política. El mensaje que muchos esperan no es una sentencia anticipada, sino una toma de posición nítida sobre principios: respeto al proceso, cero tolerancia con la violencia, protección de la dignidad de quien denuncia, cooperación sin atajos. Si ese equilibrio no se comunica bien, el vacío lo ocupan otros.

Mette-Marit
Así ha afectado el caso Epstein a la popularidad de Mette-Marit
KiloyCuarto

Ahí entran los medios como actor central, no solo como mensajeros. Este caso “vende” por definición: sexo, poder, celebridad, violencia, posible abuso, y un entorno institucional que siempre atrae morbo. El problema es que la lógica del clic tiende a empujar el relato hacia lo narrativo (personajes, giros, culpables claros) justo cuando la justicia funciona al revés: con tiempos largos, dudas legítimas y estándares probatorios exigentes. La tentación de convertir el juicio en una serie (con episodios diarios, filtraciones, detalles íntimos y “momentos”) no es un accidente; es un modelo de negocio. Y, sin embargo, cuanto más alto es el interés público, más estricta debería ser la ética informativa, porque el daño potencial crece: para el derecho a un juicio justo y para la intimidad de personas que podrían ser víctimas.

En ese sentido, Noruega suele citarse como un país con tradición de autorregulación periodística y cautela en coberturas de crimen y víctimas. Ese marco ético cobra especial relevancia aquí: si el proceso se narra como entretenimiento, se pierde lo esencial (la prueba) y se gana lo más tóxico (la humillación pública como espectáculo). Además, en la era de redes, el “juicio paralelo” ya no es una metáfora. Cada audiencia genera su propio veredicto por adelantado y presiona a periodistas, juristas e instituciones. La defensa incluso ha sostenido que su cliente está siendo “juzgado” mediáticamente, un argumento que, al margen de su eficacia legal, describe bien el ambiente en el que se desarrolla el caso.

Nuevas fotografías de Andrés de Inglaterra pertenecientes al archivo Epstein.

El efecto Epstein

En los últimos días, además, el foco se ha ampliado por el “efecto Epstein”. La publicación en Estados Unidos de nueva documentación del caso Jeffrey Epstein ha vuelto a situar a Mette-Marit en el centro de la polémica al conocerse con más detalle su contacto con él durante años (incluidos intercambios de correos y encuentros) pese a que su historial criminal era ya público, y tras lo cual la princesa ha expresado arrepentimiento y ha calificado esa relación de error de juicio. Ese rebrote importa aquí no solo por el escándalo en sí, sino porque alimenta la sensación de “crisis acumulada” alrededor de la institución: cuando dos historias distintas (un juicio penal y una controversia reputacional) coinciden en el calendario, la opinión pública tiende a leerlas como síntomas de un mismo problema -privilegio, opacidad y falta de criterio- aunque jurídicamente no tengan relación directa.

Hay otro elemento que amplifica el ruido y complica el encuadre: la reputación de la institución ya venía con grietas por otras controversias recientes. Varias coberturas están vinculando este juicio con un clima más amplio de escrutinio sobre la casa real, incluidas noticias paralelas que afectan a la princesa heredera y que elevan la sensación de “crisis acumulada”.

Noruega
La princesa Mette-Marit y su marido, el príncipe Haakon
Shutterstock

Esto no determina la culpabilidad de nadie, pero sí influye en la percepción pública: cuando los escándalos se encadenan, la audiencia tiende a dejar de separar “persona” e “institución”. Por eso, incluso si el veredicto final se limita, como debe, a hechos, pruebas y responsabilidades individuales, el impacto social va a ser mayor que el penal.

Este tipo de procesos enseñan cómo han cambiado las reglas no escritas. Hoy se exige coherencia pública a quienes viven cerca del poder simbólico; se vigila el lenguaje, porque el lenguaje construye legitimidad; se sospecha del privilegio, porque la historia está llena de privilegios; y se reclama que la transparencia no sea un eslogan, sino una práctica compatible con la ley y con el respeto a los derechos.