Ronald Simmons no parecía, a simple vista, un monstruo de manual. Había pasado años en la Marina y en las Fuerzas Aéreas y había recibido medallas. Se casó joven con Rebeca Ulibarri. Tuvieron siete hijos. Vivían en Nuevo México.
Hasta que lo investigaron por abusos. Y no por “rumores” vagos. Había abusado de su hija Sheila, que era menor, y además la había dejado embarazada. Cuando Ronald sintió que el cerco se cerraba, no se defendió. Huyó y se llevó a toda la familia a Arkansas.
Allí se asentaron en un terreno donde el hogar no era una postal navideña: dos casas móviles unidas, aisladas del mundo y sin teléfono.
Una familia bajo mando
La vida con Ronald era de control absoluto. Órdenes, miedo, y una disciplina militar aplicada como castigo doméstico. Quienes conocieron a los Simmons hablaban de una violencia de fondo: primero verbal, a veces física. Los niños eran extremadamente tímidos, reacios a hablar de su casa como si el silencio fuera parte del uniforme.
Y luego llegó el encierro literal. Después del colegio y los fines de semana, el padre ponía a los hijos a recoger piedras para construir un muro alrededor de la propiedad. Un perímetro para que nadie entrara…y sobre todo para que nadie saliera.

Rebeca dejó su propia versión de la historia en cartas a sus hijos. No suenan a crisis matrimonial sino a cautiverio: “Soy una prisionera aquí…y los niños también”, “No quiero vivir el resto de mi vida con tu padre”, “Cada vez que pienso en la libertad, quiero salir cuanto antes”.
Imaginaba cosas pequeñas como si fueran lujos imposibles: tener teléfono, ir a comprar sin pedir permiso, ir a la iglesia, recibir visitas sin miedo. “Los hijos preferían que el padre no estuviera. Tenían escondites para evitarlo cuando estaba en casa” contaron amigos de la familia.
A finales de 1987 Rebeca decide que no quiere morir en vida. Quería marcharse con sus hijos. Había estado ahorrando, preparando la salida. Pero la idea de perder el control no era Ronald un duelo sino una declaración de guerra.
Y decidió acabar con todo.
22 de diciembre: el comienzo
A primera hora de la mañana, golpeó y disparó a su esposa. También mató a su hijo mayor, Gene, que estaba de visita. Estranguló a su nieta de tres años. Luego arrojó los cuerpos a una fosa: un agujero que él mismo había mandado cavar meses antes con la excusa de construir un retrete exterior.
Horas después el autobús escolar dejó en casa a los cuatro hijos menores, de 8, 11, 14 y 17 años. Era el primer día de vacaciones. Ronald les dijo que tenía regalos y que se los entregaría de uno en uno. Fueron saliendo al porche. Allí los ahogó en un barril de agua. Después, otra vez, el hoyo.
26 de diciembre: la cena “después de Navidad”
Cuatro días más tarde, Ronald organizó una cena familiar. Los hijos mayores acudieron sorprendidos: sería la primera vez en mucho tiempo que estarían todos.
El primero en llegar fue William, de 23 años, con su esposa Renata y su hijo de un año. William y Renata fueron abatidos a tiros. Los cuerpos quedaron allí mismo, en el salón. El niño fue asfixiado y metido en el maletero del coche.

Después llegó Sheila, ya de 24 años: la hija a la que había abusado cuando era adolescente. Apareció con su marido y sus hijos. El matrimonio murió por disparos. Los niños, estrangulados.
Para entonces, los asesinatos dentro del núcleo familiar ya sumaban catorce: esposa, hijos, nueras, yernos y nietos. La familia convertida en inventario de muertos.
28 de diciembre: a plena luz del día
Ronald había terminado dentro de casa, pero aún no había acabado con el mundo.
Cogió su arma y fue a un despacho de abogados. Allí mató a la recepcionista, Kathy. Una mujer que, según se supo después, había rechazado repetidas insinuaciones sexuales de Ronald.
Después se dirigió a una empresa y disparó a varias personas, dejando heridos y muertos a su paso.
Su última parada fue su antiguo lugar de trabajo, donde mató a quien había sido su jefe.
Entonces tomó a una trabajadora como rehén y le ordenó que llamara a la policía. Y cuando llegaron, se rindió. Sin tiroteo final ni huida épica.
La escena final
El recuento terminó siendo de 16 muertos: 14 familiares y 2 víctimas fuera del hogar.
En el juicio Ronald dejó otro detalle escalofriante: incluso allí quiso seguir mandando. En un momento se abalanzó y golpeó al fiscal en la cara; intentó arrebatar el arma a un agente, por suerte sin éxito. Fue declarado culpable de todos los cargos y condenado a muerte.

Pasó años en prisión hasta que, en 1990, el entonces gobernador de Arkansas, Bill Clinton, firmó la orden de ejecución.
Nadie de su familia reclamó el cuerpo. Fue enterrado en una fosa común. La casa quedó como el lugar donde una palabra escrita por Rebeca en una carta, “prisionera”, había sido un aviso. No se escuchó a tiempo.


