Cuando Kateryna Pavlevych leyó por primera vez que las autoridades rusas habían dado en adopción en Rusia a 1.000 niños ucranianos de Mariupol, dice que algo dentro de ella “se rompió”. Hoy, como coordinadora de la campaña sobre niños secuestrados de Razom for Ukraine (Juntos por Ucrania, en español), es una de las voces que intentan mantener la difícil situación de miles de menores ucranianos en primera línea del debate internacional.
“Este es el mayor caso de niños desaparecidos desde la Segunda Guerra Mundial”, subraya Pavlevych durante una conversación con Artículo14. “Y, sin embargo, en la actualidad no existe ningún mecanismo para devolverlos”.

¿Cuántos niños han desaparecido?
Nadie lo sabe. Oficialmente, Ucrania ha documentado 19.546 casos de secuestro: niños sacados de territorios ocupados o deportados a Rusia. Pero Pavlevych insiste en que esta cifra es solo “la punta del iceberg”.
Cuando empezó a trabajar en el tema en 2022, la cifra ascendía a 9.000. Pero con cada nueva liberación de territorio ucraniano se han revelado más casos. Al mismo tiempo, las propias autoridades rusas insinúan una escala mucho mayor. La comisaria del Kremlin para los derechos de la infancia, la polémica Maria Lvova-Belova -acusada por la Corte Penal Internacional (CPI) junto a Vladimir Putin-, afirmó en 2022 que 700.000 niños habían cruzado a Rusia desde Ucrania.

Sigue siendo imposible verificar cuántos de esos niños huyeron con sus padres y cuántos fueron llevados a la fuerza. Las estimaciones de los expertos internacionales oscilan entre 200.000 y 260.000 menores, cifras de las que se hace eco el Departamento de Estado de Estados Unidos.
Lo que está claro, dice Pavlevych, es que “Ucrania sigue devolviendo niños uno a uno, y seguimos encontrando menores que nunca estuvieron en las listas originales”.
Sin transparencia, sin acceso
Al contrario que en otras crisis bélicas, las organizaciones humanitarias internacionales han sido excluidas. “Ningún organismo internacional ha tenido acceso a los registros, las instalaciones o los campos donde están retenidos estos niños”, explica Pavlevych. Los escasos retornos se han producido a través de ONG ucranianas de base, familias que arriesgan sus vidas para cruzar a Rusia o acuerdos cuidadosamente mediados a través de terceros, como Qatar.

Aun así, muchos niños no son secuestrados en sentido estricto, sino que quedan atrapados en territorios ocupados y son enviados a campos de “educación militar” gestionados por Rusia. Se cree que más de 160.000 menores han sido internados en este tipo de programas desde 2022. “Estos niños podrían haber vivido vidas pacíficas en Ucrania“, advierte Pavlevych. “En lugar de eso, están siendo convertidos en herramientas de guerra“. Es más, pronto serán llamados para luchar contra sus propios compatriotas en el frente ucraniano.
Justicia, humillación y geopolítica
Para Pavlevych, lo que está en juego no es sólo humanitario, sino también político. Recuerda la “humillación” de ver a Vladimir Putin, reclamado por la CPI por el secuestro de niños, recibido en Alaska, Estados Unidos, con cortesías diplomáticas por parte de Donald Trump. “Es muy duro ver a un criminal de guerra en la alfombra roja mientras miles de niños ucranianos siguen cautivos”, afirma.
Insiste en que los niños secuestrados deben estar en el centro de cualquier negociación con Moscú. “No pueden ser utilizados como palanca, como concesiones, como moneda de cambio”, afirma. “Si esto ocurre, todos los agresores aprenderán que robar niños funciona“, advierte.
La tierra, la gente y el coste de las concesiones
Más allá de las cifras, Pavlevych quiere que los responsables de la toma de decisiones comprendan la dimensión humana de los debates territoriales. Con demasiada frecuencia, dice, las discusiones sobre posibles concesiones a Rusia se enmarcan en términos de “tierra, regiones, minerales”.

“Pero, ¿qué hay realmente en esa tierra? Hay personas”, afirma. “Si ‘intercambiamos’ territorio, estamos condenando a millones de civiles -incluidos los 1,6 millones de niños en las zonas ocupadas- al adoctrinamiento, la militarización y a un entorno sin ley en el que proliferan todo tipo de abusos. La tierra no es abstracta: significa que las personas pierden todos sus derechos”.
Una misión personal
Afincada en Nueva York desde hace casi dos décadas, Pavlevych trabajó inicialmente en proyectos culturales y de comunicación. Pero cuando empezó la invasión, no pudo volver a “lo de siempre”. Sus habilidades profesionales la llevaron de forma natural a la defensa de los derechos, primero como voluntaria y más tarde como miembro principal de la campaña de Razom for Ukraine, una organización sin ánimo de lucro que apoya al pueblo ucraniano en su búsqueda de la democracia con dignidad, justicia y derechos humanos.
Para ella, la cuestión afecta al corazón mismo de la guerra, a las razones por las que Putin emprendió la contienda. “Si Rusia invadió para proteger a los rusoparlantes, ¿por qué robarnos a nuestros hijos? Si fue por la OTAN, ¿por qué robarnos a nuestros hijos? Este crimen revela por sí solo el verdadero objetivo: borrar la nación ucraniana. Y se empieza por los niños”.
Pavlevych recuerda que “usar a los niños como herramientas de opresión política, no es nuevo. Creo que en España lo conocen mejor que nadie. Existía toda una historia de secuestros por parte del régimen de niños de la oposición política y su ingreso en familias afines política e ideológicamente al régimen”. Décadas después, siguen surgiendo niños que acaban de descubrir su pasado. “Imagínense eso a una escala diez veces mayor aquí”, destaca.
El gesto de Melania Trump
A pesar de la falta de mecanismos, Pavlevych no renuncia al poder de la defensa. Acoge con satisfacción los recientes gestos simbólicos, como la entrega de una carta de la primera dama de Estados Unidos, Melania Trump, a Putin instando al retorno de los niños ucranianos. “No esperamos milagros”, admite, “pero demuestra que este tema resuena, que hay gente en posiciones de poder, que hay alguien en la Casa Blanca a la que le importa”.

Para Pavlevych, cada paso cuenta, cada voz importa. Porque detrás de las asombrosas estadísticas hay familias reales, muchas de las cuales lo arriesgan todo para recuperar a sus hijos e hijas del territorio controlado por Rusia. Algunas incluso no vuelven, pues no superan las torturas y los interrogatorios de las FSB una vez que logran cruzar hasta territorio ruso en busca de sus hijos o nietos.
Y hasta que los niños no estén de vuelta, dice, no puede haber paz de verdad.