Auge del catolicismo

Volver a creer: jóvenes católicas frente al vacío de su generación

Seis mujeres menores de 30 años relatan cómo han llegado al catolicismo en un contexto marcado por la incertidumbre, la ansiedad y la sobreexposición emocional, y cómo su fe se construye hoy entre comunidad, duda y experiencia personal, lejos tanto del rechazo como de la tradición heredada

Los mismos jóvenes que crecieron entre pantallas, algoritmos y una promesa constante de inmediatez están protagonizando un giro silencioso que desconcierta a padres y educadores: la fe ha vuelto a aparecer en sus vidas como una pregunta real, no como una herencia cultural. En parroquias, movimientos y comunidades, se repite una escena inesperada: jóvenes que no buscan una identidad estética ni una etiqueta ideológica, sino una experiencia que les permita sostener la vida cuando esta se vuelve incomprensible. El auge del catolicismo entre los jóvenes —ese retorno visible a los rosarios, las peregrinaciones o la misa, pero sobre todo a una concepción de la vida que está detrás— no responde tanto a una moda como a una necesidad de sentido en un contexto marcado por la incertidumbre, la ansiedad y la sobreexposición emocional.

Frente a la idea de un “catolicismo cool”, estas historias apuntan en otra dirección: la fe aparece como una respuesta concreta a la vida, y no solo a experiencias límite —la enfermedad, la muerte, la soledad o la desorientación—, y se articula, casi siempre, en relación con otros. No hay aquí una estética homogénea ni un discurso único, sino trayectorias diversas que confluyen en una misma intuición: la vida no se sostiene sola.

En Artículo14 unimos a seis jóvenes católicas de diferentes contextos. Ellas han superado el anticlericalismo galopante de la generación anterior, pero también el seguimiento de una tradición a pies juntillas sin entender nada ni hacerse preguntas: esa fe ciega de los abuelos pierde fondo cuando se topa con una nueva realidad. ¿Debe el mundo adaptarse a la fe o la fe adaptarse al mundo? ¿Tiene sentido creer en mitad de la maldad, el dolor y la muerte? ¿Son las personas que creen unas iluminadas o unas raras, o es verdaderamente posible creer hoy, en pleno siglo XXI, en el Dios de los cristianos? ¿Tiene algo que ver la fe con la vida? ¿Qué significa amar al prójimo? Irene, Belén, Mercy, Marta, Lucía y María responden, con la fuerza de su testimonio, en una conversación de la que nació una nueva amistad.

Irene tiene 24 años, es una joven emprendedora y participa en retiros de Effetá
Irene tiene 24 años, es una joven emprendedora y participa en retiros de Effetá

En muchos de estos relatos, la fe no aparece como una herencia tranquila ni como una tradición asumida, sino como una irrupción en momentos de límite. No llega cuando todo está en orden, sino cuando la realidad desborda. Belén trabajaba como enfermera y había crecido en un entorno de fe estructurado. Pero fue durante la pandemia, en contacto directo con la muerte, cuando algo se quebró —o se abrió— en su forma de mirar el mundo. “Yo vengo del Opus Dei, he tenido una formación muy férrea. Era enfermera y durante el covid vivía y trabajaba en Pamplona, y fue durísimo. Ver a gente morir cada día… Entonces entré en la capilla de San Ignacio y me pasó algo que nunca me había sucedido: me postré y estuve rezando seis horas, aunque para mí fueron minutos. Entré en presencia de Dios. Entonces empecé a buscarle, especialmente en la vida de la alabanza y en la Renovación Carismática, un movimiento dentro de la Iglesia que pone el acento en la alabanza, la oración espontánea y la experiencia directa de Dios. Ese tránsito no es lineal ni exento de tensiones.

Belén tiene más de 30 años y su experiencia la ha llevado a transitar por espacios y carismas de la Iglesia tan diversos como el Opus Dei, que basa su seguimiento en la santificación por el trabajo y en un código moral ordenado a esa santidad, y la Renovación Carismática, en la que prima la alabanza a Dios como forma primera de relación con él. “Había vivido el covid desde demasiado dentro y decidí hacer un retiro de sanación. Estuve en paliativos, vi morir a mucha gente; aunque quería ayudar, sentí que llegaba a mi límite. En la sanación intercedieron por mí, rezaron para que sanaran todas mis heridas, y me di cuenta de que era una dimensión espiritual que había dejado al margen, que nadie me había enseñado”, continúa Belén, que tras dejar la enfermería es profesora en un colegio de obra corporativa del Opus Dei, Fuenllana.

Una de las principales críticas que se les hace a estos nuevos movimientos es que son extremadamente sentimentales: que los fieles se dejan llevar por sensaciones o por emociones antes que por un juicio profundo de su experiencia de fe. Belén lo confirma: “Yo caí en eso. No me cuesta reconocerlo: me di cuenta de que había sentido algo tan fuerte y profundo, y tan verdadero, que buscaba todo el rato reproducirlo. Empecé a ir a una alabanza tras otra hasta que me di cuenta, gracias a mi director espiritual, que buscaba una vida sobrenatural despegada de mi vida terrenal. No compartía nada de lo que me sucedía, no tenía una comunidad. En ese momento, Irene, una joven emprendedora con otra gran historia de fe y vida, afirma: “La fe no se puede vivir si no es con otros. Necesitamos una comunidad. Jesús tuvo a los doce apóstoles, no es casual”.

Belén dejó la enfermería por la docencia después de vivir el covid, y participa en la Renovación Carismática y en Seminarios de Vida
Belén dejó la enfermería por la docencia después de vivir el covid, y participa en la Renovación Carismática y en Seminarios de Vida
Lupe de la Vallina

Esto lo sabe bien, porque lo ha experimentado, Lucía. A sus 25 años, después de vivir toda su vida dentro del movimiento de Comunión y Liberación, al que pertenecen sus padres, se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión: decidir si ese sitio era también para ella. “A las afueras de Barcelona hay un grupo de familias que viven todas juntas porque quieren compartir la vida. Se llama La Masía. No sólo comparten la fe, sino también una forma de entender la vida e incluso la educación de sus hijos. Pero no es que sean virtuosos; es que se han encontrado con algo más grande y verdadero que ellos mismos”.

Lucía estaba en crisis en aquel entonces: en 3º de la ESO vivía las turbulencias de una adolescencia intranquila, en la que no encontraba espacio para ser ella misma. “Yo estaba fatal. Fuimos allí para entender juntos el referéndum; a mí me interesaba entender pero a la vez tenía mis propias preocupaciones. Entonces me encontré con Ferrán, que es un poco el que ‘guía’ la comunidad: él me miraba con una preferencia que a mí me parecía que no era suya. Me daba cuenta de que Jesús tenía que mirar así”. En aquella casa nada se escondía: una adolescente que se había quedado embarazada, un chaval que estaba en proceso de desintoxicación, una crisis matrimonial… Sin embargo, todo el mundo estaba bien. “No sólo se podía discutir y hablar de absolutamente todo, sino que había espacio para mostrarte vulnerable”.

Entender esa forma de vida como algo deseable no tendría que ver, en principio, con Cristo. Pero Lucía lo identificó en seguida: “Es como cuando te hablan del amor toda tu vida; de repente te enamoras y no tienes dudas: eso es el amor. Pasa lo mismo con Dios. Cuando lo conoces, sabes que es Él. Yo sólo podía pensar en lo contenta que estaba”.

Lucía ha estudiado Bellas Artes y ha encontrado su lugar en el movimiento de Comunión y Liberación
Lucía ha estudiado Bellas Artes y ha encontrado su lugar en el movimiento de Comunión y Liberación
Lupe de la Vallina

El riesgo de relatar el camino de fe, que tiene una gran parte de misterio, es doble: por un lado, los cristianos tienen peligro de parecer unos frikis; por otro, y esto es más grave, pueden parecer unos iluminados, como si la fe fuera solo el don que Dios, en su aleatoriedad, concede a unos cuantos preferidos, privilegiados o, para algunos, pringados. Pero el catolicismo, si es, es para todos: de ahí su universalidad. Cristo no vino para salvar a unos pocos, sino a todos, como defienden estas jóvenes.

“Mi vida en realidad siempre ha estado acompañada de Cristo. Mi familia es católica, he ido desde siempre a un colegio de monjas y he rezado el rosario. Y siempre he entendido los mandamientos como actos de amor. Si miro atrás en mi vida, no recuerdo un solo momento en el que Jesús no haya estado”, relata Irene, una joven de 24 años con una fuerte llamada misionera, que se ha recorrido el mundo para estar al lado de los más pobres y necesitados. “Me he enamorado de Jesús mil veces: he tenido conversiones y reconversiones. Sientes un ansia que nada te sacia, pero sabes que Él es la única respuesta, que lleva tu cruz, tu dolor, contigo”.

La cruz es para Irene, como lo fue para Belén con el covid o para Lucía con su adolescencia agitada, un punto de entrada de la trascendencia: no como refugio, sino como posibilidad de encuentro con la alteridad. “Mi madre tuvo un tumor cerebral muy agresivo, y acabó falleciendo en poco tiempo. Yo sólo encuentro una explicación a cómo he vivido la enfermedad y la muerte de mi madre: Dios me ha acompañado en el camino y me ha ayudado a soportar el dolor, aligerando mi carga”. En su caso, Effetá, un retiro vivencial y testimonial con muchas dinámicas que llevan al joven a tener un encuentro con Dios a través de los demás, fue clave en su camino: tanto la alabanza como ese encuentro directo con Dios, acompañado de mucha formación, han hecho que hoy esté aquí.

“El corazón habla al corazón. Los sentimientos decaen, por eso necesitas reconvertirte una y otra vez, y vivirlo en comunidad, con pobreza de corazón, mirando al otro con misericordia. Yo no soy capaz de nada, pero sé que Dios me hace capaz de todo”. A su corta edad, Irene habla con un convencimiento digno de admirar, algo que seguramente choque a las generaciones anteriores. “Yo he encontrado al amor de los amores. He pensado incluso en dejarlo todo. Cuando estuve en Calcuta de voluntariado me redimí: mi corazón se liberó de una forma inexplicable. Todo se paró y volvió a comenzar. Y ahora voy a buscar a Dios allí donde se me haga evidente: en Hakuna, en el Regnum Christi o en los retiros de Effetá”.

A sus 30 años, Marta recuerda con alegría y agradecimiento su paso por un colegio de monjas en el que entendió lo que es el amor
A sus 30 años, Marta recuerda con alegría y agradecimiento su paso por un colegio de monjas en el que entendió lo que es el amor
Lupe de la Vallina

Marta acaba de cumplir 30 años y también vive de la espiritualidad de Comunión y Liberación, el movimiento que nació en Italia en los años 60 de la mano del sacerdote Luigi Giussani, aunque considera que siempre tiene “un pie dentro y otro fuera”. También vivió una crisis por no encontrar su sitio: estudió Bellas Artes y Diseño de Moda, y no encajaba en ninguno de los ambientes. “El año pasado decidí irme a vivir un tiempo a Irlanda y descubrí muchas cosas. Lo primero, que la Iglesia es un pueblo, y que estás siempre acompañada. Lo segundo, que aunque hayan sido unos años difíciles en lo personal, Dios está siempre. En una boda dijeron algo que me cambió la forma de entender la vida: ‘El mal del mundo es creernos la mentira de que estamos solos’. La autosuficiencia es mi gran mal”.

Irene insiste en la necesidad de la compañía. “El demonio te llama por tu pecado, pero Dios te llama por tu nombre y te pone la compañía para que le reconozcas cada día”. ¿Pero es aferrarse a la religión una vía de escape, como parece sugerir Alauda Ruiz de Azúa en Los domingos? “Si para mí es la verdad, ¿cómo va a ser falso aferrarme a la verdad? Recibir el amor, dejarnos hacer, ser acompañados…”, apostilla Belén. “En mi caso, dejar entrar a Dios ha sido más una rendición que un voluntarismo: yo no me aferro a nada, sino que soy aferrada por Otro. En mi caso, todos mis planes se cayeron, y Él se hizo presente”, concluye Marta.

Mercy también experimentó una gran conversión. A sus 28 años confiesa haber llevado una mala vida, pero en el puente de mayo de 2024 realizó Cursillos de Cristiandad, un movimiento de la Iglesia Católica que ofrece una experiencia intensa de fin de semana para renovar la vida cristiana y encontrar a Cristo. “En ese momento cambió mi relación con la Iglesia. Empecé a participar en la vida parroquial, a tener un grupo de jóvenes; me di cuenta de que hay gente que lleva mucho tiempo en la Iglesia pero que no aviva su fe, por lo que se detiene. No se puede vivir de la inercia, sino que hace falta renovar ese primer anuncio: no es suficiente la pura acción sin la oración, no la pura oración sin la acción. No por hacer muchas cosas uno está más conectado a Dios”.

Lucha entre el mundo y la fe

Muchos de los jóvenes también experimentan una incongruencia, una lucha entre lo mundano de su vida y la experiencia trascendental que experimentan. “Entiendo el punto de la batalla cultural, pero me parece reducido. El cristianismo es mucho más grande. Mi gran don creo que es la apertura. Lo que he conocido, especialmente a través del arte, es que el mundo no es mi enemigo, sino el lugar donde se juega todo”, afirma Lucía. “Lo que hemos recibido no es porque nos lo hayamos ganado, sino por pura gracia, que nos da la inteligencia para entender las cosas”.

Mercy vivió una juventud alejada de Dios hasta que volvió a la Iglesia gracias a Cursillos de Cristiandad
Mercy vivió una juventud alejada de Dios hasta que volvió a la Iglesia gracias a Cursillos de Cristiandad
Lupe de la Vallina

¿Son señaladas estas jóvenes por expresar su fe en público? “Es inevitable”, señala María, que encuentra consuelo en el Instituto del Verbo Encarnado. “Si tú vives tu fe, aunque no lo digas, cuando lo exteriorizas das ejemplo. Moralmente, ideológicamente, te distingues. Si le dices a alguien ‘rezo por ti, doy gracias por tu vida, eres un regalo’, ¿cómo va a ser eso una ofensa para alguien? Tú miras como tú has sido mirado”, añade Marta. “Yo estudié en una universidad católica y me sentí muy respaldada y acogida; nunca me sentí cuestionada, aunque no hablábamos explícitamente de ello. Mi familia es humilde y lo que sí me chocó en la universidad era que la gente estaba muy acomodada: no se hacían grandes preguntas. A mi hermano, en cambio, le trataron mal, y eso sí me llevó a preguntarme qué significa ser cristiano hoy. Yo me pregunto cómo aplica Dios la justicia”, continúa María, a quien la injusticia no aleja necesariamente de Dios, pero sí le hace preguntarse cómo funciona el mundo. Ella participa además en It’s time to think y sus thinkglaos, una iniciativa de jóvenes que organiza encuentros con intelectuales, científicos, artistas o personajes de la política y las finanzas, con el foco en la crítica a un teórico pensamiento único vinculado al progresismo.

“Mi experiencia es distinta. Yo jamás voy a renunciar a lo que yo deseo, pero cuanto más consciente soy de cómo soy más me doy cuenta de cómo puedo mirar a los demás. Mi capacidad es limitada; es Dios es el que es fiel conmigo. ¿Cómo sería yo si no hubiera conocido el amor de Dios?”, rescata Lucía. La moralidad, la forma en la que actuamos y nos relacionamos, ha estado históricamente mediada por la relación. Sin embargo, esta nueva juventud se abre a la experiencia y al juicio de la propia vida: “Si hay algo que recuerdo del colegio de monjas al que fui, que eran Hijas de Cristo Rey, es que siempre estaban alegres, y que lo hacían todo desde el amor profundo. No nos enseñaban nada por imposición, sino por ejemplo. Yo siempre me sentí querida, acompañada e impulsada”, revela Marta.

Las experiencias varían. En la generación anterior, muchos de los que estudiaron en colegios religiosos reaccionaron contra sus formas impositivas y restrictivas; estas jóvenes, en cambio, defienden que lo que les costó entender es que podía haber una forma impositiva. “Pasa lo mismo con el trabajo: hay una forma buena de hacer las cosas y otra no tan buena. Y eso, lejos de ser una imposición, es liberador. Porque entiendes para lo que estás hecho”. La experiencia de Marta es reforzada con la de Mercy: “Yo entendía la libertad como hacer lo que quería, y mi vida era un caos. Pero cuando encontré a Dios muchas cosas se ordenaron, y entendí la libertad como un don, incluso por encima de los mandamientos. Pero en una sociedad ‘libertaria’ prima la confusión y la soledad. Yo he encontrado en la Iglesia la libertad. No quiero volver atrás, quiero seguir mi camino”.

Lejos de cualquier consigna o etiqueta generacional, lo que emerge en estos relatos no es una respuesta cerrada, sino una forma distinta de habitar la vida. No hay épica ni refugio, tampoco una ruptura total con el mundo que las rodea, sino un intento —a veces frágil, a veces firme— de sostener la realidad sin reducirla. En un tiempo que exige certezas rápidas y posiciones claras, estas jóvenes se mueven en otro registro: el de quien busca, se equivoca, duda y vuelve a empezar. Con una certeza única: la del amor de Dios que ha entrado en sus vidas para darles la vuelta. Quizá por eso su fe no se impone ni se explica del todo, pero tampoco desaparece. Permanece, como una pregunta que no se agota.