Generación conectada

¿Tendremos que sacarnos el carné de padres 2.0?

Cómo acompañar, poner límites y educar en el uso de la tecnología de forma responsable se ha convertido en un reto central para familias y escuelas en una sociedad marcada por la hiperconexión

La hiperconexión está en nuestro menú informativo. No hay una semana en la que no se hable de ello. Intentamos subsistir a una época en la que los cambios de hábitos comportamentales van lentamente acabando con valores esenciales tales como el saber estar, ser amable, ceder el sitio o ser paciente.

Los niños viven levitando en un estado de conexión permanente y no llegan a percibirlo ni como algo desfavorable. No diferencian entre poder comunicarse, pasarlo bien o sentirse meramente acompañados por sus referentes. Crecieron con un móvil en la mano y no hay ahora quién se lo quite.

¿No estamos ante un problema mucho mayor que una simple adicción a las pantallas? ¿No deberíamos replantearnos desde cero la educación en casas y aulas? La falta de preparación de unos padres para criar unos niños (que pronto sabrán más que ellos) es probablemente uno de los debates más fundamentales. Educar en un entorno que exige atención permanente resulta ser complicado para unos progenitores cada vez más avaros con su tiempo libre.

Iniciativas internacionales para atajar el problema

Según datos recientes de UNICEF y de la OCDE, más del 90% de los adolescentes europeos tiene acceso a diario a un smartphone y pasa varias horas al día conectado. El dato que se menciona menos es otro: los adultos superan ya, en muchos países, las cinco horas diarias de uso fuera del ámbito de trabajo.

Si Australia fue el primer Estado en llevarse el gato al agua, Francia siguió recientemente la misma senda. Macron, su gobierno y la mayoría de los diputados van camino de aprobar una ley prohibiendo el acceso a redes sociales a los menores de 15 años. La nueva ley surge tras una macro investigación parlamentaria que analizó las actividades de polémicos creadores de contenidos del país vecino.

Mientras Europa observa y titubea, algunos países nórdicos apuestan por vetar las tabletas en sus colegios. Otros países prefieren implementar sistemas de consentimiento parental o reforzar la educación digital. En Japón, un alcalde tuvo la iniciativa curiosa de limitar el acceso diario a sus ciudadanos, una normativa local difícil de hacer respetar, pero sí puede llegar a concienciar a todos los padres.

La hiperconexión no es una patología, es parte del sistema

Hace tiempo que se viene observando el peligroso efecto de ese excesivo consumo sobre nuestros cerebros. Y, aunque brote un cierto hartazgo últimamente, el impacto de las redes sigue martilleando, desde muy pronto, las mentes de las futuras generaciones. Moldean su actividad cerebral y forjan sus personalidades. También orientan sus gustos, hábitos y alteran sus motivaciones.

Los jóvenes no están enganchados a las distintas plataformas por una debilidad individual o una moda temporal. Viven dentro de un ecosistema donde no se puede vivir de otra forma. Como cuando llegábamos a casa nosotros los “viejunals” y suplicábamos a mamá el poder pasar una llamada desde el teléfono fijo a un camarada.

Protección de datos en el teléfono móvil - Sociedad
Dos jóvenes miran sus teléfonos móviles en Madrid.
EFE/Mario Morón

Las limitaciones de las distintas leyes

El mal uso de la tecnología entre los más jóvenes ya es un problema de salud pública. El uso intensivo de dispositivos se relaciona con problemas de sueño, dependencia del refuerzo o aprobación externa, dificultad de concentración y baja autoestima. El dilema está en cómo atajar esa pandemia, ¿a través de leyes y normas centralizadas?

La pregunta resulta incómoda: ¿quién verificará la edad si no son las propias familias o las plataformas? ¿Qué pasará en el caso de detectar que un niño engaña a sus mayores y a todo el sistema?

Algunos padres evitan conflictos y broncas y siguen regalando móviles demasiado pronto. Muchos adolescentes sortean las restricciones con una extrema facilidad, otros migran a plataformas menos reguladas. El riesgo suele ser desplazar el problema a la sombra. Es como esconder el polvo debajo de la alfombra.

No se puede tampoco retirar el uso de la tecnología a los jóvenes y crear una nueva brecha. Para evitar que algunos chicos se sientan relegados en el patio del instituto, nos haría falta una concienciación y una respuesta social alineada. Se habla mucho de responsabilidades y querer ser buenos padres, ¿pero nos hemos preguntado alguna vez si somos unos buenos mentores digitales?

Educar sin haber sido educados

El ejemplo, sin lugar a duda, debe venir de los padres, pero ¿cómo alinearles a todos con unas situaciones personales, culturales y sociales tan diferentes? Dejar el móvil a los niños es una forma egoísta de evadir a esas responsabilidades parentales, escapar durante unos minutos a los llantos y suplicaciones, y poder tener un momento de tranquilidad en las comidas familiares.

Nuestros padres nos educaron como pudieron, sin enciclopedias, sin comunidades como las de “malas madres” y sin coaches. Nos enseñaron la vida repitiendo sus propias costumbres, transmitiéndonos la sabiduría de nuestros ancestros, también sus errores e ideas fijas. Pero de por medio, apareció la tecnología y no se le otorgó el foco que se merecía. Está claro que en algún momento se ha dejado el destino de toda una generación en manos de la suerte y a otras facetas igualmente aleatorias.

Los padres no pueden tampoco usar el móvil como una herramienta de negociación, a cambio de irse pronto a la cama o tener mejores notas. Esto eleva ese artilugio en el subconsciente de los niños al nivel máximo del deseo, a un estatuto de lujo, a la imagen de algo valioso y admirable. Tampoco se deben fomentar situaciones inverosímiles donde padres y profesores imponen límites horarios digitales, mientras responden a correos o se pierden contestando a decenas de mensajes.

Un carnet de padres 2.0

Hablar de prohibir cosas sin realmente explicar el porqué, ni sentar las bases con los padres, es como no hacer nada. El problema es que, a menudo, y por primera vez en la historia, los menores saben más de un nuevo avance o tecnología que sus propios papás. ¿Cómo van a imponerles límites si no saben ni cómo funcionan realmente todas esas herramientas?

Los padres deberían ir a cursos de actualización habituales, asistir a clases dónde estar al tanto de las tendencias, conocer los códigos y palabros de la nueva jerga, resolver sus dudas, entender cómo funcionan los algoritmos y los riesgos a los que sus hijos se enfrentan. El acoso o el grooming, la exposición prematura a contenidos nocivos o la explotación de datos personales son los más habituales, pero una solución sencilla apuntaría también a vigilar el buen desarrollo cognitivo y la salud mental de los ciudadanos más jóvenes.

Podría pasar por alentar otros tipos de actividades desconectadas y familiares, de forma consciente y divertida: baños de bosque, paseos por el campo, deportes en equipo, experiencias extraescolares y tener alternativas sanas a las de estar siempre conectados.

La madurez, en esta época de referencias tan desdibujadas, no llega por decreto, ni por una edad legal concreta. Exige una toma de conciencia por parte de los educadores, una generosa inversión en tiempo y dedicación máxima por parte de los padres, y luego, ¿por qué no un carné de padres 2.0?, a través de un acompañamiento educativo por parte del Estado.

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