En Sudán se libra una guerra. Ha provocado la mayor crisis humanitaria del mundo. Ha obligado a millones de personas a huir de los hogares que amaban. Pero solo en las conversaciones íntimas y personales se revela toda la magnitud del horror.
Acabo de regresar de Sudán del Sur, adonde viajé con ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, en mi papel de Embajadora de Buena Voluntad, una responsabilidad que asumo con orgullo desde 2017.

En los alrededores de una localidad llamada Renk, situada en uno de los puntos más septentrionales de la frontera entre Sudán y Sudán del Sur, conocí a supervivientes que cargaban con el peso de historias de una violencia tan extrema que cuesta describirla.
Hay un relato, en particular, que no he podido apartar de mi mente.

Conocí a Halima, una madre de 40 años, y a sus dos hijos, justo después de cruzar la frontera hacia Sudán del Sur. Estaban sentados en el suelo, esperando pacientemente a ser registrados por los trabajadores humanitarios que los recibían. Sus rostros mostraban un equilibrio extraño entre cansancio, aplomo, agotamiento y fortaleza.
Originarios de la capital sudanesa, huyeron después de que su barrio fuera atacado con “bombas desde el cielo” y fuego de artillería pesada. Halima me relataba cómo vio incontables cadáveres a lo largo de su ruta de huida. Los rodeaban la muerte, el caos y la destrucción.

La madre de Halima, ya anciana y enferma, no podía caminar. Ella se agachó para mostrarme cómo la cargó a la espalda, mientras con las manos hacía señas a sus hijos para que corrieran junto a ella. Durante la huida en busca de un lugar seguro, Halima se separó de su marido. No sabe si él logró sobrevivir.
La familia pasó años desplazándose de un lugar a otro dentro de Sudán, buscando un rincón que la guerra no hubiera alcanzado. Finalmente, Halima tomó la difícil decisión de dejar atrás su país para encontrar paz y refugio en Sudán del Sur.

Siento decir que su historia no es excepcional. Muchas familias que llegan a Sudán del Sur se han visto obligadas a desplazarse dos, tres e incluso cuatro veces. En cada ocasión, reúnen lo poco que pueden cargar e intentan volver a empezar. Cada una lleva consigo las cicatrices de la guerra y la pérdida.
La historia de Halima, y la de tantas otras mujeres valientes como ella, me hizo pensar en las madres de todo el mundo. El pánico insondable que te consumiría si las bombas comenzaran a caer sobre tu casa. La lucha desesperada por proteger a tus hijos. La desgarradora decisión de abandonar todo lo que conoces y amas.

En los centros de recepción como aquel donde conocí a Halima, ACNUR y sus socios proporcionan lo que los trabajadores humanitarios llaman asistencia esencial. En realidad, ofrecen una mano tendida: un lugar seguro donde quedarse, agua potable y la atención médica que tantos necesitan con urgencia.
A lo largo de los años, como Embajadora de Buena Voluntad, he conocido a mujeres refugiadas en muchos rincones del mundo. He escuchado historias de pérdida, de supervivencia y de resistencia. Pero la magnitud y la urgencia de lo que presencié en Sudán del Sur fueron diferentes. El trauma es profundo. El desplazamiento es continuo. Las necesidades son enormes.
La ayuda sobre el terreno salva vidas, pero no basta. Los recortes de financiación obligan a tomar decisiones imposibles: quién recibe ayuda y quién debe esperar. Qué niño hambriento será alimentado y cuál se quedará sin comida.

Las mujeres que conocí confiaron en mí para que sus historias llegaran más lejos. Quieren que el mundo sepa lo que está ocurriendo en Sudán. Piden seguridad, dignidad y la oportunidad de criar a sus hijos sin miedo. Necesitan recursos suficientes y un compromiso real de todos nosotros para que sus vidas no estén marcadas por el desplazamiento, sino por la posibilidad de reconstruirlas. Y, por encima de todo, necesitan paz.
