Algo está cambiando. Puede que no sea evidente, pero las mujeres están llevando a cabo una revolución silenciosa. Mientras el negacionismo grita, avanza, ocupa espacio y cosecha éxitos electorales, ellas han decidido salirse del camino marcado y ponerse a coser: a tejer una red que protege, amortigua la caída y hace posible romper el silencio con unas mínimas garantías.
Hace apenas unos años habría sido impensable que víctimas anónimas señalaran públicamente la violencia sexual sufrida a manos de hombres no solo poderosos y reconocidos, sino auténticos mitos nacionales. Julio Iglesias es el último ejemplo, pero no el único. Hace menos de un mes, otra mujer acusó al expresidente Adolfo Suárez de agresiones sexuales cuando ella era menor. ¿Está la vergüenza cambiando de bando, como reclamó Gisèle Pelicot?

“Tienes que entender que lo que hoy sé del consentimiento no es lo que sabía hace cuatro años”. La frase la pronunció hace pocos días la militante socialista que acusó de acoso sexual a un compañero del PSOE en Torremolinos. Resume mejor que cualquier consigna el cambio social que estamos atravesando casi sin darnos cuenta. Lo que ha cambiado no es el pasado, sino la forma de leerlo.
Ese desplazamiento tiene un anclaje claro en el cambio legal y simbólico que supuso la aprobación de la Ley del solo sí es sí. La norma introdujo un giro profundo en la forma de entender la violencia sexual: situó el consentimiento en el centro y desplazó el foco desde la conducta de las mujeres hacia la de los agresores.
Para muchas, no fue tanto una herramienta jurídica como una clave de lectura. Comprender que no haber gritado, no haberse defendido o no haber dicho “no” de forma explícita no invalida lo vivido, permitió revisar experiencias pasadas sin culpa ni sensación de exageración. La ley no eliminó el miedo, pero sí redujo la vergüenza y legitimó algo previo a la denuncia: reconocerse como víctima.
Ese reconocimiento individual se ha producido, además, en un contexto de infradenuncia estructural. Apenas se denuncia en torno al 8 % de las agresiones sexuales. La mayoría de estas violencias nunca llegan a los tribunales y quedan impunes. Denunciar sigue implicando un alto coste emocional y social y una revictimización casi segura. Por eso, hablar no siempre significa denunciar, ni romper el silencio equivale necesariamente a confiar en la justicia. Para muchas mujeres, la vía judicial no es una opción realista.
El papel de los relatos anónimos
A ese cambio legal se añade un fenómeno clave: la aparición y difusión masiva de relatos anónimos de violencia sexual, impulsados por la periodista Cristina Fallarás. Estos espacios no buscan condenas ni sustituyen a la justicia, pero han cumplido una función decisiva: permitir hablar sin exponerse.

El anonimato ha rebajado el coste emocional de la palabra. Ha permitido que mujeres que nunca denunciarán —por miedo, prescripción, dependencia o desgaste— puedan, al menos, romper el silencio. Al hacerlo, han generado un efecto colectivo: leer decenas o cientos de relatos similares ha ayudado a muchas otras a reconocerse y a entender que lo vivido no fue un hecho aislado ni una experiencia individual, sino parte de un patrón estructural.
En ese mismo tejido han ido tomando forma otras iniciativas de organización silenciosa. Junto a los testimonios anónimos y al periodismo que los ha amplificado, han surgido espacios impulsados por mujeres juristas y profesionales que acompañan, escuchan y ponen palabras jurídicas a lo vivido, incluso cuando no hay denuncia. Uno de ellos es el flamante Observatorio Judicial de Violencia Sexual, que forma parte de ese entramado discreto que sostiene a las víctimas lejos del ruido y de la confrontación pública.
Casos judiciales que ensanchan lo posible
También han influido de forma decisiva procesos judiciales poco frecuentes, como el de Elisa Mouliaá, que logró sentar en el banquillo a Íñigo Errejón por una agresión sexual ocurrida años atrás. Que una conducta considerada durante mucho tiempo “leve” o “insuficiente” para merecer denuncia llegue a juicio contra una figura política relevante ensancha el marco de lo denunciable.

Estos casos transmiten un mensaje poderoso: la violencia sexual adopta muchas formas y el paso del tiempo no invalida automáticamente el relato. Con una investigación rigurosa, una agresión puede acreditarse. Para muchas mujeres, ver que la justicia puede escuchar agresiones fuera del estereotipo clásico de la violación reduce la sensación de inutilidad que durante años acompañó al silencio.
Referentes públicos que rompen estereotipos
A todo ello se suma el impacto simbólico de mujeres conocidas que han hablado desde lugares muy distintos. Jenni Hermoso colocó el consentimiento en el centro del debate público con un gesto que ocurrió ante millones de personas y que, aun sin violencia física extrema, fue reconocido como agresión sexual. Su caso mostró que no hace falta que ocurra “algo peor” para que sea violencia.
Mar Flores legitimó el derecho a hablar años después, sin denuncia, rompiendo la idea de que solo vale la palabra inmediata. Gisèle Pelicot, al negarse a ocultarse tras años de violencia, desplazó la vergüenza del cuerpo de la víctima al de los agresores. También forman parte de este movimiento Antonia Dell’Atte, Nevenka y las propias mujeres del Partido Socialista, que están impulsando cambios internos y protocolos antiacoso más eficaces.
Juntas, estas voces han demostrado que no existe un único perfil de víctima ni una sola forma de violencia, y que hablar es posible desde lugares muy distintos.

Un cambio en el periodismo y en la escucha social
El periodismo también ha cambiado. Más investigaciones exhaustivas, mayor contraste, protección de fuentes y un cuidado creciente del lenguaje han convertido a los medios en espacios posibles para hablar, especialmente cuando la vía judicial no es viable. Esto ha sido clave para mujeres en contextos de poder, dependencia o aislamiento.
Al mismo tiempo, la pregunta social ha empezado a desplazarse. Ya no se formula solo “¿por qué no denunció antes?”, sino “¿por qué ha pasado tantas veces?”. Ese cambio de foco reduce la carga individual y protege a quien habla.
El miedo no ha desaparecido, pero ya no es absoluto
Nada de esto significa que el miedo haya desaparecido. Las represalias, la incredulidad y la revictimización siguen presentes. Pero el miedo ha cambiado de tamaño. Ya no es total, ya no es solitario, ya no es incuestionable.
Las mujeres no hablan ahora porque la violencia sea nueva, sino porque han cambiado las condiciones sociales, legales y simbólicas que durante décadas hicieron imposible hablar. Algunas hablarán, otras no. Algunas denunciarán, otras solo contarán. Pero el silencio, por primera vez en mucho tiempo, ya no es la única opción.
En un contexto donde la mayoría de las violencias sexuales quedan impunes, el señalamiento de figuras míticas funciona como catalizador. No porque resuelva los casos, sino porque ensancha el imaginario de lo posible: demuestra que el silencio no es inevitable y que el relato de las víctimas puede abrir grietas incluso en los relatos más consolidados del poder y del prestigio.
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