Anna Wintour asumió la dirección de Vogue en 1988, cuando la revista necesitaba recuperar prestigio, frescura y liderazgo. Desde entonces, además de redefinir la identidad visual y narrativa del medio, elevó la figura del editor-jefe a un estatus de poder cultural pocas veces visto. Su característico corte bob, sus gafas oscuras y su presencia imperturbable se convirtieron en un símbolo; el de una mujer que moldeó la industria durante más de tres décadas con una mezcla de visión infalible, severidad estratégica y un olfato único para detectar, y fabricar, tendencias.
A lo largo de su mandato, Wintour transformó la portada de Vogue en un acontecimiento global. Apostó por celebrities cuando la alta costura todavía se resistía a ellas, impulsó carreras, consolidó alianzas entre Hollywood y la moda y convirtió la revista en la brújula estética de una época. Gracias a ese liderazgo, Vogue se mantuvo en el centro del debate cultural, incluso cuando el mundo editorial comenzó a tambalearse con la llegada de lo digital. Su fórmula, mezcla de elegancia clásica, riesgo calculado y visión comercial, la mantuvo siempre un paso por delante.

Gracias a ese liderazgo, Vogue se mantuvo en el centro del debate cultural, incluso cuando el mundo editorial comenzó a tambalearse con la llegada de lo digital. Su fórmula -mezcla de elegancia clásica, riesgo calculado y visión comercial- la mantuvo siempre un paso por delante.
La última portada que firma, la de diciembre de 2025, está concebida como un cierre simbólico de su etapa. En ella aparece Timothée Chalamet, fotografiado por Annie Leibovitz, en un escenario que mezcla un cielo estrellado con la obra “City” de Michael Heizer en el desierto de Nevada, un montaje que se ha interpretado como una metáfora del final de un ciclo. El actor viste piezas de Celine —polo de cuello alto, abrigo crema y vaqueros bordados— en una imagen que responde a la estética pulida y controlada que caracterizó la era Wintour.
Esta elección resume su sello: portadas concebidas para generar conversación y situar a la revista en el centro de la cultura del momento.
Pero su legado no está exento de controversias. Bajo su dirección hubo portadas y decisiones editoriales que desataron debates sobre representación, estereotipos, diversidad y poder. Wintour enfrentó críticas por la lentitud en abrir espacio a modelos, fotógrafos y voces racializadas; por mantener una estética demasiado homogénea; o por potenciar una cultura de perfección que a veces se percibía desconectada de las realidades sociales. Aun así, también fue una de las figuras que más impulsó la profesionalización del sector, la presencia de mujeres en puestos de liderazgo y la consolidación de eventos como la Gala del Met, que bajo su dirección se convirtió en el escaparate global definitivo de la moda.
Su salida abre un interrogante enorme: ¿qué será de Vogue sin la mujer que la dirigió como si fuera un imperio personal? Las nuevas generaciones reclaman más diversidad, nuevas narrativas, más sostenibilidad y una mirada menos elitista. La industria, por su parte, exige adaptación constante a un mercado digitalizado, veloz y cada vez más imprevisible. La ausencia de Wintour inaugura un espacio para la reinvención, pero también una presión evidente: mantener la relevancia histórica de la cabecera sin la figura que la sostuvo durante casi cuatro décadas.
El fin de la era Wintour no solo marca un cambio en la redacción de una revista; marca un cambio en la cultura de la moda. Su legado influirá durante años, pero el futuro de Vogue dependerá ahora de cómo se escriba el primer capítulo sin ella.
