Mudarse al extranjero suele venir acompañada de miedos y muchos tópicos. En el caso de un país musulmán como Turquía, esos prejuicios se multiplican. Sin embargo, la experiencia de Antía, una estudiante gallega de 20 años que vive actualmente en Estambul gracias a una beca Erasmus, desmonta muchas ideas preconcebidas sobre lo que supone ser mujer joven y extranjera en la mayor ciudad del país.
Antía no tenía previsto acabar en Turquía. Su idea inicial era quedarse “más bien por Europa”, con destinos como Alemania sobre la mesa. “Mi madre me decía que me quedara cerca, que Europa mejor”, recuerda. Fue una propuesta casi improvisada la que la llevó a replanteárselo todo. Al final, pesó más el deseo de salir de lo conocido que la comodidad de lo cercano. “Quería irme de Erasmus para practicar inglés, y a Italia no le veía mucho sentido porque el italiano y el español se parecen mucho”.
Una española en Turquía
Antes de llegar, Antía se informó a través de personas cercanas que ya habían estado en la ciudad. El mensaje fue tranquilizador. “Es seguro. Como todas las ciudades hay calles en las que es mejor no ir, pero eso te pasa en Madrid también”, asegura.

El primer choque fue urbano. No tanto cultural como visual. “Me sorprendió muchísimo que una calle fuera súper moderna, limpia, con tiendas, y que a un minuto, en una paralela, fuera totalmente lo opuesto, muy antigua y deteriorada”. No se trataba de un cambio de barrio, sino de apenas unos metros. Esa convivencia constante entre modernidad y decadencia marcaría su percepción de la ciudad.
Con el paso de los meses, la mirada de turista dejó paso a la rutina. Ahí aparecieron las dificultades reales, como el idioma. Antía llegó pensando que el inglés sería suficiente, pero la realidad fue distinta. “El primer día en la universidad pensé: ‘pregunto a cualquiera y me sabrán decir’. No. Pasas a la gente y te dicen: no, inglés no”. En clase, al ser un grado impartido en inglés, la situación mejora, pero fuera del campus la comunicación requiere paciencia y actitud. “Me di cuenta de que cambia mucho cómo te acercas tú. Si sonríes, si eres agradable, todo es diferente”.
Un crisol de culturas en Turquía
Su círculo social tampoco es el que imaginaba. No tiene amigos turcos, sino estudiantes de Yemen, Egipto, Arabia Saudí, Siria o Sudán. Esa convivencia multicultural le abrió una ventana a realidades que hasta entonces le eran ajenas. “Me di cuenta de que en Europa nos centramos mucho en lo que pasa en Europa. Cuando me dijeron ‘soy de Yemen’, tuve que coger un mapa para ubicarme”.

En cuanto a la seguridad, su experiencia como mujer es claramente positiva. “Nunca estuve insegura de nada”, afirma, aunque reconoce que no suele salir de noche. Se mueve sola en transporte público, viste como quiere y no ha vivido situaciones de acoso. “No hubo ningún momento de sentir que me estaban siguiendo o de miedo”. Al contrario, destaca pequeños gestos cotidianos: ceder el asiento, sonrisas, agradecimientos. “Una señora me hizo un corazón con las manos para darme las gracias”.
Lejos de sentirse limitada por el contexto religioso, Antía percibe un trato especialmente respetuoso. “Los hombres son más cuidadosos con las mujeres. Se apartan, te dejan pasar primero, te abren la puerta”. Para ella no es condescendencia, sino conciencia del espacio compartido: “No es que nos vean como débiles, es más un ‘sé que soy grande, no quiero incomodarte’”.

El coste de vida le genera sensaciones encontradas. El alojamiento le resultó caro al principio, sobre todo para extranjeros, aunque luego descubrió que existen vías más económicas que suelen conocer los locales. En cambio, la comida le parece asequible. “El súper es igual o un poco más barato, y los restaurantes son más baratos, salvo que quieras comida internacional”.
No se ve viviendo en Turquía
De Estambul valora, sobre todo, el cambio radical. “Quería un año para cambiarlo todo completamente”. Le entusiasma la ropa, la variedad constante, la sensación de que siempre hay algo nuevo. Lo que menos le gusta es el ruido y la masificación. En cuanto al llamado al rezo: “Hay veces que estás al lado de una mezquita y piensas: ¿podría bajar el volumen, por favor?”.
A largo plazo, no se ve viviendo allí. El idioma, la densidad de población y el ritmo acelerado pesan más que el encanto. “Si quieres una vida tranquila, Estambul no es para ti”. Aun así, no duda en recomendar la experiencia. “Si te gusta viajar, ver cosas nuevas, aquí no te aburres nunca”.
