La revuelta de las faeneras de Málaga: cuando lo privado se convirtió en política

Repasamos con la catedrática María Dolores Ramos Palomo la historia de las faeneras: trabajadoras y madres, cuyo levantamiento fue el germen del sindicalismo femenino

La revuelta de las faeneras de Málaga

Enero de 1918. Málaga huele a pan caro y a rabia. En los barrios obreros, las mujeres hacen cuentas imposibles: el jornal no alcanza, la olla está casi vacía y los hijos esperan. Ellas lo saben antes que nadie. Porque son trabajadoras y madres. Porque sostienen la vida dentro y fuera de casa y gestionan el presupuesto familiar y la supervivencia cotidiana.

Entonces se lanzan la calle. No como acompañantes, no como esposas, sino como mujeres que ejercen agencia colectiva. Salen ellas. Las faeneras.

En 1918, aquellas mujeres no podían votar ni participar en las instituciones. No tenían representación pública y, en muchos ámbitos, dependían legalmente de sus padres o de sus maridos. Estaban excluidas de los espacios donde se tomaban las decisiones. Precisamente por eso, su presencia en la calle fue una ruptura. Sin derechos formales, pero con palabra; sin tribuna, pero con cuerpo, las faeneras desbordaron los límites que les habían sido impuestos y dijeron “se acabó”.

Recortes de prensa donde se habla de la Revuelta de las faeneras

¿Quiénes eran esas mujeres que tomaron las calles?

Las faeneras no formaban un grupo homogéneo ni se limitaban a un solo oficio. “Eran trabajadoras del sector agro-comercial que seleccionaban, clasificaban y envasaban frutos secos y frescos destinados a la exportación”, explica María Dolores Ramos Palomo, catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Málaga. Un trabajo estacional y mal pagado que las mujeres de las clases populares compatibilizaban con otras tareas remuneradas y con el cuidado de sus familias.

Pero el nombre de faeneras acabó desbordando su significado original. Durante la crisis de subsistencias de enero de 1918 se aplicó también a tejedoras, planchadoras, costureras o tenderas que se rebelaron contra el encarecimiento de los alimentos básicos y el acaparamiento de harina, aceite o pescado. Mujeres atravesadas por la misma precariedad y por una experiencia común de explotación laboral y doméstica.

No fue un estallido aislado ni una reacción instintiva. La movilización de las faeneras se inscribe en una coyuntura marcada por la inflación, la contención salarial y el desabastecimiento de productos básicos durante la Primera Guerra Mundial. Mientras España se mantenía neutral, propietarios agrícolas, industriales y comerciantes multiplicaban beneficios. Para las trabajadoras, en cambio, la vida se encarecía y los salarios —especialmente los femeninos— quedaban muy por detrás.

Se organizaron, convocaron mítines, manifestaciones, se reunieron con las autoridades

En ese contexto, las mujeres no solo protestaron: se organizaron. Perdieron el miedo a hablar en público, se reunieron en patios, talleres y fábricas, debatieron los pasos a seguir y se entrevistaron con las autoridades. “Improvisadas oradoras”, las define Ramos Palomo, mujeres que convocaron mítines y manifestaciones, confeccionaron banderas y trazaron itinerarios, haciendo visible su capacidad de acción colectiva pese a estar privadas de derechos ciudadanos.

La Revuelta de las faeneras ocupó las portadas de la prensa de la época

La revuelta fue también el resultado de una conciencia compartida, forjada en la experiencia diaria de la explotación. Jornadas interminables, salarios miserables, trabajo a destajo, agresiones sexuales, ausencia de seguro de maternidad o de protección ante accidentes laborales. A esa desigualdad estructural respondieron tejiendo lazos de solidaridad y ayuda mutua. “A la brecha de género —no solo salarial— las mujeres respondieron construyendo y sacando a la luz pactos no escritos que implicaban unidad y apoyo”, explica Ramos Palomo.

Se tejieron redes de apoyo de mujeres

Esos vínculos se extendieron más allá de los centros de trabajo. Los barrios, los corralones, los mercados, las fuentes y los lavaderos se convirtieron en espacios de encuentro y organización. Allí se compartían recursos, se cuidaba de las criaturas, se sostenían ollas comunes y se ofrecía refugio a mujeres víctimas de violencia de género. Una red cotidiana que, en palabras de la historiadora, revela hasta qué punto la vida doméstica estaba ya politizada.

Las faeneras salieron a la calle de forma pacífica y organizada. Recorrieron el centro de Málaga, entraron en despachos oficiales, pidieron reuniones con las autoridades y exigieron una bajada inmediata del precio de los alimentos básicos. No hubo violencia en sus formas ni improvisación en sus pasos. “Se entrevistaron con las fuerzas vivas, organizaron mítines y manifestaciones”, recuerda María Dolores Ramos Palomo, y lo hicieron desde una clara conciencia colectiva.

Durante varios días, las mujeres ocuparon el espacio público con consignas claras y una presencia constante. Portaban banderas, trazaban itinerarios y se daban relevo entre barrios. La protesta nacida en zonas obreras como El Perchel, La Trinidad, El Bulto, Huelin o La Victoria fue ganando visibilidad y apoyo, convirtiéndose en un problema político de primer orden para las autoridades locales.

Cuatro muertos, dos madres de familia

Al principio, la respuesta institucional osciló entre la incredulidad y la tolerancia. Las mujeres fueron recibidas con gestos paternalistas y promesas vagas. Se las invitó a regresar a sus casas a la espera de una bajada de precios que nunca llegó. Pero las faeneras no se retiraron. Persistieron. Y esa persistencia —femenina, popular y organizada— marcó el punto de inflexión.

Los disparos contra una manifestación pacífica provocaron una honda impresión en la ciudad. La muerte de cuatro personas —dos de ellas mujeres, madres de familia— y las decenas de heridas y heridos marcaron un punto de no retorno. La violencia institucional desbordó el marco de la protesta inicial y convirtió lo que había comenzado como una revuelta protagonizada por mujeres en un conflicto social de mayor alcance.

La indignación se extendió por los barrios obreros, los talleres y los centros de trabajo. Durante horas, y después durante días, la represión fue el tema de conversación en la calle, en los mercados y en los espacios de sociabilidad popular. La pregunta dejó de ser si las faeneras debían retirarse. La pregunta pasó a ser cómo responder a unos disparos dirigidos contra una protesta pacífica.

“No es a balazos como se calla el hambre, sino con pan”

Fue entonces cuando el conflicto dio un nuevo salto. La respuesta ya no fue solo femenina ni sectorial. Una huelga general paralizó Málaga durante varios días, en señal de rechazo a la violencia ejercida por las autoridades. En los barrios, las mujeres volvieron a tomar la palabra con una consigna que resumía el sentir colectivo: “No es a balazos como se calla el hambre, sino con pan”.

Placa en Málaga en homenaje a la Revuelta de las Faeneras

El conflicto se cerró sin respuestas a corto plazo. La bajada de precios prometida nunca llegó y el decreto anunciado no se materializó, pero no fue un final sin efectos. La revuelta de las faeneras no se agotó en la protesta. Ese mismo año, las trabajadoras impulsaron en Málaga los primeros sindicatos exclusivamente femeninos, vinculados a las centrales CNT y UGT. Tejedoras, sastras, faeneras, trabajadoras agrícolas o estuchistas comenzaron a defender de forma organizada sus intereses, reclamando horarios compatibles con la vida familiar, seguro de maternidad y accidentes, guarderías, comedores infantiles y cantinas en los centros de trabajo.

Más de un siglo después, esas redes no han desaparecido. Cambian los nombres y los contextos, pero la lógica persiste: mujeres que se organizan, que comparten recursos, que se cuidan entre ellas cuando la vida aprieta. La historia de las faeneras recuerda que la política también se construye ahí, en esos vínculos, lejos de los despachos, cuando la supervivencia se vuelve común.

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