En la guerra no todos pierden. Y ante el estancamiento del conflicto en Oriente Medio, que a raíz de los últimos movimientos diplomáticos dibuja un escenario de “Guerra Fría” estancada en el Estrecho de Ormuz, hay sectores en los bandos enfrentados -y otros actores regionales o económicos- que buscan sacar rédito de la convulsa situación.
En Irán, el régimen de los ayatolás presume de salir vivo del enfrentamiento militar más duro que ha afrontado en toda su existencia. Ni los cazas estadounidenses e israelíes, que pulverizaron infraestructuras energéticas, militares y civiles por todo el país, lograron resquebrajar la unidad interna de un régimen perfectamente engrasado para soportar los golpes, con capacidad automática de encontrar reemplazos a los cabecillas eliminados en los ataques.
Un conflicto prolongado refuerza a la Guardia Revolucionaria, un cuerpo seguridad creado para mantener las esencias del régimen, y que ha adoptado más poder que nunca tras el asesinato del líder supremo Ali Khamenei. En los pasillos de poder predomina la narrativa de “resistencia” a los “satanes” (América e Israel), lo que justifica mayor control interno, represión y postergar una endeble economía de guerra. Así se aleja de paso cualquier petición de reformas por parte de sectores moderados del régimen o de una población civil mayoritariamente hostil al sistema, especialmente tras el asesinato y arresto de miles de protestantes el pasado mes de enero.
En el terreno militar, Teherán salió muy debilitado tras casi seis semanas de bombardeos diarios de sus enemigos, pero en el actual periodo de estancamiento, presume de disponer cartas bajo la manga para seguir sorprendiendo. Se estima que el régimen todavía cuenta con suficientes arsenales de drones y misiles balísticos para reanudar los disparos contra países del Golfo Pérsico e Israel, lo que le permitiría seguir generando una enorme disrupción económica en todo el mundo.

En Washington, los halcones que insisten en reanudar la ofensiva ven como una oportunidad estratégica el escenario actual. Mantener a Teherán contenido -militar, económica y regionalmente- refuerza la justificación de una presencia militar sostenida de EE.UU. en Oriente Medio, tanto en bases como en despliegues navales y sistemas de defensa. Desde 2003 (invasión de Irak), el Pentágono no había mantenido un despliegue militar de tal envergadura en la región.
A nivel interno, una amenaza persistente facilita la aprobación de presupuestos de defensa elevados y la financiación de programas tecnológicos y de armamento, al tiempo que consolida la influencia del complejo militar-industrial. Esta semana, el secretario de defensa estadounidense Pete Hegseth compareció ante una comisión del Congreso, para dar respuestas ante la demanda de aumentar el gasto militar hasta 1,5 billones de dólares en el presupuesto.
En el plano diplomático, la confrontación también sirve para reforzar alianzas regionales -Israel y países árabes moderados- bajo la premisa de confrontar la amenaza que supone Irán para la región. Un conflicto sostenido puede ser utilizado por sectores más duros para rechazar enfoques diplomáticos o acuerdos nucleares. A estas alturas, parece imposible que Washington acepte un acuerdo nuclear similar al firmado por la Administración Obama en 2015, que preveía limitar el enriquecimiento de uranio por parte del régimen iraní a cambio de relajar las sanciones económicas.
A nivel regional, el actual gobierno de Israel, con Benjamin Netanyahu al frente, se beneficia de un conflicto postergado en el tiempo. Mantener frentes de guerra abiertos -la tregua en el Líbano quedó en papel mojado ante los ataques cruzados continuos con Hizbulá-, da margen al premier hebreo para intentar potenciar su popularidad ante los comicios previstos en otoño.

Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, dos de las grandes potencias del mundo árabe suní, fueron blanco de los continuos ataques desde Irán, lo que afectó a sus industrias petroleras y turísticas. No obstante, un escenario de bloqueo que siga ahogando al régimen iraní les beneficia a largo plazo, dado que tras esta guerra no ven con buenos ojos que Teherán mantenga una capacidad militar potente que le permite golpearles en el futuro.
A nivel global, Rusia suele beneficiarse de la distracción estratégica de EE.UU. y de precios energéticos más altos. Además, un conflicto prolongado puede erosionar la cohesión occidental, y hace distraer a la opinión pública de la continua agresión rusa a Ucrania. Para China, todo conflicto que afecte a Washington le permite ganar peso geoestratégico, además de aprovechar descuentos en un petróleo iraní bajo sanciones, aunque le preocupa la viabilidad de las rutas energéticas.
Tal como expuso la articulista Erin Hale en Al Jazeera, el terremoto económico global también beneficia a ciertos sectores. Wall Street gana con más volatilidad y volumen de operaciones; las empresas de defensa se benefician del aumento del gasto militar y de los pedidos de reposición; y la IA recibe impulso porque la guerra acelera la inversión en análisis de datos, automatización y tecnologías militares. Hale también señala que las energías renovables pueden ganar terreno porque la crisis expone la fragilidad de depender del petróleo y empuja a varios gobiernos a diversificar sus fuentes energéticas.
