María Asensio, profesora de Ciencias Políticas y Políticas Públicas del Iscte-Instituto Universitario de Lisboa, analiza la segunda vuelta presidencial como un test clave sobre el papel de la jefatura del Estado y la resiliencia institucional de Portugal.
Más allá de elegir al próximo presidente de la República, el electorado se enfrenta a una disyuntiva de fondo: reforzar el modelo institucional surgido tras la Revolución de los Claveles o abrir una la puerta a una Presidencia confrontacional que cuestiona los consensos democráticos.
¿Qué se juega Portugal este domingo?
En esta entrevista, Asensio, experta en política portuguesa desentraña para Artículo14 qué está realmente en juego dentro y fuera del país.
-¿Qué se juega Portugal en las urnas este domingo?
-Portugal no solo elige a su próximo presidente de la República. Lo que está en juego es el mensaje político y democrático que el país quiere enviar, tanto a su ciudadanía -especialmente a quienes miran con desconfianza a las instituciones- como al exterior. Esta segunda vuelta ha adquirido un significado especial, al plantear una disyuntiva clara sobre el papel que debe desempeñar la más alta magistratura del Estado en el actual contexto político. En particular, el electorado -y muy especialmente el de centroderecha- debe decidir si la Presidencia de la República, concebida en el sistema portugués como una institución moderadora y árbitro del juego político, se ve arrastrada a una lógica de confrontación partidista marcada por un discurso populista, o si se opta por una opción progresista con una larga trayectoria de respeto institucional en la jefatura del Estado. Se trata de una elección con implicaciones que trascienden el ámbito nacional y que serán observadas con atención más allá de las fronteras de Portugal.

Por un lado, se presenta una candidatura vinculada a la continuidad democrática y al respeto del marco constitucional surgido tras la Revolución de los Claveles. Por otro, una propuesta que se define como ruptura y que cuestiona abiertamente el funcionamiento del sistema político y a sus principales actores. Aunque la Presidencia carece de poder ejecutivo, su valor simbólico y su legitimidad democrática resultan determinantes. Por ello, estas elecciones funcionan como un verdadero termómetro del clima político, de la confianza en las instituciones y de la capacidad del sistema para contener discursos que tensionan el consenso democrático.
-¿Cómo llegan los candidatos? ¿Ambos tienen opciones reales?
-Las presidenciales se celebran en un momento de transformación profunda del sistema de partidos portugués. La consolidación de Chega como fuerza central ha alterado los equilibrios tradicionales y ha introducido una dinámica de polarización inédita desde 1974. Ya no se trata solo de una elección presidencial, sino de un test decisivo sobre la dirección futura del régimen político.
Formalmente, ambos candidatos tienen opciones de victoria. Sin embargo, la contienda es asimétrica. Uno llega como favorito, con capacidad de sumar apoyos transversales; el otro, como candidato de ruptura, con un electorado intenso pero estructuralmente limitado.
António José Seguro parte con una ventaja clara, apoyada en los resultados de la primera vuelta y, sobre todo, en su capacidad para atraer votantes más allá de su electorado natural. Ha logrado conectar con votantes de centro y de derecha moderada que priorizan la estabilidad institucional, la previsibilidad y una Presidencia capaz de actuar como garante del equilibrio democrático en un contexto de fatiga política y fragmentación parlamentaria.

Su perfil representa continuidad, moderación y contención institucional. Para muchos electores, no se trata de un voto entusiasta, sino de una elección defensiva: una forma de preservar los consensos básicos del sistema surgido en 1976 frente a la incertidumbre y la polarización. En ese sentido, Seguro funciona como un polo de cierre institucional.
Por su parte, André Ventura encarna el fenómeno más disruptivo de la democracia portuguesa reciente. En apenas seis años ha logrado romper el bipartidismo y ha convertido a Chega en la segunda fuerza parlamentaria, con 60 diputados y cerca de millón y medio de votos. Se trata de un fenómeno sin precedentes.
Ventura combina el repertorio ideológico de la extrema derecha internacional con elementos identitarios locales. Cuestiona el legado del 25 de Abril, mantiene una relación ambigua con la memoria del salazarismo y propone una ruptura institucional articulada en torno a la idea de una supuesta “cuarta República”. Su discurso se construye contra el sistema más que dentro de él.
Ahí reside su principal límite. Cuenta con un electorado muy fiel y altamente movilizado, pero encuentra serios obstáculos para ampliar su base. Su discurso activa eficazmente el voto de protesta, pero genera un rechazo amplio en sectores moderados que temen una Presidencia confrontacional y una erosión del consenso democrático.
Para ganar, Ventura necesitaría una movilización extraordinaria de indecisos, una transferencia masiva desde la derecha tradicional o un aumento significativo de la abstención entre votantes moderados. No es imposible desde el punto de vista aritmético, pero sí políticamente exigente.

-Al ser una campaña presidencial y segunda vuelta. ¿Habrá mucha participación, hay interés por parte de la sociedad portuguesa?
-Las elecciones presidenciales suelen registrar en Portugal una participación inferior a la de las legislativas. Sin embargo, esta segunda vuelta muestra indicios de un interés ciudadano superior al habitual, incluso en un contexto adverso marcado por la reciente calamidad de las inundaciones provocadas por la borrasca Kristin. Lejos de desplazar la atención pública, la crisis ha reactivado el debate sobre la gestión de emergencias, la coordinación institucional y la responsabilidad política, intensificando el escrutinio sobre la calidad del liderazgo.
En este contexto, el foco ciudadano se desplaza hacia la figura del Presidente de la República, un cargo de competencias constitucionalmente limitadas, pero con capacidad de influencia decisiva sobre la estabilidad institucional y la articulación de respuestas en situaciones de crisis. Además, la propia dinámica de la segunda vuelta -poco habitual en Portugal- obliga además a una elección más clara y explícita: se reduce el margen para el voto disperso y se impone una decisión directa entre dos proyectos políticos nítidamente diferenciados.
La crisis reciente añade así una dimensión adicional al debate electoral. La ciudadanía no solo evalúa programas y trayectorias políticas, sino también la capacidad percibida de los candidatos para actuar con eficacia, responsabilidad y sentido institucional en situaciones de emergencia. En este contexto, la contraposición entre los modelos de Presidencia se vuelve especialmente relevante. Mientras André Ventura propone una figura presidencial más interventiva e incluso plantea la necesidad de una reforma constitucional, su adversario defiende un papel más moderador, centrado en la mediación y el arbitraje institucional.

Conviven, no obstante, dos realidades contrapuestas. Por un lado, una ciudadanía movilizada que percibe este momento como decisivo para la calidad democrática y la resiliencia institucional; por otro, un cierto cansancio político y social, agravado por el impacto de la calamidad, que podría traducirse en una menor participación. La claridad del enfrentamiento -entre continuidad y ruptura, entre moderación y confrontación- actúa así como un factor ambivalente: capaz tanto de activar al electorado como de reforzar la abstención entre quienes rechazan la polarización.
Todo apunta, por tanto, a una participación intermedia: suficiente para reflejar una sociedad atenta y exigente, pero también condicionada por el desgaste político y social que atraviesa el país.
-¿Qué poder real y margen de maniobra tiene la figura de presidente de Portugal?
-El presidente portugués no gobierna directamente, pero ejerce un papel clave en el equilibrio democrático. La Constitución le otorga competencias relevantes: puede vetar leyes, solicitar su revisión constitucional, disolver el Parlamento, convocar elecciones y nombrar altos cargos del Estado. Estas facultades hacen de la Presidencia una figura central para el equilibrio democrático del país.

El alcance real del cargo no es constante y depende del contexto político. En momentos de estabilidad, el presidente actúa como árbitro y garante del consenso, utilizando sobre todo la autoridad moral y la influencia pública. En situaciones de crisis, fragmentación parlamentaria o bloqueos institucionales, su protagonismo aumenta de forma significativa y puede influir decisivamente en el rumbo del país.
Además, la legitimidad directa que le otorga el voto ciudadano refuerza su autoridad simbólica. Esta capacidad le permite marcar límites, orientar el debate público y exigir responsabilidades políticas. Por ello, aunque no gobierne, la Presidencia tiene un impacto concreto: puede consolidar la estabilidad democrática o, en contextos de tensión, convertirse en un factor determinante en la dinámica política nacional.
