Groenlandia, ese territorio del ártico inmenso, helado y escasamente poblado, se ha convertido en el epicentro de una tormenta geopolítica que amenaza con sacudir los equilibrios del Atlántico Norte. La isla, territorio autónomo bajo soberanía danesa, forma parte del extraordinario discurso del presidente estadounidense, Donald Trump, que insiste en que su control es una “necesidad” para la seguridad nacional de Estados Unidos. No se trata de una provocación aislada ni de una excentricidad retórica, la portavoz de la Casa Blanca ha confirmado que baraja “una amplia gama de opciones”, incluidas fórmulas de presión política, incentivos migratorios y, en último extremo, el uso de la fuerza militar. El planteamiento ha encendido las alarmas en Europa y ha abierto un debate incómodo sobre legalidad internacional y el futuro de la OTAN.
“Necesitamos Groenlandia desde el punto de vista de la seguridad nacional”, afirma Trump cada vez que se le pregunta. Sus declaraciones llegaron poco después de una operación militar estadounidense en Venezuela y fueron interpretadas en varias capitales europeas como una advertencia directa. Dinamarca respondió con contundencia que cualquier intento de anexión supondría, en palabras de su primera ministra, Mette Frederiksen, “el final de la alianza atlántica tal y como la conocemos”.
La llave del nuevo tablero ártico
Desde el punto de vista estratégico, el interés estadounidense por Groenlandia no es nuevo. La isla ocupa una posición central entre América del Norte, Europa y Rusia y controla accesos fundamentales al Ártico. Se asienta sobre el denominado GIUK Gap, el corredor marítimo entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido, un cuello de botella naval que durante la Guerra Fría fue esencial para el seguimiento de submarinos soviéticos y que vuelve a adquirir relevancia en un contexto de rearme global.

Estados Unidos mantiene desde hace décadas una presencia militar permanente en la base espacial de Pituffik (antigua Thule), en el noroeste de la isla. Allí se concentran sistemas de alerta temprana frente a misiles balísticos y capacidades de vigilancia espacial. Aunque hoy solo hay desplegados unos 150 soldados estadounidenses, durante la Guerra Fría llegaron a ser más de 6.000. Todo ello se ha hecho siempre bajo acuerdos bilaterales con Dinamarca, sin cuestionar formalmente su soberanía.
A este valor histórico se suma el decisivo factor del deshielo acelerado del Ártico. El cambio climático está abriendo rutas marítimas antes impracticables, como el Paso del Noroeste o la Ruta Transpolar, que podrían reducir de forma drástica los tiempos de transporte entre Asia y Europa. Groenlandia se encuentra en el centro de esas nuevas rutas, lo que refuerza su valor comercial y militar.

El interés de Washington no se limita al plano militar. Groenlandia alberga importantes reservas de petróleo, gas, minerales críticos y tierras raras, esenciales para tecnologías clave como los vehículos eléctricos, las energías renovables, el almacenamiento energético y múltiples aplicaciones de defensa. En un momento en que China controla buena parte del suministro mundial de tierras raras, reducir esa dependencia se ha convertido en una prioridad estratégica para Estados Unidos. “Trump ve Groenlandia como una de las piezas de mayor valor geopolítico y económico del planeta”, explica Clayton Allen, analista de Eurasia Group. “Es una inversión estratégica para las próximas tres o cuatro décadas. Este enfoque ayuda a entender por qué el presidente ha pasado de hablar de ‘seguridad económica’ a insistir ahora en la ‘seguridad nacional’, elevando el tono y la urgencia del mensaje”.
El ‘Golden Dome’ y la lógica de la defensa total
Uno de los pilares de la visión de Trump es el proyecto Golden Dome, un ambicioso sistema de defensa antimisiles anunciado el año pasado y concebido para proteger el territorio estadounidense de cualquier tipo de ataque, incluidos misiles hipersónicos. Groenlandia, por su proximidad a Rusia y por su posición en la ruta más corta entre ambos países, sería una plataforma ideal para desplegar sensores, radares e interceptores.
“Estados Unidos necesita acceso directo al Ártico para combatir amenazas que hoy no puede neutralizar”, señala Allen. “Y Groenlandia ofrece ese acceso”. Sin embargo, numerosos expertos cuestionan que la anexión sea necesaria para lograr esos objetivos. Washington ya dispone de presencia militar y podría ampliarla mediante acuerdos con Dinamarca. “No está claro por qué sería imprescindible el control total del territorio”, apunta Marion Messmer, directora del programa de Seguridad Internacional de Chatham House.
La green card y la vía de la seducción política
Más allá de la presión diplomática y militar, la Casa Blanca estudia la estrategia de ofrecer a los groenlandeses acceso preferente a la green card, el permiso de residencia permanente en Estados Unidos. La iniciativa, según fuentes de la Administración, se presentaría como una oportunidad individual de prosperidad económica y movilidad social, apelando directamente a la población local y no a las autoridades danesas.

La lógica es debilitar el vínculo político con Copenhague incentivando decisiones personales. Para Trump, se trataría de un primer paso hacia una integración progresiva de facto, no necesariamente mediante una anexión formal. La propuesta ha generado inquietud en Europa, donde se interpreta como una forma de presión indirecta sobre un territorio aliado.
Un estatus intermedio, al estilo de Puerto Rico
Según analistas cercanos a la Administración, Trump no concibe necesariamente a Groenlandia como un futuro Estado de pleno derecho, sino como un territorio asociado a Estados Unidos, con un estatus similar al de Puerto Rico. Es decir, bajo control estadounidense, con acceso parcial a derechos y beneficios, como la residencia o ciertos programas federales, pero sin representación plena ni soberanía real.
Este modelo permitiría a Washington asegurar el control estratégico del territorio sin asumir todas las obligaciones políticas y constitucionales de un nuevo Estado. Para los críticos, se trataría de una fórmula de “integración de segunda clase”, incompatible con los principios de autodeterminación. “No es cooperación, es absorción gradual”, resume un diplomático europeo.
Europa alza la voz
La reacción europea ha sido inusualmente firme. Francia, Alemania, Italia, Polonia, España y Reino Unido recordaron esta semana que Groenlandia “pertenece a su pueblo”. Dinamarca ha advertido de que podría revocar los acuerdos militares con Estados Unidos si se vulnera su soberanía.
El secretario de Estado, Marco Rubio, se reunirá en los próximos días con representantes daneses y groenlandeses para intentar rebajar la tensión. Pero el daño ya está hecho. Como señala el analista Thomas Crosbie, el problema no sería tanto la ocupación en sí, que podría hacerse sin disparar un tiro, como el precedente que sentaría. “El impacto real sería la erosión del Estado de derecho internacional”, advierte.
Más allá de Groenlandia, el debate revela hasta qué punto el Ártico se ha convertido en el nuevo escenario de la competencia global. En ese tablero helado, Trump ha decidido jugar con fuego.

