En plena 71.ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), Elvira Mínguez regresa a su ciudad natal para recibir uno de los mayores reconocimientos del festival. El jueves 29 de octubre, durante la gala dedicada al cine de Castilla y León, la actriz será distinguida con la Espiga de Honor por una trayectoria que abarca más de tres décadas. Sin embargo, reducir este homenaje a una celebración de su carrera interpretativa supondría pasar por alto una de las transformaciones más interesantes de sus últimos años: el paso de dar vida a personajes escritos por otros a crear y dirigir sus propias historias.
La trayectoria cinematográfica de Mínguez comenzó en 1994 con Días contados, de Imanol Uribe, donde interpretó a Lourdes, un personaje que le valió su primera nominación al Goya, en la categoría de mejor actriz revelación, y un Premio Ondas compartido con sus compañeras de reparto Candela Peña y Ruth Gabriel. Aquella interpretación inauguró una carrera que la convertiría en uno de los rostros más reconocibles del cine español, con una especial capacidad para dotar de complejidad a personajes que no siempre ocupaban el centro de las historias.
El reconocimiento de la industria llegó definitivamente en 2006, cuando ganó el Goya a la mejor actriz de reparto por Tapas (2005), de José Corbacho y Juan Cruz. Durante su discurso de agradecimiento, Mínguez aprovechó la ocasión para reclamar mejores personajes para las intérpretes que habían superado los cuarenta años. Recordó que las mujeres de esa edad no eran únicamente madres o esposas y que existían muchas otras historias que merecían ser contadas.
Veinte años después, la reivindicación continúa vigente. En una entrevista concedida a la Cadena SER en febrero de 2026, la actriz lamentó que siguieran faltando personajes femeninos suficientemente complejos como para sostener el peso de una película. Su propia trayectoria constituye un ejemplo de esa contradicción: una intérprete reconocida por su talento que, sin embargo, ha tenido que enfrentarse a las limitaciones de los papeles que la industria reserva a las mujeres a medida que envejecen.
Durante estas décadas, Mínguez también ha trabajado en producciones internacionales a las órdenes de cineastas como John Malkovich, en Pasos de baile; Steven Soderbergh, en Che; y Asghar Farhadi, en Todos lo saben. Su carrera ha transitado entre el cine y la televisión, con participaciones en series como El tiempo entre costuras, Veneno o Desaparecidos. Más recientemente, su trabajo en La cena, de Manuel Gómez Pereira, le proporcionó una nueva nominación al Goya.

Pero la escritura formaba parte de su trabajo mucho antes de que publicara su primera novela. Durante años, Mínguez recurrió a textos, monólogos e historias imaginadas para comprender la psicología de los personajes que interpretaba. En 2006 comenzó a asistir a un taller de escritura creativa de Clara Obligado, un aprendizaje que le permitió desarrollar una actividad literaria paralela a la interpretación.
Aquella dedicación encontró una nueva dimensión con La sombra de la tierra (Espasa, 2023), su primera novela, finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León. Ambientada en 1896 en Villaveza del Agua, un pueblo empobrecido de Zamora, la historia presenta el enfrentamiento entre Garibalda y Atilana, dos mujeres autoritarias cuya rivalidad determina la existencia de quienes las rodean, especialmente la de sus propios hijos.
A través de una narración marcada por la violencia, el resentimiento y las relaciones de poder, Mínguez construyó un drama rural sobre las consecuencias del odio y los abusos dentro de la familia. La novela trasladaba al terreno literario algunas de las preocupaciones que habían acompañado su carrera interpretativa: la construcción psicológica de los personajes, sus contradicciones y las heridas que condicionan sus decisiones.
Cuando surgió la posibilidad de adaptar La sombra de la tierra a la televisión, Mínguez decidió que no quería limitarse a ceder los derechos de su obra. Insistió en escribir el guion y dirigir personalmente el proyecto, convencida de que necesitaba conservar el control sobre una historia que conocía desde su origen.
El resultado fue una miniserie de cuatro episodios, estrenada en Atresplayer en noviembre de 2024 y producida por Atresmedia Televisión en colaboración con Fonte Films. Con Adelfa Calvo y María Morales como protagonistas, acompañadas por Carmelo Gómez y otros intérpretes, Mínguez asumió por primera vez la responsabilidad de trasladar a la pantalla un universo creado por ella misma.
La experiencia también transformó su relación con el oficio. En una entrevista concedida a Vertele con motivo del estreno, afirmó: “Si pudiera dedicarme a dirigir, no interpretaba ya más”. Después de treinta años trabajando delante de las cámaras, había descubierto una libertad creativa que hasta entonces apenas se había permitido imaginar.

Su segunda novela terminó de consolidar esta nueva faceta. En febrero de 2026, Mínguez ganó el XXX Premio Primavera de Novela, dotado con 100.000 euros, por La educación del monstruo, elegida entre 1.590 originales presentados al certamen.
Publicada por Espasa, la obra entrelaza tres momentos históricos: la emigración española a Düsseldorf en 1963, el Valladolid de 1977 y el Madrid de 2014. A través de varias generaciones de mujeres, la autora explora la transmisión del miedo, los mecanismos de la violencia y las consecuencias de los silencios familiares. La novela se pregunta cómo se construye aquello que una sociedad considera monstruoso y qué responsabilidad tienen los entornos familiares y educativos en esa construcción.
La literatura aparece así como una continuación de sus inquietudes cinematográficas, aunque con herramientas diferentes. Mínguez ha defendido en distintas entrevistas la importancia de la lectura y del pensamiento crítico como formas de resistencia frente a la manipulación y el miedo. Sus dos novelas comparten una preocupación por la violencia que se transmite entre generaciones y por los comportamientos que terminan normalizándose dentro de las relaciones humanas.
El reconocimiento de la Seminci adquiere, por tanto, un significado particular. Valladolid no es únicamente la ciudad donde nació Mínguez, sino también uno de los escenarios de su imaginario literario. Allí recibirá la Espiga de Honor y participará en el encuentro Todos los registros, dedicado precisamente a recorrer su trayectoria entre la interpretación, la escritura y la dirección.
La historia profesional de Elvira Mínguez no es tanto la de una actriz que ha abandonado su oficio como la de una creadora que ha encontrado nuevas formas de ejercerlo. Su experiencia interpretativa se ha prolongado en la construcción de personajes literarios y, posteriormente, en la dirección de su primera adaptación audiovisual.
La Espiga de Honor reconoce más de treinta años de trabajo delante de las cámaras, pero también llega en un momento en el que su trayectoria continúa ampliándose. Después de interpretar las historias de otros, Mínguez ha empezado a escribirlas, adaptarlas y dirigirlas. Y esa nueva libertad creativa constituye uno de los capítulos más interesantes de su carrera.

