Durante día y medio, Paula Fraga dejó de ser sólo una abogada penalista y una voz incómoda en el debate público para convertirse en algo que nunca eligió: Una víctima más de la violencia sexual ejercida con inteligencia artificial. No hubo contacto físico, no hubo encuentro real, pero el daño fue tangible, reiterado y profundamente humano. Su imagen, o mejor dicho, una versión manipulada de ella, circuló desnuda, sexualizada y degradada sin su consentimiento, generada mediante la IA Grok, y expuesta ante miles de miradas.
Hablar de “imágenes falsas” no alcanza a describir lo que ocurrió. Porque, aunque el cuerpo que aparecía no fuera exactamente el suyo, la agresión sí lo fue. “Desde luego yo soy un ejemplo de ello”, explica Fraga cuando se le pregunta si este tipo de ataques buscan silenciar a mujeres con voz pública. “Esta campaña fue a nivel global y fueron miles de mujeres afectadas, pero a mí durante día y medio fueron muchas imágenes, de una forma bastante más reiterativa que a otras mujeres”.
No es casual. Fraga lleva años denunciando públicamente cuestiones que generan rechazo y hostilidad. “Yo denuncio públicamente esto y tantos otros temas que no gusta que sean denunciados”, señala. Y ese señalamiento tiene consecuencias. “Creo que un pensamiento de este tipo, de esta gente, es: Bueno, así aprendes la lección y no vuelves, y no te expones”.
La violencia no busca solo excitar o humillar. Busca disciplinar. Empujar fuera del espacio público a quien molesta. Es también limitarnos en el uso de nuestras redes, expulsarnos del debate público”, dice. En su caso, “ni siquiera se trata de una exposición basada en la imagen. “Yo soy una voz política que no está subiendo fotos de sí misma, pero si un día quiero subir una foto, no tengo que dejar de hacerlo por lo que me hagan estos tipos”.

La humillación es el núcleo. Fraga lo dice sin rodeos. “La principal es la de humillar y de tratar de degradar a las mujeres”. Una humillación que se apoya en un juicio social profundamente desigual. “Saben que haciéndonos eso nos ponen de putas, de zorras, de guarras… saben cómo nos degrada y el daño que nos hace”. No es una percepción subjetiva, es una violencia que se apoya en el machismo estructural y en el castigo social que todavía pesa sobre la sexualidad femenina, incluso cuando es impuesta.
A pesar de todo, Fraga no se ha retirado. Denunció las imágenes en redes sociales, acudió a comisaría y lo hará siempre que le pase, asegura. Pero eso no significa que el impacto no exista. “Claro que puede afectar”, admite al hablar de su trabajo. “Pueden pensar: ‘pero vamos a ver, ¿Esta mujer no era un perfil serio?’”. El daño no se limita al ámbito profesional. “Esto es una vulneración del derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, y más allá de que yo tenga fortaleza, hay esa afectación y por eso no se puede dejar pasar”.
Cuando se pregunta por qué estas agresiones afectan mayoritariamente a mujeres, la respuesta es tan simple como incómoda. “Porque sigue habiendo machismo en la sociedad”. A los hombres también se les puede desnudar digitalmente, pero el juicio social no cae con la misma violencia. “La diferencia es abismal”, insiste. “Es una cuestión de sexismo y de juicio sobre el comportamiento y la conducta sexual de las mujeres”.
La ausencia de respaldo institucional añade otra capa de desprotección. El Ministerio de Igualdad no se ha pronunciado sobre este caso, y Fraga no se muestra sorprendida. “Si otras divulgadoras políticas de su cuerda hubiesen sido afectadas, ya habrían hecho un casus belli”. Su perfil crítico ha pesado más que la gravedad de los hechos. “Conociendo mi perfil, deciden callarse y dar la espalda como tantas otras veces”.
No es la primera vez. Recuerda campañas previas de amenazas extremas, sin apoyo institucional alguno. Por eso, su conclusión es dura: “Es un Ministerio de Igualdad profundamente hipócrita, que no le preocupan las mujeres ni nuestros derechos, sino difundir una narrativa”.
Más allá del caso concreto, Fraga insiste en que el problema es estructural y va a repetirse. Desde el punto de vista jurídico, reclama tipificar de forma específica el llamado deepfake sexual, la generación de contenido pornográfico o pedófilo sin consentimiento mediante inteligencia artificial. “Esto va a seguir pasando todos los días y tristemente con mucha frecuencia”. Pero incluso antes de castigar, subraya la necesidad de prevenir, la importancia de limitar de forma tajante cualquier uso sexual de estas tecnologías. Es un recordatorio incómodo de que la violencia evoluciona, pero el daño sigue siendo el mismo. Cambian las herramientas, no la intención. Y mientras tanto, las víctimas siguen teniendo nombre, rostro y una vida que no eligieron ver expuesta.
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