Invasión rusa

“Mi Yana no está”: la madre ucraniana que ha perdido a su hija en el ataque a Kiev

La capital ucraniana está de luto. El barrio de Darnytskyii ha sufrido la devastación del Ejército de Putin. Mientras Kateryna llora la ausencia de “su Yanulka”, también aguarda noticias sobre su yerno, en estado grave, y su nieto de 11 años, hospitalizado con una fractura

Ataque ruso en Kiev
X: @ZelenskyyUa

La madrugada del 28 de agosto, Kyiv vivió uno de los ataques más devastadores desde el inicio de la invasión rusa. Misiles y drones alcanzaron diferentes distritos de la capital ucraniana, provocando destrucción en edificios residenciales e instalaciones civiles. El distrito de Darnytskyi fue uno de los más golpeados: un proyectil impactó de lleno en un bloque de cinco pisos, derrumbando la entrada completa y atrapando a las familias que dormían en su interior.

El saldo fue trágico: al menos 18 personas murieron en Kyiv esa noche, entre ellas cuatro niños, y decenas resultaron heridas. El 29 de agosto fue declarado Día de Luto en la capital. Pero más allá de las cifras y comunicados oficiales, el ataque dejó historias íntimas que revelan el verdadero dolor de los afectados. Una de ellas es la de Kateryna, una madre que perdió a su hija en el derrumbe y que hoy vive con la angustia de ver a su yerno y a su nieto hospitalizados.

Kateryna recuerda para el medio ucraniano Canal24 el momento en que se enteró de la tragedia. “Por la mañana, leí que un edificio de cinco pisos fue golpeado en el distrito de Darnytskyi. Pensé, Dios, al menos no en la casa de Yana. Entonces Sasha (el marido de la difunta) llama, dice: ‘Mamá, ya sabes, Yana no está allí’”.

Ataque ruso en Kiev
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El dolor de Kateryna no se limita a la pérdida de su hija. Su yerno, Sasha, se encuentra en estado grave en un hospital de la capital. El nieto, Maksym, sufrió una fractura en el brazo y también permanece ingresado. Kateryna aún no ha podido verlos.

A pesar del dolor, Kateryna acudió al edificio destruido.  Ella describe con impotencia: “Pensé que toda la casa estaba formada, y esta es solo su entrada. No hay mi Yanochka ahora…”. La repetición de las palabras refleja la incredulidad de una madre que no encuentra consuelo.

“Ningún lugar es seguro”

Mientras intenta sobrellevar la pérdida, Kateryna enfrenta la incertidumbre sobre el futuro de su yerno y su nieto. Maksym, con apenas 11 años, ha perdido a su madre y cargará con las secuelas físicas y emocionales del ataque.

Por suerte sobrevivió, pero otros pequeños no tuvieron la misma suerte. Según UNICEF, la víctima más joven de la ofensiva tenía apenas dos años y medio. Cuatro niños murieron en Kyiv y al menos una decena resultaron heridos en aquella noche marcada por el estruendo de los misiles.

Vista del lugar de un ataque ruso cerca de un edificio residencial de nueve pisos en Kiev
EFE/EPA/SERGEY DOLZHENKO

El representante de UNICEF en Ucrania, Munir Mammadzade, visitó el edificio destruido en Darnytskyi y relató una escena de desolación: “ropa, juguetes y zapatos yacían esparcidos por la acera del área residencial impactada”. Subrayó que hoy en el país “ningún lugar es seguro” y que la alarma aérea en Kyiv llegó a prolongarse casi doce horas.

El secretario general de la ONU condenó los ataques contra civiles y recordó que golpear infraestructuras y viviendas viola el derecho internacional humanitario. Son acciones, dijo, “inaceptables y deben terminar de inmediato”, con el objetivo de abrir paso a un alto el fuego que lleve a “una paz justa, integral y sostenible en Ucrania”.

Muchos de los niños heridos durante la ofensiva ingresaron en hospitales con traumatismos graves, y las autoridades advierten de que las cifras pueden aumentar conforme avancen las labores de rescate. El organismo de Naciones Unidas alertó también de que la guerra está dejando huella en la salud mental de los niños: cambios bruscos de humor, ansiedad constante y sensación de falta de futuro son algunos de los síntomas más frecuentes. En palabras de Mammadzade, “lo que más temen es por sus vidas y, desgraciadamente, a menudo nos dicen que no tienen sueños ni esperanzas”. A pocos días del inicio del curso escolar, crecer bajo sirenas y refugios se ha convertido en la normalidad para una generación entera.

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