Moda

Muere Pam Hogg, la última reina punk de la moda británica

Diseñadora escocesa de espíritu punk y musa de la escena londinense de los 80, ha fallecido en Londres dejando un legado de moda extrema, autodidacta y profundamente ligada a la música, que conquistó a estrellas como Rihanna, Lady Gaga o Kylie Minogue

Tenía melena amarillo neón, labios rojos y la costumbre de presentarse a sus propios desfiles vestida con las mismas armaduras de vinilo, látex y malla que subían a la pasarela. Pam Hogg no era una “diseñadora de moda” al uso, sino el corazón punk de Londres condensado en un solo cuerpo. Su muerte, a los 66 años, cierra una de las historias más singulares de la moda británica contemporánea.

Nacida en Paisley (Escocia) en 1959, formada en la Glasgow School of Art y en el Royal College of Art de Londres, eligió desde el principio la vía difícil, la de la independencia absoluta. Antes que fichar por una gran casa, vendía sus prendas en puestos de Kensington Market y en su propia tienda del West End, mientras se dejaba la voz en bandas de rock y recorría el circuito de clubes que definió la estética de los 80.

Ese cruce entre escenario y pasarela la convirtió en la diseñadora natural de una cierta aristocracia del pop y del underground. Rihanna, Lady Gaga, Kylie Minogue, Debbie Harry, Björk, Kate Moss, Shakira o royals poco convencionales como la princesa Eugenia vistieron sus catsuits como quien se enfunda un personaje. Hablamos de trajes de una pieza imposibles, transparencias que desafiaban el pudor, hombreras casi arquitectónicas, brillos metálicos y una paleta en la que el negro y el dorado convivían con neones eléctricos.

Hogg no entendía la moda sin ruido ni política. En sus colecciones aparecían mensajes sobre el cuerpo femenino, los derechos LGTBQ+, la guerra o la vigilancia, mezclados con referencias a vírgenes barrocas, superheroínas y diosas intergalácticas. Diseñó uno de los vestidos de novia más recordados de la década, para Lady Mary Charteris, y reimaginó la estatuilla de los BRIT Awards con la misma irreverencia con la que abordaba un catsuit.

Se mantuvo fiel a la estridencia, a los shows que parecían conciertos, a los castings donde cabían cuerpos y géneros diversos, a los looks que se negaban a pasar desapercibidos.

Queda el vacío de su figura -esa silueta inconfundible, siempre en primera fila, siempre un poco fuera de lugar-, pero también un legado difícil de domesticar; el de una mujer que convirtió su carrera en un acto de resistencia estética.

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