La otra cara del alto rendimiento: hasta un 35% de las y los atletas de élite sufre un trastorno alimentario

El 78% de los casos de trastorno alimentario detectados lo sufren mujeres, frente al 22% de los hombres

Fotograma de la serie 'Olympo', de Netflix.

Ante la cámara, aplausos, medallas y sonrisas. Bajo los focos, las deportistas de élite encarnan el ideal de disciplina, salud y fortaleza. Pero lejos de las pistas, en el silencio de un vestuario vacío o en la soledad de una habitación de hotel, algunas libran batallas que no aparecen en las retransmisiones ni en las crónicas. Son las que enfrentan contra su propio cuerpo.

Un estudio internacional liderado por el Hospital Universitario de Bellvitge enciende una alarma que resuena más allá del deporte: entre un 20 % y un 35 % de los atletas profesionales sufre un trastorno de la conducta alimentaria (TCA). En la población general, la cifra apenas oscila entre el 1 % y el 5 %. La brecha es tan amplia como inquietante.

El trabajo, dirigido por el psicólogo clínico Fernando Fernández-Aranda y publicado en Journal of Eating Disorders, no se limita a mostrar datos, identifica causas concretas. La presión por mantener cierto peso, la obsesión por la imagen corporal y las exigencias extremas de rendimiento en algunas disciplinas están minando la salud mental de quienes, paradójicamente, admiramos por su fortaleza.

El espejo, un enemigo silencioso

La investigación arroja un dato imposible de ignorar: el 78 % de los casos detectados en atletas corresponden a mujeres y el 22 % a hombres. En la población general, el 91 % de quienes padecen TCA son mujeres, lo que confirma que, aunque los hombres también se ven afectados, su problema a menudo pasa desapercibido.

La diferencia no es sólo cuantitativa, sino también cualitativa. Ellas reportan niveles más altos de ansiedad, insatisfacción corporal e incluso pensamientos suicidas. Ellos, en cambio, tienden a camuflar el malestar bajo horas extra de entrenamiento o una obsesión con la musculación y el rendimiento, lo que retrasa la detección y el tratamiento.

En el caso de las mujeres, el espejo puede convertirse en un juez implacable. En disciplinas como la gimnasia o el patinaje artístico, la exigencia estética no es un rumor, forma parte del sistema. Cada gramo de más, cada centímetro de cintura, puede convertirse en motivo de crítica o incluso en la llave que las deja fuera de una competición.

El deporte que salva… y el que hiere

“El deporte puede proteger la salud mental, pero también puede generar situaciones de vulnerabilidad”, advierte Fernández-Aranda. Esa doble cara es evidente: la práctica deportiva ofrece gratificación personal, reconocimiento y comunidad. Pero cuando el rendimiento se antepone al bienestar, la frontera entre la excelencia y el daño se vuelve demasiado fina.

Disciplinas como la natación, el piragüismo, las artes marciales o cualquier disciplina con categorías de peso pueden convertirse en trampas invisibles. “Tras cada entrenamiento, comía en exceso para después castigarme con otra sesión. Vivía en silencio y con frustración la imposibilidad de contar mi problema, para seguir en el equipo y no decepcionar a mi familia”, confiesa a Artículo 14 una nadadora profesional que pide mantener el anonimato.

Si la presión por rendir es intensa, en el caso de las mujeres se añade una carga cultural que viene de lejos. Las redes sociales, con su desfile incesante de cuerpos “perfectos”, alimentan estándares inalcanzables. Fenómenos como el skinnytok o los retos virales de dietas extremas llegan incluso a niñas de 10 a 14 años, una franja de edad en la que los casos de TCA se han disparado.

El deporte, que en teoría debería proteger frente a estas tendencias, a veces las amplifica. Entrenadoras, entrenadores y jueces -a menudo sin formación en salud mental– comentan el físico de una atleta como si fuera un parámetro más de su rendimiento. Para muchas deportistas, el miedo a engordar deja entonces de ser un pensamiento pasajero y se convierte en un motor constante de autodestrucción.

Después del aplauso: el vacío

El estudio también señala un momento del que casi no se habla: el final de la carrera deportiva. Cuando se apagan los focos y desaparecen las rutinas de entrenamiento, muchos atletas se enfrentan a un vacío identitario. Sin objetivos claros ni apoyo psicológico, el riesgo de recaer en un TCA se dispara.

“Hay que cuidar no solo la etapa de éxito, sino también la que viene después, cuando muchos deportistas se sienten desamparados y desorientados respecto a su futuro”, subraya Fernández-Aranda. Porque, al final, la medalla no protege contra la soledad.

Uno de los mensajes más urgentes del informe es la necesidad de adaptar las herramientas de detección a las distintas formas que puede adoptar un TCA según el género, la disciplina y el contexto. Lo que sirve para identificar anorexia en una gimnasta no detectará vigorexia en un remero.

Entrenadores, nutricionistas y personal técnico necesitan formación específica no solo para reconocer señales de alarma, sino para ofrecer apoyo continuo y libre de estigmas. Porque, como recuerda el estudio, en un alto porcentaje de los casos que llegan a la unidad de Bellvitge, el tratamiento funciona. Pero para tratar, primero hay que saber ver.

Hacia una ética deportiva más humana

“El reto es lograr que haya un cambio estructural, que federaciones y clubes incorporen la salud mental y la diversidad corporal en sus políticas, y que se entienda que el rendimiento no puede medirse solo en segundos, kilos o puntuaciones”, concluye Fernández – Aranda.

El deporte de élite tiene la oportunidad -y la responsabilidad- de ser un espacio donde competir no implique poner en riesgo la vida. Donde la fortaleza no se mida por lo que el cuerpo soporta, sino por cómo se cuida. Porque detrás de cada medalla hay una historia, y ninguna victoria merece escribirse a costa de la salud de quien la alcanza.

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