Crianza

Actividades extraescolares: niños multitarea y padres a la carrera

Los beneficios son innegables, pero a partir de diez horas mensuales puede ser tan perjudicial como no hacer nada. Entonces, ¿dónde encontramos el punto medio?

Después de una jornada escolar, ¿no sería suficiente con merendar y jugar? “Me gustaría que mi niño de seis años practicase salto ecuestre, como su padre. Este año se iniciará en el club con un pony, para que pierda el miedo y, cuando empiece con las clases de equitación, llegará con ventaja”, cuenta ansiosa una madre. No le afearíamos la intención si no fuese porque, antes del club de hípica, el pequeño ha tenido una extraescolar de chino. “El idioma del futuro”, añade orgullosa. Y continúa: “Los miércoles y viernes, judo. ¿Tú sabes cuánto va a ganar en agilidad y confianza en sí mismo?”

Esta mamá, llamémosla Clara, tiene un hijo más, de ocho años, con idénticas actividades y alguna más, por aquello de la edad: violín, chino, equitación y natación. Aprender no está mal, pero ¿estamos respetando los tiempos y ritmos de cada uno? ¿Sabemos si les gusta realmente? ¿Qué ocurre si nos precipitamos en la práctica de un deporte para el que aún ni su mente ni su cuerpo están preparados? ¿Cuántas infancias se han roto por esta presión? Un estudio publicado en Journal of Sports Sciences indica que hasta un 50 % de los niños deportistas talentosos abandonan antes de los 15 o 16 años, principalmente por estrés, sobrecarga de entrenamientos y presión de padres y entrenadores.

En conservatorios y escuelas de música, más de la mitad de los alumnos lo dejan después de años de intensa formación, casi siempre porque no tienen más motivación que cumplir las expectativas de los padres. No todos los niños sometidos a presión se rinden. Michael Jackson, el ajedrecista Bobby Fischer, el golfista Tiger Woods o el propio Mozart fueron genios en sus respectivas disciplinas, pero su vida adulta quedó marcada por la disciplina rigurosa y la ansiedad extrema de algún adulto.

¿Inversión de futuro?

Jugar está sobrevalorado; el aburrimiento, prohibido; y fortalecer vínculos afectivos entre padres e hijos empieza a parecer de otro planeta. Las tardes vuelan entre clases de robótica, fútbol, inglés, piano… “Es una inversión de tiempo y dinero para que dé beneficios en el futuro”, insiste la madre ansiosa en su oficina sin abochornarse cuando un compañero le pregunta si no habrá confundido la maternidad con una startup o si no sería más efectivo que antes de tanta proeza enseñara a sus hijos a atarse los cordones. La mujer no escucha porque está a punto de iniciar su sprint de tareas y cada segundo del reloj es oro.

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La principal barrera que encuentran las familias españolas a la hora de inscribir a sus hijos es la falta de tiempo y el coste, según una encuesta de la OCU. Aun así, el desembolso medio por actividad es de 60 euros al mes, unos 730 euros anuales. De otro estudio promovido por Lingokids se desprende que los idiomas lideran la lista de actividades fuera del horario lectivo (67,8%), seguidos del fútbol (46%) y la natación (45,4%).

¿Las actividades extra mejoran el rendimiento escolar?

Los beneficios son indudables: favorecen la autoestima, aprenden valores como el trabajo en equipo y desarrollan habilidades. En el caso de las disciplinas artísticas, mejoran la atención, la memoria y la concentración. Brindan, además, la oportunidad de descubrir sus talentos. Por otra parte, ayudan a conciliar la jornada laboral de los progenitores. Pero con una o dos actividades, elegidas de forma consensuada con el niño, sería suficiente. De todos modos, no hay reglas exactas, sino sentido común. Será sobrecarga si impide al alumno hacer sus tareas y disfrutar de su tiempo libre o si llega a casa tan fatigado o alterado que incluso le cuesta conciliar el sueño. Jerry Burbrick, psicólogo clínico del Child Mind Institute, considera que, si cualquiera de estas cosas falla, entonces es que es demasiado.

Por otra parte, cualquier aprendizaje pierde el gusto si no hay un equilibrio entre diversión y disciplina. Y así debería plantearse cualquier actividad fuera del aula. Como un juego que permite desarrollar la creatividad, el esfuerzo, el sistema motor o la autonomía. Nunca como algo en lo que los padres proyectan sus deseos.

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Si hablamos de estudiantes de secundaria, un estudio de 2024 realizado por investigadores de la Universidad de Georgia y publicado en Science Direct observó que la sobrecarga afecta negativamente a su salud mental porque les quita tiempo para socializar y descansar. Reveló también que añadir actividades a su agenda no reporta beneficios académicos. “El día tiene un límite de horas y cuantas más dedique el estudiante a las tareas extraescolares, menos tiempo tendrá para otras actividades como descansar, socializar libremente y dormir”, explica Carolina Caetano, una de sus autoras.

Cuántas horas son aconsejables

Añade que estas actividades son valiosas para desenvolverse en la vida y retener los conocimientos. “Si un niño no descansa lo suficiente podría perder algunos de sus avances académicos porque no puede retener lo aprendido, y también podría perder avances emocionales porque no socializa lo suficiente, o porque se estresa. Las habilidades no cognitivas son muy importantes, no solo para la felicidad futura, sino también para el éxito profesional, pero la gente no siempre piensa en ellas porque son difíciles de medir”. El estudio no indica cuál es el número perfecto de horas de actividades extraescolares, pero Caetano dice que los padres deberían evaluar continuamente su bienestar mental, así como el de sus hijos.

Otro trabajo, este en la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universidad de las Islas Baleares con 721 alumnos de primaria, confirma los beneficios descritos, pero advierte que dedicarle más de diez horas a la semana a clases extraescolares incide de forma tan negativa en el rendimiento académico como no realizar ningún tipo de actividad. Teniendo en cuenta los resultados, los autores aconsejan un promedio de cinco o seis horas semanales, combinando, si es posible, una actividad deportiva y recreativa con una cognitiva.

Al final, encontrar el punto sensato exige más un ejercicio de escucha, observación y sentido común que una fórmula exacta. Lo ideal es que el niño explore, aprenda y disfrute dejando tiempo suficiente para jugar e incluso aburrirse.