Dejar atrás una vida acomodada para probar, en familia, otra forma de estar en el mundo. Ese es el hilo que atraviesa la experiencia de Patricia, una mujer española que, junto a su marido y sus tres hijos, decidió trasladarse durante un año a Filipinas.
Como ella misma cuenta, “yo tenía una empresa online de accesorios de bebé… la vendimos hace dos años”, y tras un tiempo trabajando para una empresa italiana, llegó el momento de cerrar etapa. “Le dije a mi marido: oye, si vendemos la empresa finalmente nos vamos a vivir a Filipinas”.
La elección no fue casual. Patricia y su familia ya habían visitado el país en 2019 y la huella fue profunda. “Nos encantó el país”, recuerda. Así que, cuando la venta se materializó, “fuimos un poquito armando el plan y nada, nos vinimos este julio con la idea de estar un año en Filipinas, vivir una aventura en familia de una forma sencilla, consciente”. El destino concreto es la isla de Bohol, un entorno isleño que les permitía alejarse, en sus palabras, “de la burbuja en la que estaban nuestros niños”.
Hasta entonces, la familia vivía en Villanueva de la Cañada, un municipio madrileño que describe como un espacio seguro, pero también aislado de otras realidades. “Íbamos con los niños a Madrid y veían a gente sin techo… y se quedaban como mirando, como ‘oye, esta gente tan rara’”.

Esa sensación de irrealidad fue clave en la decisión: “Vivían en un mundo idílico y nos apetecía que ellos vivieran en otras partes del mundo para ver que hay otras formas de vivir”.
La familia tiene tres hijos, de 5, 10 y 12 años, y otro de los grandes objetivos del viaje era el idioma. Patricia lo reconoce: “Chapurreaba inglés… pero me costaba mucho expresarme”. Pensaron que cuanto antes se expusieran los niños a otra lengua, mejor. “De esta forma podían aprender inglés de manera natural… y no les iba a costar tanto como me está costando a mí”.
“Aprenden a relativizar”
Una vez instalados, el choque con la realidad cotidiana fue inmediato. Filipinas les parecía un país seguro, con valores que asociaban al catolicismo, y esa intuición se confirmó. “Sentíamos que era gente buena”, explica. Pero también llegaron las comparaciones inevitables. De camino al colegio, Patricia observa escenas que para sus hijos resultan reveladoras: “Ves como los niños se están duchando con cuencos, con palanganas en la calle… y ellos dicen ‘guau, es que yo me ducho con agua caliente’”. Casas sin ventanas de cristal, hechas de chapa y bambú, y sonrisas constantes. Frente a eso, reconoce, “nos quejamos porque se nos ha estropeado la calefacción… o de cosas superficiales”.
Esa convivencia con la escasez ha sido una lección diaria. “Aprenden a relativizar y ver que todo lo que tenemos nosotros… y que ellos tienen mucho menos, y son felices”. Y, pese a las dificultades, la adaptación de los niños ha sorprendido incluso a sus padres. “Los niños tienen una capacidad de adaptación mayor que la nuestra”, dice Patricia, asombrada al verlos ir al colegio con uniformes de manga larga y tela gruesa bajo un calor intenso, “y no se quejan”.

El sistema educativo fue otro descubrimiento. “Es como España hace 40 años”, afirma, y en algunos aspectos incluso más exigente. Sus hijos se encontraron con niveles muy avanzados en matemáticas, hasta el punto de necesitar un tutor.
El enfoque es claro: “Van a toda velocidad avanzando el temario, y quien llega, llega, y quien no, lo suspende”. A cambio, Patricia destaca rituales impensables en España, como la ceremonia de la bandera de los lunes. “Cantan el himno nacional, se hacen afirmaciones de ‘soy capaz, soy bueno, soy respetuoso’… tienen mucho sentimiento de comunidad”.
La historia colonial con España aparece también en las aulas y en las conversaciones. Ella percibe discursos distintos según el profesor: desde quienes consideran que “los españoles somos terribles” hasta quienes hablan “desde el respeto”. Aun así, la acogida ha sido buena y la familia se siente integrada.

“Podemos estirar muchísimo más el dinero”
En lo económico, la diferencia es abismal. Con ingresos europeos, “podemos estirar muchísimo más el dinero”. Comer fuera cuesta una fracción de lo que costaría en España, aunque es consciente del contraste con los salarios locales. “Ellos trabajan mucho y ven que no prosperan”.
Esa desigualdad se refleja también en la alimentación y en el acceso a productos básicos.
No todo ha sido idílico. Los tifones, una realidad recurrente, pusieron a prueba sus nervios. En noviembre vivieron una alerta seria. “Empecé a ver las noticias y me empecé a poner nerviosa”, confiesa. Compraron hornillos, agua y latas, durmieron todos juntos y prepararon la casa para lo peor. Finalmente, el impacto fue limitado en su zona, aunque en islas cercanas “murieron como 200 personas”.
A pesar de todo, la experiencia se acerca a su fin. La familia tiene claro que volverá a España. “Somos súper familiares… los estamos echando mucho de menos”, admite. Regresarán en junio, con una certeza nueva: “Hemos aprendido mucho de vivir con menos ropa, menos juguetes… y está guay que ellos también saquen ese aprendizaje”.
